Archivo mensual: diciembre 2015

Perplejidad

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Desayuno la mañana del martes 29 de diciembre con las reseñas de los periódicos y de las tertulias de radio sobre el Comité Federal de nuestro partido celebrado el lunes 28, y no consigo salir de mi asombro. En unos momentos críticos para la historia de nuestro país, en los que deberíamos estar inmersos en discernir cómo encontrar una salida progresista al rompecabezas que han dejado los resultados electorales, parece ser que el problema central de dicha reunión ha sido el enfrentamiento entre dos sectores del partido. Dicho en palabras llanas, entre los que quieren moverle la silla a Pedro Sánchez y los que defienden que no es el momento. Es cierto que los medios son propensos a incidir en estas cuestiones internas y a magnificar cualquier atisbo de disensión en el PSOE, pero en esta ocasión parece haber suficientes datos objetivos a juzgar por las declaraciones literales de varios dirigentes.

Como militante, no puedo sino expresar mi perplejidad y mi protesta por este estado de cosas. En lugar de que los temas del día sean el aislamiento del PP y su incapacidad para formar gobierno, o el enrocamiento de Podemos y su línea roja, la del referendum en Cataluña, que nunca fue prioritaria en su programa electoral, o los pocos segundos que mediaron entre el magro resultado electoral de Ciudadanos y su puesta incondicional al servicio de un gobierno del PP, hemos conseguido que las primeras planas y los editoriales estén dedicados a la crisis interna del PSOE y al cuestionamiento de su líder. ¿Cabe mayor equivocación?

Vayamos por partes. En primer lugar, todo militante y dirigente tienen derecho a no gustarles nuestro Secretario General y a desear su sustitución, pero el momento de pedirle cuentas no es ahora. Cuando llegue ese momento, se le podrá criticar y se podrán presentar candidatos alternativos, pero ahora deberíamos estar a otra cosa. Imaginemos al espartano Leónidas marchando a enfrentarse en las Termópilas con el ejército de Jerjes, veinte veces superior en número, y a los espartanos cuestionando su liderazgo en lugar de haciendo piña con él. No parece muy útil a la causa helena, ¿verdad? Pues esa es exactamente la situación: todas las miradas del país se dirigen con razón hacia el PSOE, porque ante la incapacidad del PP para recabar apoyos suficientes, somos la pieza clave para cualquier solución de gobierno. Y en lugar de tejer alianzas o programas mínimos que se puedan pactar con las otras dos fuerzas, Podemos y Ciudadanos, que han hecho del cambio su lema de campaña, nos dedicamos a enseñarnos los dientes entre nosotros. Muy poco edificante, y sobre todo muy poco útil para los intereses de los españoles.

Porque la batalla que tenemos delante es muy difícil, y las fuerzas que tenemos enfrente muy poderosas. Desde Europa y desde los círculos afines al PP y al Ibex 35 se nos presiona duramente y se apela cínicamente a nuestro “sentido de la responsabilidad” para que nos pleguemos a la gran coalición, o a permitir un gobierno del PP en minoría. Desde Ciudadanos se nos urge en la misma dirección. Desde Podemos, se emplea el regate corto, el oportunismo y el tacticismo para debilitar a nuestro líder y para incidir en nuestras disensiones internas. Porque el objetivo actual de los líderes de Podemos no es atender a las demandas de sus votantes tejiendo un acuerdo para un rescate social, o para poner en marcha medidas de regeneración política, que eran la esencia de su programa. No, lo que pretenden sus dirigentes es ocupar el espacio del PSOE a toda costa, incluso a costa de nuevas elecciones.

