Narcisismo

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En el mito de Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, condena a Narciso a vivir enamorado de su propia belleza, hasta el punto de que este se arroja al agua y se ahoga por perseguir su imagen reflejada en un estanque. El siglo XXI ha traído innumerables narcisos a la política, y eso está poniendo las cosas bastante difíciles a todos los partidos.

Los individuos de la especie humana tenemos necesidad de un cierto grado de aceptación por parte del grupo. Seguramente existe alguna predisposición genética para ello, dado que el éxito de nuestra especie se debe sobre todo a la cooperación. Ningún individuo puede soportar con facilidad ser completamente rechazado por la sociedad. Esa necesidad nos impulsa a veces a cierta exhibición para captar la atención de los demás y procurar agradarles. No otra cosa son ciertas convenciones sociales tales como el modo de vestir, la amabilidad, la elocuencia y el humor en la conversación. Pero la exhibición llevada al extremo de hacernos adictos a nuestra propia imagen se convierte en una patología, que es conocida como narcisismo desde que Sigmund Freud la bautizó así.

Parece que la época actual está sufriendo un aumento del narcisismo, debido sobre todo al consumismo, a la forma en que educamos a nuestros hijos, y a la aparición de las redes sociales. Desde la publicidad se nos anima constantemente a darnos caprichos y a adquirir bienes, particularmente automóviles, que aumenten nuestro prestigio ante los demás. Unos conocidos almacenes emiten en estos días un anuncio paradigmático en este sentido. Dice así: “Quiérete, es hora de pensar en ti”. La educación familiar de las generaciones nacidas en la abundancia ha producido personas bastante egocéntricas, merecedoras en su opinión de todas las atenciones y derechos, pero muy poco preparadas para asumir deberes y responsabilidades. Y sobre todo, muy vulnerables ante cualquier adversidad. Por su parte, la aparición de las redes sociales ha acrecentado la capacidad de exhibirse ante el resto del mundo. Proliferan los selfies, los vídeos donde cada uno cuenta sus proezas, y la publicación de fotografías y de datos personales que antes pertenecían al ámbito privado. Incluso algunas personas cambian la foto de su perfil de Facebook, o de WhatsApp, prácticamente cada día. Todo ello evidencia un mayor grado de narcisismo.

El Narciso se caracteriza por desear estar siempre en el candelero (en el candelabro, que diría alguna), a la vista de todos. Desea que se hable de él en todo momento. Eso si, que se hable bien. No puede soportar la crítica, ni que le contradigan, porque entonces se vuelve agresivo. ¿No reconocen este comportamiento, por ejemplo en Donald Trump, el actual Presidente de Estados Unidos?¿No lo reconocen en Pablo Iglesias, el líder de Podemos? ¿No les parece apreciar cierto narcisismo en algunos de los candidatos, actuales o en potencia, a las primarias del PSOE?

No cabe duda de que el narcisismo y el culto al propio yo pueden hacer mucho daño en política. Los narcisos ponen a su persona por delante de la institución, o de la organización a la que pertenecen. Solo ven la institución como algo al servicio de su ambición, o del culto a su persona, en lugar de verse ellos al servicio de la institución, que es lo que sería razonable esperar.

Reflexionen un momento sobre el Ayuntamiento de Madrid: ¿ha resuelto el problema de la basura acumulada en sus calles? ¿el de la contaminación?, ¿el de los grandes atascos? ¿el de la falta de viviendas para jóvenes? No, después de dos años de gobierno, ni se perciben signos de que vaya camino de resolverlos. Y sin embargo, cada día nos despertamos con alguna ocurrencia de este ayuntamiento: hoy puede ser la de prohibir los animales en el circo, o mañana la de emplear sus recursos y su tiempo en que los ciudadanos voten vaciedades. ¿No es esto servirse de las instituciones para exhibir la propia ideología, mientras los problemas importantes siguen pendientes? Se trata en mi opinión de otra forma de narcisismo.

¿Qué sería lo contrario del narcisismo en política? A mi parecer, lo contrario sería la vocación de servicio a una causa mucho más importante que uno mismo: la de beneficiar a los ciudadanos, al país, o al partido al que se pertenece. Los primeros años del siglo XX produjeron en España muchas personas con esa vocación de servicio. Por ejemplo, las Misiones Pedagógicas de la Segunda República movilizaron a miles de hombres y mujeres, que se repartieron por los pueblos de España con un único fin: alfabetizar un país que salía de una dictadura teniendo más de un 50% de analfabetismo. La Institución Libre de Enseñanza, liderada por Ginés de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y muchos otros, emprendió la noble misión de desligar la enseñanza secundaria del poder de la Iglesia y tratar de extenderla a todas las capas sociales. La Junta de Ampliación de Estudios, impulsada por Ramón y Cajal, su primer presidente, persiguió el objetivo de hacer que España se incorporara al caudal europeo de la investigación científica y de la ciencia.

¿Dónde están hoy esos líderes? ¿Quién plantea hoy esos grandes retos? Podría argumentarse que ya no existen retos tan evidentes, porque esos objetivos ya se han conseguido. Y sin embargo, no es cierto que hoy no existan grandes retos. Precisamente el siglo XXI es abundante en retos no resueltos:

  • Refiriéndonos a España, sigue pendiente el reto de conseguir una sociedad basada en el conocimiento y en la ciencia. Nadie hasta ahora ha apostado con suficiente fuerza por ello.

  • Sin salir de España todavía, tenemos el reto de descarbonizar nuestra producción de energía y de acabar con el expolio eléctrico al que llevamos años sometidos.

  • Tenemos además el siempre mal resuelto reto de nuestra organización territorial.

  • Mas allá de nuestras fronteras, tenemos el reto de construir una Europa integrada y solidaria en lo político y de contribuir desde Europa a una gestión más justa de la globalización.

