Narcisismo

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En el mito de Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, condena a Narciso a vivir enamorado de su propia belleza, hasta el punto de que este se arroja al agua y se ahoga por perseguir su imagen reflejada en un estanque. El siglo XXI ha traído innumerables narcisos a la política, y eso está poniendo las cosas bastante difíciles a todos los partidos.

Los individuos de la especie humana tenemos necesidad de un cierto grado de aceptación por parte del grupo. Seguramente existe alguna predisposición genética para ello, dado que el éxito de nuestra especie se debe sobre todo a la cooperación. Ningún individuo puede soportar con facilidad ser completamente rechazado por la sociedad. Esa necesidad nos impulsa a veces a cierta exhibición para captar la atención de los demás y procurar agradarles. No otra cosa son ciertas convenciones sociales tales como el modo de vestir, la amabilidad, la elocuencia y el humor en la conversación. Pero la exhibición llevada al extremo de hacernos adictos a nuestra propia imagen se convierte en una patología, que es conocida como narcisismo desde que Sigmund Freud la bautizó así.

Parece que la época actual está sufriendo un aumento del narcisismo, debido sobre todo al consumismo, a la forma en que educamos a nuestros hijos, y a la aparición de las redes sociales. Desde la publicidad se nos anima constantemente a darnos caprichos y a adquirir bienes, particularmente automóviles, que aumenten nuestro prestigio ante los demás. Unos conocidos almacenes emiten en estos días un anuncio paradigmático en este sentido. Dice así: “Quiérete, es hora de pensar en ti”. La educación familiar de las generaciones nacidas en la abundancia ha producido personas bastante egocéntricas, merecedoras en su opinión de todas las atenciones y derechos, pero muy poco preparadas para asumir deberes y responsabilidades. Y sobre todo, muy vulnerables ante cualquier adversidad. Por su parte, la aparición de las redes sociales ha acrecentado la capacidad de exhibirse ante el resto del mundo. Proliferan los selfies, los vídeos donde cada uno cuenta sus proezas, y la publicación de fotografías y de datos personales que antes pertenecían al ámbito privado. Incluso algunas personas cambian la foto de su perfil de Facebook, o de WhatsApp, prácticamente cada día. Todo ello evidencia un mayor grado de narcisismo.

El Narciso se caracteriza por desear estar siempre en el candelero (en el candelabro, que diría alguna), a la vista de todos. Desea que se hable de él en todo momento. Eso si, que se hable bien. No puede soportar la crítica, ni que le contradigan, porque entonces se vuelve agresivo. ¿No reconocen este comportamiento, por ejemplo en Donald Trump, el actual Presidente de Estados Unidos?¿No lo reconocen en Pablo Iglesias, el líder de Podemos? ¿No les parece apreciar cierto narcisismo en algunos de los candidatos, actuales o en potencia, a las primarias del PSOE?

No cabe duda de que el narcisismo y el culto al propio yo pueden hacer mucho daño en política. Los narcisos ponen a su persona por delante de la institución, o de la organización a la que pertenecen. Solo ven la institución como algo al servicio de su ambición, o del culto a su persona, en lugar de verse ellos al servicio de la institución, que es lo que sería razonable esperar.

Reflexionen un momento sobre el Ayuntamiento de Madrid: ¿ha resuelto el problema de la basura acumulada en sus calles? ¿el de la contaminación?, ¿el de los grandes atascos? ¿el de la falta de viviendas para jóvenes? No, después de dos años de gobierno, ni se perciben signos de que vaya camino de resolverlos. Y sin embargo, cada día nos despertamos con alguna ocurrencia de este ayuntamiento: hoy puede ser la de prohibir los animales en el circo, o mañana la de emplear sus recursos y su tiempo en que los ciudadanos voten vaciedades. ¿No es esto servirse de las instituciones para exhibir la propia ideología, mientras los problemas importantes siguen pendientes? Se trata en mi opinión de otra forma de narcisismo.

¿Qué sería lo contrario del narcisismo en política? A mi parecer, lo contrario sería la vocación de servicio a una causa mucho más importante que uno mismo: la de beneficiar a los ciudadanos, al país, o al partido al que se pertenece. Los primeros años del siglo XX produjeron en España muchas personas con esa vocación de servicio. Por ejemplo, las Misiones Pedagógicas de la Segunda República movilizaron a miles de hombres y mujeres, que se repartieron por los pueblos de España con un único fin: alfabetizar un país que salía de una dictadura teniendo más de un 50% de analfabetismo. La Institución Libre de Enseñanza, liderada por Ginés de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y muchos otros, emprendió la noble misión de desligar la enseñanza secundaria del poder de la Iglesia y tratar de extenderla a todas las capas sociales. La Junta de Ampliación de Estudios, impulsada por Ramón y Cajal, su primer presidente, persiguió el objetivo de hacer que España se incorporara al caudal europeo de la investigación científica y de la ciencia.

¿Dónde están hoy esos líderes? ¿Quién plantea hoy esos grandes retos? Podría argumentarse que ya no existen retos tan evidentes, porque esos objetivos ya se han conseguido. Y sin embargo, no es cierto que hoy no existan grandes retos. Precisamente el siglo XXI es abundante en retos no resueltos:

  • Refiriéndonos a España, sigue pendiente el reto de conseguir una sociedad basada en el conocimiento y en la ciencia. Nadie hasta ahora ha apostado con suficiente fuerza por ello.

  • Sin salir de España todavía, tenemos el reto de descarbonizar nuestra producción de energía y de acabar con el expolio eléctrico al que llevamos años sometidos.

  • Tenemos además el siempre mal resuelto reto de nuestra organización territorial.

  • Mas allá de nuestras fronteras, tenemos el reto de construir una Europa integrada y solidaria en lo político y de contribuir desde Europa a una gestión más justa de la globalización.

Sin embargo, demasiados líderes del siglo XXI, en todos los países, se dedican a mirarse su propio ombligo, a cultivar su propio ego, mientras surfean sobre los problemas importantes, con el único fin de mantenerse en el poder (los que ya están en él), o de alcanzarlo (los que aún no lo están). Para una vez alcanzado, invertirse las tornas: surfear sobre los problemas importantes los que ya han llegado a él, y alcanzarlo de nuevo los que han sido desalojados de el.

Necesitamos urgentemente líderes con un poco más de vocación de servicio y un poco menos de culto a su personalidad.

Ricardo Peña Marí

 

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