El Comité Federal también ha puesto en este sentido, y a mi juicio, límites excesivos a la Ejecutiva para que pueda llegar a acuerdos con otras fuerzas. Me parece de una cierta ingenuidad, en relación con el derecho a decidir exigido por Podemos, pedir que “la renuncia a esos planteamientos es una condición indispensable para que el PSOE inicie un diálogo con el resto de formaciones políticas”. Ninguna fuerza política puede exigir a otra que renuncie a sus planteamientos o a sus convicciones, por muy equivocadas que nos parezcan. Sí podrá exigir, en cambio, que dichos planteamientos no formen parte de un pacto con el PSOE. La redacción elegida puede ser simplemente una cuestión táctica, pero también puede interpretarse como una traba encaminada a hacer fracasar cualquier intento de negociación. Si es así, entonces lo que se estaría pidiendo serían nuevas elecciones. En mi opinión, ese no debería ser nuestro deseo, porque unas elecciones solo podrán arrojar resultados similares a los actuales, o incluso más polarizados aún, con un ascenso del PP y de Podemos y una disminución de las fuerzas más al centro. Si hay nuevas elecciones, debería ser a causa del enrocamiento de otros, pero no del nuestro. Ya sabemos que Podemos (no sus votantes, los cuales merecen todo nuestro respeto) es un partido muy poco de fiar y que cualquier acuerdo con ellos ha de ser muy cauteloso y estar muy bien atado (véase a este respecto el artículo de Francesc de Carreras en El País del 23.12.15). Pero es lo que los ciudadanos han elegido. Y lo han elegido porque se han fiado de su discurso de regeneración y de rescate social. Es a esos ciudadanos, y no a los líderes de Podemos, a los que debemos dar una respuesta. Y por eso creo que deberíamos hacer esfuerzos por acordar esos aspectos en un programa de mínimos. Más aún, creo que también deberíamos buscar que ese acuerdo de mínimos fuera suscrito por Ciudadanos. Porque su programa también habla de regeneración política y de medidas de rescate social. Deberíamos poner a estos partidos ante sus propios programas, y exigirles que sean fieles a ellos antes que a los intereses de poder de sus dirigentes.

Quizás la solución al rompecabezas sea esa, acordar una legislatura corta, centrada en intensas reformas acordadas en un programa de mínimos, e ir después a nuevas elecciones. Esas reformas incluirían una revisión constitucional que necesariamente habría de ser pactada con todos los grandes partidos, incluido el PP. Esa sí sería una salida progresista al bloqueo actual y probablemente es la que desearía la inmensa mayoría de los ciudadanos. ¿Por qué no intentarlo?

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

 

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Primeras reflexiones

sudoku

Tras el resultado electoral de las elecciones generales del 20-D, son muchas las reflexiones que caben hacerse en un primer momento, sin perjuicio de análisis posteriores más sosegados.

En primer lugar, y quizás lo más relevante, está el deslizamiento general de los electores hacia la izquierda. Los partidos del centro y la derecha (PP, UPyD y FAC) sumaron el 49,74 % de los votos en 2011, mientras que ahora suman (PP, Cs, UPyD) el 43,26%, es decir, 6,5 puntos menos. El bloque de izquierda (PSOE, IU, Compromis) sumó en cambio el 36,19% de los votos en 2011, mientras que ahora alcanza (PSOE, Podemos, UP-IU) el 46,35%, es decir 10 puntos más. Los partidos nacionalistas y regionales han perdido también 2 puntos, desde el 9,45% en 2011 al 7,44% en 2015 (fuente: El PAÍS, 21.12.14). Ello ha de interpretarse como un hartazgo hacia las políticas de austeridad y recortes, y hacia la corrupción, así como un rechazo a las deficiencias de nuestro sistema institucional.

En segundo lugar, es de resaltar la correosa resistencia de la derecha más conservadora representada por el PP. A pesar de los cuatro años de mala gestión económica (como sabemos, la economía ha empezado a remontar debido esencialmente a factores externos), y sobre todo de corrupción generalizada en la cúpula popular (entre sus corruptos presuntos y confesos hay tres presidentes de comunidad autónoma, un vicepresidente, varios consejeros, varios diputados del congreso nacional, varios diputados autonómicos, alcaldes relevantes y hasta un embajador), solo han descendido 16 puntos y continúan siendo la fuerza más votada con un 28,7% de los votos. Eso indica que el votante del PP se ha gestado a lo largo de muchos años y que no cede su fidelidad fácilmente.