Sin embargo, demasiados líderes del siglo XXI, en todos los países, se dedican a mirarse su propio ombligo, a cultivar su propio ego, mientras surfean sobre los problemas importantes, con el único fin de mantenerse en el poder (los que ya están en él), o de alcanzarlo (los que aún no lo están). Para una vez alcanzado, invertirse las tornas: surfear sobre los problemas importantes los que ya han llegado a él, y alcanzarlo de nuevo los que han sido desalojados de el.

Necesitamos urgentemente líderes con un poco más de vocación de servicio y un poco menos de culto a su personalidad.

Ricardo Peña Marí

 

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Construir hombres de paja

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La expresión inglesa to build a straw man (construir un hombre de paja, o también un espantapájaros) se emplea cuando alguien deforma la posición de un oponente hasta la caricatura para poder luego derribar su argumento fácilmente. A la vez, por contradicción con la caricatura, la propia posición queda mejorada.

Tenemos abundantes ejemplos de este argumento falaz en el discurso de los partidos populistas. Es el caso de Podemos cuando califica de “casta” a todos los demás y ellos se colocan en la posición de “gente”, claramente más favorable. O cuando los británicos partidarios del Brexit acusan a la libre circulación de personas exigida por los tratados de la Unión Europea de todos los males que aquejan a los trabajadores del Reino Unido.

Es más fácil derribar un espantapájaros inventado que rebatir al oponente con argumentos. La democracia es similar a un curso universitario con muchas asignaturas, y votar es tan solo una de ellas. Otra, que por cierto los partidos independentistas catalanes se empeñan en suspender, es que no cualquier cosa se puede votar, sino tan solo aquello que entra en tu ámbito de competencia y no viola disposiciones de mayor rango, entre ellas la Carta Universal de los Derechos Humanos. Así como un municipio no puede votar por ejemplo romper las relaciones con Marruecos, los catalanes no pueden votar que Cataluña se independice de España. No es de su competencia. El derecho a decidir esta cuestión es competencia de todos los españoles. Una tercera asignatura de la democracia es debatir con honestidad y con argumentos, no con falsos fantasmas. Lamentablemente los debates en España, tanto en los medios como en el propio Parlamento, son de muy baja calidad y casi siempre las cuestiones de fondo quedan escondidas bajo densas cortinas de humo y abundantes espantapájaros.

Un ejemplo de ello fue el no-debate dentro del PSOE sobre su posible abstención ante la investidura de Rajoy. Los partidarios de la misma se escondían bajo la cortina de “no es posible gobernar con 85 diputados” y los partidarios del bloqueo que hubiera desencadenado unas terceras elecciones se escondían bajo la fórmula “queremos un gobierno de progreso que sea alternativa a la derecha”. Tuvo que ocurrir el cataclismo del Comité Federal del 1 de octubre para que finalmente se abordara el verdadero debate, debate que hasta ese momento todos habían esquivado cuidadosamente.

Al parecer el escarmiento no ha sido suficiente, porque se vuelve a empezar con los falsos debates. El ex-Secretario General Pedro Sánchez ha dado el paso de proponerse como candidato a las primarias –-a lo que tiene perfecto derecho—, y sus primeras palabras han sido para construir un nuevo hombre de paja: según él, los que eran partidarios de la abstención son la “derecha” del PSOE y nada menos que subalternos del PP. A la vez, son la “casta”. Para él se reserva la etiqueta de “izquierda”, la de defender un partido autónomo del PP, y el representar la voz de la militancia.

Es en mi opinión un mal comienzo. Otra asignatura de la democracia, y ya son cuatro, es admitir que la verdad no está toda de una parte, la propia, y admitir que hay al menos algo de verdad en el oponente. También incluye presuponer al oponente la misma buena voluntad y honestidad que uno se atribuye a sí mismo. Yo pienso que Pedro Sánchez se equivocó al enrocarse en el “no es no” y al abocarnos, de haber seguido su criterio, a unas terceras elecciones. Pero no le atribuyo ninguna mala fe. Sería deseable que él y sus partidarios tuvieran el mismo respeto por las posiciones que no comparten. Los que proponían la abstención lo hacían con la misma convicción de que esa era la opción menos mala para el país que los que proponían lo contrario. Estas etiquetas que deforman la verdad, estos hombres de paja en definitiva, excitan las pasiones de algunos militantes y dan lugar a lamentables espectáculos como los que se han producido recientemente en algunas agrupaciones del PSOE. También a respuestas desabridas por parte de algunos de sus dirigentes.

Lo que necesita el PSOE en estos momentos son verdaderos debates sobre las cuestiones de fondo, que no son la supuesta división entre dirigentes y militantes, ni la no menos supuesta división entre izquierda y derecha. Las verdaderas cuestiones a debatir son la pérdida de peso de la socialdemocracia en Europa (que es como decir en todo el mundo), la falta de alternativa ante los problemas de la globalización, la creciente desigualdad, el resurgimiento de los populismos, la desafección de la juventud con las instituciones, cómo hacer que los beneficios de la robotización alcancen a todos, la gestión racional de las migraciones, y tantos otros que es necesario abordar y también acertar con las alternativas.

Por eso, si Pedro Sánchez, Patxi López, o cualquier otro candidato o candidata que surjan de aquí a mayo, quieren hacer un servicio a su partido y a su país, deberían centrarse en estos problemas y en comunicar cuáles son sus propuestas para abordarlos. A la vez, deberían mantener un exquisito respeto a las opiniones de sus contrincantes, a los que han de suponer la misma buena voluntad que a sí mismos. Lo último que los militantes y los potenciales votantes desean ver en estos meses es una pelea de gallos, de falsas etiquetas atribuidas al otro, y de descalificaciones mutuas. Ahórrennos por favor por esta vez los falsos debates y los hombres de paja.

Ricardo Peña Marí

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Se pueden conseguir mejoras desde la oposición

Conviene de vez en cuando abandonar los caminos trillados y dejarse cautivar por las buenas noticias, cuando estas aparecen. No podemos estar todo el día lamentándonos de la crisis de la socialdemocracia, de la falta de liderazgo en el PSOE, o del devenir de sus luchas internas, y que eso nos impida ver los aciertos de ese partido, cuando los tiene. En este mes de trabajo parlamentario, los diputados del PSOE nos están dando una lección de cómo es posible mejorar la vida de los ciudadanos desde la oposición.

Primero fue su proposición de Ley para frenar la la LOMCE, en la que buscó y consiguió el apoyo de Ciudadanos y Podemos. El resultado fue el aislamiento del PP en este tema y el que, de hecho, la LOMCE esté paralizada en sus efectos mas perniciosos, a la espera de que se pacte una ley educativa que la sustituya.

Después fue el pacto con el propio PP para mejorar la Ley de 2004 contra la Violencia de Género. En dicho pacto se prevé la mejora de las dotaciones presupuestarias, y el reforzamiento de las medidas de prevención, de coordinación y de asistencia a las víctimas.

En estos días, y como consecuencia de la necesidad del PP de presentar en Bruselas el compromiso del techo de gasto del Estado, el grupo parlamentario del PSOE ha conseguido negociar a cambio de su apoyo, un conjunto de medidas que van en la línea de impedir y de revertir los recortes de los cinco años precedentes. La más beneficiosas para los ciudadanos han sido la subida del 8% del salario mínimo a partir del 1 de enero de 2017, que se pondrá en 707 euros, y el aumento del 0,5% al 0,6% del PIB, del déficit permitido a las CC.AA. Esa décima adicional supondrá 1.000 millones más a disposición de las comunidades para mejorar los servicios de educación y sanidad que prestan a los ciudadanos. Adicionalmente, y con el fin de recaudar 4.600 millones más, se eliminan beneficios fiscales en el impuesto de sociedades de las grandes empresas. Era un escándalo a voces el que dichas empresas hayan tributado menos del 7% durante los años de crisis, cuando el tipo nominal del impuesto es del 30%. Con este acuerdo, se empieza a poner remedio a esta flagrante inequidad en el reparto de la carga contributiva.

Finalmente, con el apoyo de Podemos y los grupos nacionalistas, consiguió aprobar una moción parlamentaria para sustituir la llamada Ley Mordaza de la legislatura pasada. Aunque la moción no era obligatoria para el Gobierno, sirvió para poner de manifiesto su minoría en este asunto. A continuación, ha presentado una propuesta de Ley completa, con la intención de que sustituya completamente a aquella contestada ley. En ella se dejan sin efecto sus artículos mas perniciosos, artículos que por otra parte recurrió en su día al Tribunal Constitucional. Por ejemplo, la posibilidad de multar a manifestantes con entre 30.000 y 600.000 euros, la prohibición de grabar a las fuerzas policiales, o el permitir las devoluciones en caliente de emigrantes en las vallas de Ceuta y Melilla.

Esta intensa actividad de los diputados socialistas, y los provechosos resultados obtenidos en tan corto espacio de tiempo, desmontan algunas de las profecías que los agoreros habían anunciado tras la investidura de Rajoy y merecen algunas reflexiones:

En primer lugar, que no era cierto que dejar gobernar al PP incapacitara para siempre al PSOE para ejercer una labor de oposición, ni que la primogenitura de la misma la tendría Podemos. Tal como se ha visto, es posible favorecer la gobernabilidad, aun dejando que gobierne el adversario, y a la vez marcar distancias con él. Incluso es posible arrancarle medidas que no estaban en sus intenciones. Los votos del PSOE son decisivos, tanto para sumarlos a los del PP, como ha sucedido en la negociación del techo de gasto, como para sumarlos al resto de la oposición para imponer al PP medidas contrarias a su criterio. La situación la resume con acierto el diputado Rafael Simancas cuando dice que “vamos a sacar el máximo rendimiento a nuestra fuerza parlamentaria”.

En segundo lugar, se aprecia la incompetencia de Podemos en lo relativo al trabajo parlamentario. Cuando se han acabado los juegos de artificio y las campañas de discursos virulentos, lo que queda es un grupo parlamentario incapaz de articular propuestas y de conseguir apoyos para las mismas. Los que somos de Madrid, hemos apreciado el mismo fenómeno en la Asamblea Regional: por cada 10 propuestas del PSOE, el grupo de Podemos apenas presenta una. Una vez mas, es preciso insistir en que la utilidad de la izquierda no se mide por lo radical de sus discursos, sino por las medidas que consigue para mejorar la vida de las personas.

Lo que me conduce a la tercera reflexión: se equivocaban los que aconsejaban ir a terceras elecciones. El PSOE estaría en mucha peor situación tras ellas. Pero sobre todo, sus votos no serían decisivos, como lo son hoy, para arrancar mejoras como las que ha conseguido en este último mes. El propio portavoz, Antonio Hernando, ya ha reconocido este error en público. Y se ha equivocado de nuevo el ex-Secretario General cuando ha aconsejado no pactar con el PP el techo de gasto.

El PSOE necesita recuperar apoyo ciudadano y no es con posturas testimoniales como lo va a conseguir. Cuando los votantes vean que los socialistas son útiles para atender sus problemas y para mejorar sus vidas, y que otros que se declaran “gente” y llaman “casta” al resto no lo son tanto, tal vez vuelvan a confiar en él, como lo hicieron en los años 80 del siglo pasado.