En tercer lugar, es digno de analizar el fenómeno Ciudadanos, que ha culminado en lo que podríamos denominar (con perdón) un coitus interruptus: comenzaron muy fogosos, aupados en unas encuestas, a cuya cocina quizás hoy habría que pedirle cuentas, hasta porcentajes del 22% sostenidos durante semanas y una horquilla de entre 50 y 70 diputados. Finalmente se han quedado en el 13,9% y 40 diputados. Los votantes de izquierdas han descubierto a tiempo (gracias Pedro por insistir en ello) que bajo formas educadas y modernas se escondía un partido de derechas, mientras que los votantes de derechas les han visto demasiado progresistas y han preferido no cambiar de caballo a mitad de la carrera. Es de comprender la indignación actual de su líder Rivera, que lanza improperios al PSOE por anunciar este que va a votar en contra en una futura votación de investidura de Rajoy.

Otra reflexión a hacer es constatar el hundimiento de dos partidos asentados como IU y UPyD, que no han sido capaces de resistir las formas y el discurso de los dos partidos que han emergido justo en el centro de sus respectivos electorados. Puestos a elegir cambio, los electores se han fiado más de los partidos nuevos que de los viejos.

Y llegamos al PSOE, donde se ha producido una mezcla de los fenómenos que han afectado a los demás partidos. El PSOE no se ha hundido, pero ha sido seriamente tocado. Hemos perdido 1,5 millones de votos, 6,7 puntos porcentuales y 20 diputados con respecto a 2011, donde nuestros resultados ya fueron los peores de nuestra historia anterior. Al igual que el PP, hemos resistido porque nuestros votantes nos los hemos ganado lentamente y los más fieles no están dispuestos a abandonarnos con facilidad, ni se han fiado de los cantos de sirena de las dos fuerzas emergentes. Pero no debemos confiarnos, porque si perdiéramos a las nuevas generaciones, a largo plazo estaríamos abocados a la extinción.

Precisamente es a las nuevas generaciones a las que fundamentalmente han seducido tanto Ciudadanos como Podemos. Basta con repasar la galería de fotos de sus mítines y de los nuestros, o del PP, para darse cuenta de la diferencia de edad promedio de los participantes. Se ha instalado una brecha entre las generaciones que protagonizamos la transición y las que no la vivieron. Estas últimas quieren una democracia más real y participativa y la quieren ya. No les basta que les digamos que la Constitución del 78 ha propiciado la mejor y más prolongada época de paz y prosperidad de España en dos siglos. Ellos inciden en sus insuficiencias y ven a los dos partidos que hemos protagonizado esa época demasiado conformistas con ellas, y demasiado acomodados en el poder. Es en esta debilidad de los dos partidos históricos donde ha sabido incidir el discurso de los emergentes. La palabra clave es regeneración, y gran parte de las nuevas generaciones no se fían de que los viejos partidos podamos abordarla con garantías. Podemos ha sido el que mejor ha explotado este filón y en consecuencia sus resultados han sido arrolladores.

Esto último deja sobre la mesa una reflexión que nuestro partido ha de hacer una vez acabemos de cuadrar el rompecabezas actual. Tendremos que evaluar si nuestra renovación, que la habido y mucha en los programas y en las personas, ha sido o no suficiente, y si lo ha sido, qué debemos hacer para que sea creíble. Porque también nuestra credibilidad ha estado en entredicho y también el líder de Podemos ha explotado ese filón (“ustedes dicen una cosa en campaña y hacen otra en el gobierno”). Y tendremos que abordar Madrid, porque una vez más Madrid ha sobrepasado todas las expectativas negativas. No se trata del habitual “quítate tu que me pongo yo” que ya algún ex-dirigente ha empezado a exigir. Se trata de evaluar las políticas, nuestra conexión con los ciudadanos, y también nuestros hábitos partidistas y nuestros modos de seleccionar a los dirigentes. Pero todo ello dirigido a ofrecer soluciones y solvencia para resolver los problemas de los ciudadanos, que es para lo que estamos aquí.