Ricardo Peña Marí

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Un proyecto regenerador para España y para Europa

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Muy a nuestro pesar, de nuevo vamos a elecciones y es importante acertar con el discurso que deberíamos hacer en estos dos meses. Haríamos mal en emplear la mayor parte de nuestras energías en criticar al PP y a Podemos, por muy culpables que hayan sido de conducirnos a esta situación. Lo último que desean los ciudadanos son dos meses de “y tu mas”. Cada cual ha tenido ojos para ver y ha hecho su propio diagnóstico de lo que ha pasado. Debemos reconocer que colectivamente todos los partidos hemos faltado a nuestra responsabilidad de formar un gobierno. A la frustración y malestar que esto ha producido, no podemos añadir el espectáculo, ya demasiado prolongado tras año y medio de elecciones continuadas, de que los partidos nos tiremos los trastos a la cabeza.

Lo que ahora esperan de nosotros es que ofrezcamos un análisis lúcido de la situación del país y unas propuestas creíbles que den alguna esperanza de que los problemas se pueden resolver. Además, los partidos deberían dejar claro desde el principio cuál va a ser su política de alianzas, es decir con qué fuerzas están dispuestos a pactar y con cuáles no. Con respecto al análisis, lo primero que se necesita es un diagnóstico certero del estado en que se encuentra nuestro país y de que es lo que necesita con mas urgencia. Tras seis años de crisis y de austeridad impuesta desde Europa, acentuada por las políticas ultraconservadoras del PP, la situación no puede ser mas lamentable: 21% de paro, que supera el 50% en los jóvenes, un millón y medio de hogares sin ningún ingreso, una inmensa bolsa de parados de mas de 50 años, grandes recortes en los sistemas educativo y sanitario públicos, un sistema de pensiones públicas en riesgo de quiebra, centenares de miles de familias desahuciadas de sus viviendas, índices de desigualdad disparados, pobreza infantil, pobreza energética, etc. Es decir, un retroceso de mas de 20 años en nuestro bienestar colectivo. Retroceso que no ha afectado a todos por igual: al lado de lo anterior, ha aumentado el número de ricos, los salarios de los altos ejecutivos de empresas y bancos se han disparado. Todos los días observamos cómo evaden sus impuestos los mas pudientes, y contemplamos con estupor los enriquecimientos ilícitos de los interminables casos de corrupción, que han dejado de ser “casos” para convertirse en tramas criminales organizadas para delinquir, a veces desde las propias instituciones.

Lo que se necesita para revertir este estado de cosas es un esfuerzo titánico y una gran determinación política. Citando a José Félix Tezanos (TEMAS 258, mayo 2016), necesitamos algo similar a lo que fue el Plan Marshall en la Europa de posguerra: reactivar las inversiones económicas; diseñar un plan de empleo de emergencia para jóvenes y parados de larga duración; poner fin a los desahucios mediante leyes de rescate y de segunda oportunidad; reinvertir en los sistemas educativo y sanitario públicos; asegurar la supervivencia del sistema público de pensiones mediante la reedición del Pacto de Toledo; regenerar el tejido económico, apostando por la innovación; aumentar drásticamente la inversión en ciencia y en I+D; apostar por una transición energética hacia un sistema basado mayoritariamente en energías renovables; reformar la Constitución para encajar el problema territorial; acabar con las tramas corruptas instaladas en muchas corporaciones locales y autonomías; llevar a cabo una reforma fiscal profunda que grave no solo la renta sino también la riqueza y que establezca un mínimo para el impuesto de sociedades; aumentar drásticamente el número de inspectores fiscales para combatir eficazmente el fraude; y muchas otras medidas de similar calado.

Todo ello requiere buenas leyes y sobre todo mucha tenacidad y voluntad política para aplicarlas. Para este inmenso esfuerzo regenerador hay que convocar a la mayoría de la sociedad y a todas las fuerzas políticas que crean en la urgencia de esa tarea. Eso excluye directamente al PP, responsable no solo de muchas políticas contrarias a las enumeradas, sino consentidor de la gran corrupción y protagonista de la gran mayoría de las tramas descubiertas hasta ahora.

Es incorrecto un análisis que concluya que la izquierda es suficiente para esta tarea. Primero por la magnitud de la misma. Después, porque hay que tocar aspectos como el territorial, el educativo, el tejido empresarial, las pensiones, la Constitución, etc. que requieren grandes consensos. Finalmente, porque la izquierda no ha sumado ni parece que vaya a sumar. El proyecto requiere un esfuerzo transversal, no la división del país en los dos bloques antagónicos de izquierda contra derecha. El PSOE es la única fuerza que puede encabezar un proyecto así y aglutinar en su torno a partidos de ambos lados del espectro.

El PP no puede, en primer lugar porque no cree en ello. El PP no quiere ver la desigualdad porque no la padece. No cree que sea un problema. Tampoco que lo sea la corrupción. Parece aceptar que las cosas son así, que siempre lo fueron y que siempre lo serán. Además, le resulta incómodo tener que enderezar a los que la practican, en la inmensa mayoría pertenecientes a sus filas. No puede regenerar la vida política porque primero tendría que llevar a cabo su propia regeneración.

A Podemos no le interesa demasiado el proyecto. Ellos han nacido y crecido precisamente gracias al actual mal estado de cosas. Y lo han explotado a fondo con el discurso de la casta. Las cosas están mal, dicen, pero la culpa es de los otros. Y cuando ha llegado el momento de poder remediarlo, han optado por sus propios intereses como partido. Han preferido ir a elecciones antes que ver al PSOE, su enemigo principal, en el gobierno. Es cierto que muchos de sus votantes y militantes creen que ellos podrían regenerar la sociedad. Pero sus dirigentes tienen al parecer otros planes. Tampoco ayuda a un proyecto de España su extraña complacencia con los independentistas. Extraña, por tratarse de una fuerza supuestamente de izquierdas, que no tiene nada que ganar con el nacionalismo, que siempre ha sido promovido por las burguesías. Su concepción de que cada territorio decida libremente si quiere pertenecer a España o no es de un gran infantilismo histórico. O una concesión mas al populismo. Nunca la izquierda ha defendido los fraccionamientos en base a identidades localistas. Los derechos los da el Estado, no el terruño. Y en este momento histórico, ni siquiera los garantiza completamente el Estado, sino unidades mas amplias como la Unión Europea.

Ciudadanos ha sostenido con fuerza un discurso regenerador en lo político. Hay que reconocerles que han condicionado a los gobiernos que apoyan a no consentir la corrupción. Han demostrado también sentido de Estado al acordar el pacto de 200 medidas regeneradoras con el PSOE. Pero también es cierto que en temas económicos son bastante mas tibios que el PSOE, lo que es lógico tratándose de un partido de corte liberal. No han llegado muy lejos en el terreno de una reforma fiscal, ni de la legislación laboral, ni en subir salario mínimo. Son compañeros necesarios para el proyecto, pero no los mejores para encabezarlo.

Pero los ciudadanos esperan de nosotros una alternativa creíble, no solo un conjunto de buenos deseos. Debemos esforzarnos por ofrecer un programa económico distinto al de la derecha, pero también viable. Y eso incluye necesariamente referirse a Europa. Debemos ofrecer un programa socialdemócrata también para Europa, donde actualmente la socialdemocracia se ha encogido ante el envite de los poderes financieros. Deberíamos aclarar cuál es nuestra concepción para una salida progresista de la crisis en el conjunto de Europa. Debemos criticar los recortes que partidos socialistas como el francés están ejecutando. Si no lo hacemos, no seremos creíbles.

Los socialistas tenemos la posibilidad de ofrecer un proyecto a la vez viable y mejor que el que pueden ofrecer otros. Por eso, mas que mirar encogidos a izquierda y a derecha y temer al supuesto sorpasso, tenemos que confiar en lo que proponemos. Los proyectos del PP son mas de lo mismo, los de Ciudadanos son mas tibios que los nuestros y los de Podemos son en buena parte inviables y además sus líderes tienen poca intención de llevarlos a la práctica.

Nuestra estrategia de pacto está clara desde el principio: sumar a las fuerzas que estén de acuerdo con un proyecto regenerador para España, al cual nosotros contribuiríamos con nuestras propuestas. El PP queda excluido por su propia incapacidad para apoyar algo así, no por ningún fundamentalismo a priori. Con un PP con otros dirigentes no tan quemados por la corrupción, con menos inmovilismo, y dispuestos a modificar las políticas de estos cuatro años, seguramente se podría hablar. Los aliados naturales actuales son obviamente Ciudadanos y Podemos. Dada la actitud pasada de Podemos, lo deseable es que fueran castigados en las urnas y nosotros premiados. Eso aumentaría las posibilidades de un pacto. Si de nuevo no fuera posible el mismo, las perspectivas que se abren no serían muy halagüeñas para el país: o ir a unas terceras elecciones, o dejar gobernar a la derecha desde la oposición.

Para ganar voluntades para este proyecto, además hay que mantener la unidad y hay que movilizar todas las energías. Demasiados militantes y lamentablemente también demasiados dirigentes no hicieron todo lo que estaba en su mano en la campaña del 20-D. Ahora tenemos la ocasión de remediarlo.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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El populismo inútil

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En mi anterior entrada pedía que se acabara ya el teatro que en mi opinión estaba representando la cúpula de Podemos. Pues bien, efectivamente el telón de esta representación está a punto de caer, y no precisamente para bien. La calculadora de votos que maneja ese partido les ha debido de pronosticar que pueden ganar algo en unas nuevas elecciones, y al final se han decidido por tomar ese camino. Han pegado una patada al tablero antes de que fuera posible siquiera discutir su contraoferta de programa.

Como buen zorro de la política, el señor Iglesias Turrión ha ideado una nueva jugada, que a la vez le cubre las espaldas y cierra la posibilidad de cualquier veleidad de última hora: ha propuesto dos preguntas tramposas a las bases para que avalen su decisión. Si usted le pregunta a alguien con buen apetito si prefiere el jamón ibérico o el chopped, no tenga ninguna duda de lo que va a contestar. Aunque usted sepa que si eligiera el ibérico, usted no tendría ninguna posibilidad de proporcionárselo. Si usted le pregunta a un afiliado de Podemos si prefiere un gobierno de centro izquierda, o uno solo de izquierdas, tampoco tenga duda de la respuesta. Pero las alternativas reales son otras muy distintas: o abstenerse, o ir a elecciones, dejando al PP seis meses más en funciones.

El populismo ha demostrado ser completamente inútil para resolver los problemas de los ciudadanos. El mensaje con el que se presentaron a las elecciones era muy bueno. Dieron en la diana de muchos problemas que aquejaban a la sociedad española. Unos, los derivados de la crisis, muy graves aunque coyunturales. Otros, como la corrupción, o el anquilosamiento de la política y de los partidos tras 35 años de democracia, mas estructurales. Tuvieron el mérito de sacar de la abstención y de interesar por la política a muchas personas, las mas de ellas con graves dificultades laborales y económicas. Pero a la hora de la verdad, les han dejado tirados. Porque el populismo es precisamente eso, decir a la gente lo que espera oir, prometerles lo imposible, y luego dedicarse a los propios intereses como partido.

También es muy de lamentar el papel de comparsas que han jugado en este teatro, tanto IU, como Compromís, Equo y otras fuerzas que integran las confluencias con Podemos. Ya he dicho en otra ocasión que cuando la izquierda se plantea metas irrealizables, la que sale beneficiada es la derecha. Eso es justo lo que ha pasado. Si Podemos, IU, Compromís, etc. hubieran sido mas sensatos y honestos al plantear un pacto con el PSOE, quizás hubiera sido posible un programa con mayor contenido social, que luego se hubiera negociado con Ciudadanos. Al poner trabas desde el principio y asustar a todos con sus radicalismos, insultos y salidas de tono, han empujado al PSOE a la vía contraria: a amarrar un pacto con una fuerza mas de derechas, pero mas fiable, como Ciudadanos y luego tratar de negociar la abstención del bloque populista-izquierdista a cambio de algunos añadidos. En estos momentos, al cerrar incluso esa posibilidad, están empujando al bloque PSOE-Ciudadanos a tratar de negociar con el PP. No va a salir nada de ahí porque el PP está directamente en el monte, es decir dedicado a sus exclusivos intereses, y solo quiere que se le apoye incondicionalmente. Pero si otro PP, con otro dirigente que no fuese Rajoy, se aviniese a negociar algo, el programa resultante sería aun más escorado a la derecha que el actual de PSOE-Ciudadanos. Un ejemplo mas de como por querer algo mas allá de lo que es posible, siempre se consigue menos.