Y queda la cuadratura del sudoku que han dejado las elecciones. Por mucho que se empeñe, Rajoy no tiene los votos para ser elegido. Debe asumir de una vez su condición de cadáver político, que adquirió cuando eligió apoyar a Bárcenas. Pero Pedro tampoco lo tendrá fácil. Con un Podemos subido al monte de las exigencias y de creerse los salvadores de la patria y un Ciudadanos resentido por su mal resultado, y que tumbará cualquier posible fórmula de colaboración PSOE-Podemos. De los independentistas, ni hablamos, porque los 17 escaños que suman ERC y DL son un “regalo” envenenado para cualquier fórmula de coalición. Quedan meses muy complicados por delante y los tres dirigentes y sus partidos (el cadáver no lo cuento a estos efectos) tendrán que exprimir al máximo su capacidad y su inteligencia para salvar lo esencial, que es un gobierno de cambio para España, y ceder en lo accesorio, que son los intereses partidistas y los personalismos de cada uno.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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Un proyecto para España

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Este diciembre de 2015 y de elecciones generales, todos los indicios apuntan, y así lo recogen muchos análisis, incluidos los de nuestro partido, a que nos encontramos en una de esas encrucijadas de la historia en las que España ha de reinventarse como país.

La Constitución del 78 ha permitido una dilatada etapa de progreso económico y de paz social como España no había conocido en los últimos dos siglos. Pero el motor se está parando. A la tremenda crisis económica sufrida desde 2008, se han unido una crisis política e institucional y otra territorial. Las costuras están saltando a ojos vista, y como muestras basten la inflamación soberanista que está teniendo lugar en Cataluña, y la aparición en muy pocos meses de dos partidos salidos de la nada, que se han colocado en las encuestas a la par que los dos que han sido hegemónicos en los últimos treinta años.

Nuestro programa electoral habla de un proyecto de país para los próximos veinte o treinta años. Pareciera que en cada elección nos jugáramos el país, pero en esta ocasión esa afirmación parece más cierta que nunca. Al lado de propuestas que podríamos llamar de coyuntura, se encuentran otras de muy largo alcance. Entre las primeras se hallan las que pretenden combatir la desigualdad y la pobreza extremas que esta crisis ha dejado tras de sí. También las que tienen que ver con la regeneración de las instituciones, la lucha contra la corrupción y la reforma fiscal. Todas ellas muy importantes y necesarias, pero que no se extienden más allá de una legislatura.

Para hablar de las segundas, me voy a basar en el reciente número 253 de la revista TEMAS, que precisamente lleva por título ¿Qué proyecto para España? Junto a artículos de firmas muy relevantes, hay en dicho número una encuesta final a personajes de diferentes partidos y sectores sociales, que plantea cinco cuestiones, en dos de las cuales se les pide a los entrevistados enumerar respectivamente las debilidades y las fortalezas de España como país. Superando nuestro inveterado espíritu autodestructivo, son muchas las fortalezas que se mencionan y que merece la pena repetir aquí:

  • Somos un país del primer mundo, integrado en la Unión Europea y con una renta per cápita entre las treinta más altas del planeta (si los países fueran revistas de investigación estaríamos en el cuartil Q1, o con más precisión, en el percentil 15 de 100).

  • A la vez, tenemos una posición histórica y geoestratégica que nos permite ser puente con latinoamérica y también con el mundo árabe. Nuestro idioma, sin contar el chino, es el segundo más hablado en el mundo.