De aquí a la convocatoria de elecciones estaremos en el juego de quién carga con la culpa. Las redes sociales, en las que tan activos son los podemitas, arden de insultos y descalificaciones al PSOE. Se organizan votaciones on-line para que quede claro que ha sido el inmovilismo del PSOE el que nos ha abocado a este fracaso. El discurso que venden es que “ellos”, los de Podemos, se han dejado la piel, pero que no ha sido posible su flamante gobierno de izquierdas por la cerrazón del PSOE. Gobierno que, al menos desde la cúpula de Podemos, se sabe desde el principio que era utópico e irrealizable sin el concurso de los independentistas.

Ya hemos aprendido que las encuestas son otra forma de hacer política, tanto desde los medios controlados por la derecha, como desde las redes sociales, incendiadas por los activistas de Podemos. Así que no es de extrañar que en todas ellas el PSOE salga mal parado. Sería una paradoja que tuvieran razón: los que mas empeño hemos puesto en tratar de desalojar al PP y a sus políticas dañinas del Gobierno, al final pagaríamos la factura del fracaso. En mi opinión, lo mas grave que puede ocurrir es que se produzca una inmensa abstención. Abstención que en ningún caso perjudicará al PP, ya que por desgracia sus votantes han demostrado una fidelidad cercana a lo religioso. Da igual lo que haga este partido, que muchos de sus votantes les seguirían si hiciera falta hasta el precipicio. Por eso tendremos que esforzarnos una vez mas en que cale nuestro mensaje, y en que a pesar del hastío y la frustración, nuestros votantes no se refugien en la abstención.

La única parte buena de esta desgraciada situación es que ahora ya no hay incógnitas sobre los nuevos partidos: todo el mundo ha visto lo que da de sí cada uno. Y si confiamos en la lucidez de los españoles, sacarán sus consecuencias.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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Mujer frente al mundo hegemónico masculino. Domesticidad vs patriarcado

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Con motivo de la celebración de un nuevo Día Internacional de la Mujer Trabajadora, comparto algunas reflexiones sobre la concepción histórica de humanidad, que ha parecido ignorar, hasta hace poco, que las sociedades han estado “dividas, además de en etnias, clases, naciones, religiones o edades, por algo que las atraviesa a todas: sexos1, en la construcción que conocemos del mundo, se presenta como protagonista de nuestra historia, a un sujeto asexuado, neutro, o en todo caso masculino, se ha vinculando humanidad a: hombre, o ser humano, como individuo que comprende la globalidad de la especie, al conjunto de todas y todos, incluso la historiografía marxista centra la construcción de la división de clases en patrones masculinos, sin ocuparse de las mujeres como grupo social diferenciable de los hombres, pese a que esa construcción no ha operado igual para ellos que para ellas.

La concepción masculinizada de la humanidad, obviando a la mujer, no fue en todo tiempo la norma imperante, en efecto la realización de determinadas tareas que un sólo miembro del grupo no podía ejecutar, supuso la precoz división del trabajo, y está se articuló en función del sexo de los individuos, sin embargo, ello no implicó el sometimiento de la mujer al hombre, las pequeñas fratrías primitivas, en la infancia del género humano en las denominadas épocas del “salvajismo” y “barbarie” estaban conformadas por individuos libres e iguales, unidos por vínculos de sangre, donde las decisiones competían a los adultos, tanto hombres como mujeres, lo que se producía en común, era distribuido en común, para aquellas agrupaciones originarias “las mujeres estaban con respecto a los hombres en un mismo plano de derecho.”2

El sometimiento ancestral de la mujer al hombre, desde los orígenes mismos de la humanidad, es “una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII,” y se corresponde con una construcción formulada a partir de la época de la “civilización” y no de la humanidad antigua, consistente en decir que, desde el origen remoto de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Engels lo expreso, en su obra: El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, de la siguiente forma: “Entre todos los salvajes y entre todos los bárbaros de los estados medio e inferior, en gran parte, hasta entre los del estado superior, la mujer no sólo ha tenido una posición libre, sino muy considerada.3

El matriarcado que acompañó a esas comunidades antiguas asentadas en la posesión común del suelo, sufrió un vuelco proporcional a la transformación de la propiedad común en propiedad privada, la tierra fue distribuida entre los “organizadores,” en detrimento de los “ejecutores,” pretendiendo los primeros asegurar a perpetuidad, generación tras generación, la transmisión del patrimonio privado a la descendencia propia, produciéndose el reemplazo de la filiación materna por la paterna, un nuevo modelo de familia, basado en la monogamia, emerge para desplazar a la mujer a un segundo plano social y confinarla a las labores domésticas, perdiendo a partir de entonces, su consideración social por completo.

La otrora igualdad de derecho de la mujer con respecto al hombre quedó pulverizada cuando se dejo de percibir que desempeñaba funciones útiles a la sociedad, entró en servidumbre y su adscripción al hombre y a los hijos varones fue consecuente. Marx señaló con agudeza que desde la casa, estaban ya presentes todas las contradicciones de nuestro mundo de hoy: un esposo autoritario que representa a la clase que oprime, y una esposa sumisa que representa a la clase oprimida. A pesar de ello la mujer es una víctima más de la división social de clases, paradójicamente en el pensamiento marxista no se diferencia a las mujeres como grupo de interés particular, quedando su situación diluida dentro de los asuntos del proletariado en general, ignorando la división sexual del trabajo, donde la mujer es relegada al papel de ama de casa, cuya explotación no pasa de ser una cuestión circunscrita al matrimonio y por tanto un asunto entre particulares. Pero la realidad es que las causas que desencadenan la explotación del proletariado no son las mismas que provocan la opresión de la mujer.4

Entre tanto se fue construyendo la idea de masculinidad en negativo; como todo aquello que no era femenino, ni étnico, ni homosexual, quedó definida la ética patriarcal por el binomio inferior/superior, concepción jerarquizada en lo relativo a género, raza y orientación sexual, todo individuo o grupo que contraviniese esa construcción era objeto de discriminación, por tanto, a partir de que se asomara en la humanidad este ideal, las mujeres han venido siendo excluidas sistemáticamente de la configuración conceptual del sujeto de derecho individual en el orden social, jurídico y político, por no estar encuadradas en la definición del ser hegemónico universal varón, de raza blanca, de comportamiento heterosexual y propietario, siendo la feminidad excepción, la diferencia enigmática que se somete a examen, a estudio, y objeto de la explotación patriarcal que se concreta en los ámbitos laboral, doméstico o familiar, como resultando de ello, se recrea un mundo regido por el pensamiento masculino que, hasta ahora, ha hecho desaparecer a la mujer como persona definitoria de la humanidad, en la misma proporción que lo ha hecho el varón.

Por contraposición a lo masculino, se formuló una construcción cultural de feminidad configurada por mujer como espejo de las necesidades del hombre, encarnando la sumisión, la inferioridad, la pasividad, la belleza y la capacidad nutricia, amén de cuidadora de la prole y ajena a las decisiones de estado, “conformándose en una ética relacional,5 cuyo mundo debía girar entorno al marido, y dando pie a la construcción del modelo imperante de domesticidad de la mujer, influenciado, desde la Contrarreforma, por los trabajos de escritores, pensadores y filósofos masculinos, como fray Luis de León, fray Antonio Arbiol, Rousseau, Hegel, e incluso Locke, quien ha trascendido a nuestros días, como defensor a ultranza de la autonomía individual, salvo en lo relacionado a la sociedad conyugal, donde defiende una desigualdad absoluta, auténticas guías sobre las formas de actuar y de ser de ellas, verbigracia de su función social como amas de casa y esposas perfectas, pero carentes de una identidad como ciudadanas.

Se engendran así, mitos antagónicos sobre la virilidad masculina, y la fragilidad femenina, que crean las bases sobre los comportamientos estereotipados que se esperan de unos y de otras, en el caso del varón, ser verdadero hombre, ya no simplemente consiste en ser masculino, además debe esforzarse constantemente por no presentar ningún rasgo feminoide, debe procurar el éxito que encarnan el dinero y el poder, debe mostrar confianza en sí mismo y eliminar cualquier signo de debilidad, debe poseer fortaleza moral y ser agresivo, se convierte en objeto de su propio deseo, no se le exige en el mismo grado que a la mujer, seguir cánones estrictos de belleza, queda autorizado a desatender el cuidado familiar, se sobrestima el individualismo como valor de masculinidad, materializando una idea injusta y violenta hacía los demás, pero también contra el propio hombre, al que se le atribuye una especie de infalibilidad otorgada por gracia de la simple posesión de su sexo biológico.

Desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, salvando las diferencias en los indicadores entre regiones, culturas y pueblos, son innegables, los avances que en materia de igualdad entre mujeres y hombres se han producido en los últimos sesenta y ocho años, sin embargo para la mujer la proclamación del principio de igualdad de alcance mundial, no ha significado su equiparación en derechos, oportunidades, participación en la toma de decisiones y presencia en todas las esferas sociales, puesto que sigue estando sometida a las nocivas consecuencias de la discriminación diacrónica que experimenta por razón de su sexo y por razón de los comportamientos que se atribuyen socialmente a todo lo que representa el género femenino.

La idea injusta sobre el papel histórico que ha venido desempeñando la mujer en sociedad ha comenzado a transformarse lenta y paulatinamente, como resultado de la asimilación de los valores democráticos de convivencia basados en las libertades, el mayor grado de tolerancia y madurez social, la introducción de políticas y normas de calado y la armonización de políticas comunitarias en materia de igualdad.

Sin embargo del análisis de los datos, se desprende que aún queda mucho trabajo por delante, la construcción de la idea del mundo, de la propia humanidad, que nuestro tiempo nos demanda, no debe aspirar a la parcialidad de lo masculino ni de lo femenino, porque es asunto que concierne en equidad tanto a mujeres como a hombres, en justicia debemos aspirar a que los fenómenos históricos estén regidos por el principio de igualdad efectiva, al amparo del derecho a la no discriminación, desterrando las ideas de domesticidad y patriarcado, condenando al ostracismo el mundo masculino hegemónico, y dando paso a una realidad plural y diversa donde las mujeres también definan humanidad y tengan el derecho a ser protagonistas de la historia; nuestra historia.

Juanjo Marcano

1 Ballarín et al., 2010; Carabí y Segarra, 2000.

2 Ponce, 2005.

3 Engels, 1884; Ponce, 2005.

4 Eisenstein, 1980; Dalla, 1975.

5 Carabí y Segarra, 2000.

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Desmontemos de una vez este teatro

teatro

Se terminó la sesión de investidura, se cumplieron los más negros pronósticos, y cayeron todas las máscaras. Ahora ya sabemos dónde está cada uno: el PSOE y Ciudadanos, empeñados en dar una salida progresista al bloqueo actual, mientras que el PP, Podemos, Compromís e IU, cada uno por sus propias razones, empeñados en frenarla y en ir a nuevas elecciones. Las palabras se las lleva el viento, pero el voto no miente. A la hora de la verdad, todos han votado lo mismo: bloqueo y nuevas elecciones.