  • Tenemos una buena imagen internacional, como un país avanzado y a la vez seguro, con un clima y una gastronomía envidiables, bondades que nos hacen ser un destino turístico de primer orden (alrededor de 50 millones de visitantes cada año).

  • Tenemos muy buenas infraestructuras y una sanidad pública de una gran calidad, a pesar de los recortes sufridos estos últimos años.

  • Tenemos buenos profesionales en la sanidad y en muchas áreas de la ingeniería y la construcción (y buenos investigadores, añado yo, a pesar de la permanente cicatería que ha habido en la inversión en ciencia).

  • Nuestra población es exigente políticamente y quiere ser gobernada con decencia y con eficacia (si bien mucha parte de nuestra clase política no está a la altura de esa exigencia).

  • Algunas de nuestras grandes empresas son competitivas internacionalmente y, o bien exportan, o bien se han hecho transnacionales.

Junto a esos aspectos positivos, que nos animan a ser optimistas y a confiar en que sabremos afrontar los cambios necesarios, se enumeran una serie de debilidades y amenazas potenciales. Curiosamente, aquella en la que la mayoría coincide es en la incapacidad de nuestra clase política para llegar a acuerdos. En otras palabras, que nuestra mayor amenaza somos nosotros mismos. Y esos acuerdos serían imprescindibles en ámbitos como la educación, el tema energético, la I+D+i, y la estructura territorial. Otra debilidad importante es nuestro sistema productivo, incapaz históricamente de generar suficiente empleo y dispuesto en cambio a destruirlo masiva y rápidamente en épocas de crisis. También la educación, en especial la secundaria y la FP, alejadas de los parámetros europeos, y finalmente nuestra demografía de bajísima natalidad, que es una amenaza a medio plazo para nuestro sistema de pensiones.

Como prima lo positivo sobre lo negativo, mas que de mesarse los cabellos ante este cúmulo de dificultades, parece llegado el momento de afrontar los desafíos que tenemos delante como lo que son, como una gran oportunidad para eliminar las ineficiencias, para desprendernos de lo que nos frena, y para poner el país sobre nuevos raíles que nos proporcionen otros cuarenta años de prosperidad y de convivencia colaborativa y provechosa para todos.

Nuestro programa apuesta, por primera vez con mucha convicción, por basar nuestro modelo productivo en el conocimiento, en la ciencia y en la educación. Por invertir de forma sostenida en I+D. Por potenciar nuestra industria mas innovadora, por favorecer la competencia y por eliminar las trabas de los mercados. Por combatir el capitalismo de amiguetes y los oligopolios como el de la energía, que suponen un pesado lastre a la competitividad y a la innovación. Y por realizar una transición energética hacia una economía descarbonizada, donde el transporte tienda a electrificarse y la electricidad se pueda generar mediante fuentes renovables. Además de ser coherentes con la lucha contra el cambio climático, esta orientación nos hará menos vulnerables al exterior y mejorará nuestra balanza comercial (actualmente gastamos 45.000 millones en importar petroleo). También nos proporcionará más crecimiento y mejores empleos.

Pero para que este profundo cambio pueda producirse, los socialistas tenemos que ganar el día 20. No basta con quedar los segundos, y menos aún los terceros. El cambio que España necesita no lo va a traer Ciudadanos, ni mucho menos el Partido Popular con el apoyo de los primeros. Porque esto es lo que va a suceder si queda primero el PP, que Ciudadanos le apoyará, quizás a cambio de algún gesto simbólico como pedir a Rajoy que se vaya. Pero las derechas nunca se plantean proyectos de país, sino que tan solo aspiran gestionar lo que hay y a mantenerse en el poder el mayor tiempo posible. Para que no haya duda de quien debe formar gobierno, el PSOE debemos ser los primeros el día 20. Solo así podremos promover y gestionar el cambio que aquí he descrito.

Y eso exige sacudirse las inercias y convencer a mucha gente en las dos semanas que faltan.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

 

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