Se debería acabar la paciencia y la cortesía que hemos tenido con Podemos mientras teníamos la esperanza de despertar su fibra progresista. Una vez constatado que esa fibra no existe y que todo en la cúpula de ese partido es cálculo partidista, deberíamos poner al descubierto sus muchas vergüenzas. Y ello no por ningún espíritu de revancha, o por devolverle los numerosos insultos y desprecios que han dedicado a nuestro partido. No, se trata de elegir el único camino que puede evitarnos unas nuevas elecciones: la única razón por la que dentro de un mes, o mes y medio, Podemos elegiría abstenerse, es que la calculadora de votos de Bescansa, que es quien se ocupa de las encuestas, pronostique pérdidas. Y para ello deberemos desmontar el teatrillo que interpretan los dirigentes de Podemos en las numerosas tertulias y platós de televisión a los que acuden sin descanso.

Porque todos ellos repiten al unísono, con la inestimable colaboración de IU y Compromís, que los números dan para un pacto de izquierdas. Y ellos saben que no es cierto, pero lo dicen para no descubrir sus verdaderas intenciones, que son ir a elecciones, y a la vez para que el PSOE cargue con la responsabilidad consiguiente. Porque está muy claro que 161 votos son menos que 163. Y que, aunque consiguieran sumar al PNV, serían 167. Y 163 mas 19 (que son los que suman ERC, DiL y BH), siguen siendo más que 167. Es decir, ellos cuentan con la abstención, o el voto a favor, de los partidos autodeclarados independentistas, de los mismos que están promoviendo una secesión en Cataluña. Y claro, dichos partidos no se van a abstener gratis. Lo harán si se les promete como mínimo un referendum de autodeterminación. Para Podemos, y al parecer también para IU y Compromís, ese referendum no representa ninguna dificultad. Eso es entonces lo que deberían decir con claridad: los números dan, siempre que el PSOE se avenga a un referendum en Cataluña, porque a nosotros ya nos parece bien. Y, de nuevo, ellos saben que eso no es posible. Al menos no con este PSOE, que lleva 135 años defendiendo que la soberanía es del conjunto de España, y no de cada territorio por separado. Deberían entonces ser mas precisos: los números dan si el PSOE deja de ser el PSOE.

Basta entonces de teatro, señores de esa izquierda tan estupenda que les aboca a votar con el PP y para que siga el PP. Si Podemos quisiera sinceramente un pacto con el PSOE, no lo hubiera torpedeado desde el mismo 21 de diciembre. Recordemos una vez mas la secuencia de los hechos: ese mismo día Iglesias enunció por primera vez la linea roja del referendum, que había ocultado cuidadosamente durante la campaña. Después fue la bronca al PSOE por no estar de acuerdo con su exigencia de cuatro grupos parlamentarios. Mas adelante, el anuncio de un gobierno de coalición, con la mitad de los nombres ya asignados, mientras Pedro Sánchez estaba en consultas con el Rey. De ahí, a la linea roja de pedirle que no hablara con Ciudadanos. Para llegar a la exigencia actual de un envenenado pacto de izquierdas que ellos saben imposible. Todas estas actuaciones fueron convenientemente aderezadas con insultos y desprecios varios, culminando con los que todos vimos en la sesión de investidura. En definitiva, nunca, ni ahora tampoco, Podemos ha querido un pacto con el PSOE. Su único interés ha sido todo el tiempo tratar de dividirle, debilitarle y desprestigiarle para ocupar su espacio en unas nuevas elecciones.

Pero mientras ellos, los que alardearon de ser la nueva política, se dedican a la viejísima práctica del partidismo y del oportunismo mas rastreros, y a la no menos vieja del insulto y la descalificación, sus votantes esperan que los votos que les dieron tengan alguna utilidad. Podemos les prometió la regeneración de la vida política, les prometió ayudas para los mas débiles y medidas de rescate social. Hicieron un discurso en campaña que era justo el que esperaban numerosas personas a las que la crisis y los recortes del PP habían golpeado duramente. Y ahora ven con estupor que a la hora de la verdad, el adversario principal pasa a ser el PSOE en lugar del PP. Y que prefieren que este siga gobernando seis meses mas, a que se inicie una senda de regeneración política y social.

Deberíamos abrir los ojos a los que confiaron en estos políticos de salón, calculadores demoscópicos y gurúes de laboratorio, que se aprovecharon de su buena fe y de unas circunstancias ciertamente dramáticas. Muchos votantes socialistas tienen hijos que han votado a Podemos. Ahí tenemos un primer trabajo a hacer: abrirles los ojos a nuestros propios hijos. En cualquier caso, a este trabajo no solo deberían aplicarse, como ya están haciendo, Pedro Sánchez y sus colaboradores inmediatos, sino también todo el PSOE. Ahora sí vendrían bien las voces de nuestros barones y baronesas, pero para entonar entre todos un mismo mensaje: a Podemos le importan muy poco sus votantes y no merecen tener de nuevo su confianza.

Y en cuanto a IU, Compromís, Equo y otras fuerzas integradas en las confluencias con Podemos, deberían decidir qué quieren ser de mayores. Si, como hasta ahora, les siguen haciendo el juego a la cúpula de Podemos, sufrirán con ellos las mismas consecuencias. Muchos de sus votantes les verán como corresponsables del bloqueo y de meter al país en una interminable e incierta espera de varios meses, para que muy probablemente la situación después siga arrojando un reparto de votos que haga necesarios los acuerdos entre diferentes. Si en ellos todavía laten fibras de izquierdas, y yo quiero creer que ese es el caso, deberían empezar ya a dar signos de querer desmarcarse de la estrategia partidista de Podemos.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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