Archivo mensual: septiembre 2014

La actitud ante Podemos

pabloIglesiasPodemos

Desde que irrumpió Podemos en la escena política española, no han cesado de producirse reacciones, las más de las veces negativas, desde las restantes formaciones políticas. Quisiera contribuir modestamente al debate sobre cuál debería ser la actitud correcta ante este fenómeno, y si es posible a serenar un poco los ánimos, que en mi opinión andan algo revueltos.

La derecha, a pesar de su contribución decisiva a la potenciación de este grupo a través de los medios de comunicación bajo su control (Intereconomía, Mediaset, Grupo Planeta, etc.), parece que se ha puesto nerviosa por la importancia que ha cobrado el “monstruo” que ellos se dedicaron a alimentar, y ahora no ahorran calificativos para desacreditarles. Desde “chavistas”, neococomunistas, revolucionarios, y antisistema, hasta otros menos reproducibles. También han empleado el clásico ataque ad hominen, tratando de encontrar en el pasado de los dirigentes más conocidos, actos inconfesables o contradictorios con su mensaje.

La izquierda también ha entrado en este juego de descalificaciones, aunque no con la misma virulencia (populistas y demagogos son los calificativos más empleados). Al tiempo, se ha dedicado a combatir sus propuestas tachándolas de utópicas, irrealizables o reaccionarias.

En mi opinión, lo primero que se observa es que el fenómeno Podemos ha puesto nerviosos a todos los partidos tradicionales, tanto de la derecha, como del centro y la izquierda. Se ha pasado del ninguneo de las asambleas del movimiento 15-M, y de ignorar todo lo que allí se dijo, pensando que sería un fenómeno pasajero, al miedo actual, tras comprobar el gran número de votos que Podemos conseguido en las elecciones europeas. Pero como dice Nicolás Redondo (EL PAÍS, 28.08.14), la izquierda debe sustituir el miedo por la inteligencia y no actuar compulsivamente.

He escuchado recientemente a un veterano militante socialista una reflexión en mi opinión muy lúcida sobre la actitud correcta que debemos tener hacia Podemos. Decía este militante que es muy importante distinguir entre “qué es” Podemos y “quiénes son Podemos”. Afirmaba a continuación que es un error combatir a Podemos combatiendo a las personas que hoy dirigen el proyecto. Lo primero que según él habría que analizar son las razones del triunfo de Podemos.

Abundando en esta idea, añado yo, es como si los escritores del siglo XVI combatieran el éxito de El Quijote descalificando a Cervantes. El Quijote ha tenido tanto éxito a lo largo de los siglos porque los dos caracteres que tan magistralmente describe (el idealista, hidalgo, soñador y loco Don Alonso Quijano, y el pragmático y pícaro Sancho Panza) encajan perfectamente con dos facetas del carácter español de la época y de las épocas que siguieron. Los españoles se vieron retratados y reconocibles en esos caracteres. Igualmente, el mensaje principal de Podemos (“no nos representan”, la idea de “casta política”, y la de que “todos los partidos son iguales”) ha caído en un terreno abonado, porque muchos españoles actuales piensan exactamente eso. En mi opinión, los partidos del establishment, y muy particularmente el nuestro, hemos dejado un enorme vacío a nuestra izquierda. Y la política funciona como los gases: si uno no ocupa todo el espacio, vendrá otro gas que lo llenará.

Ese vacío lo hemos dejado crecer con políticas y actitudes equivocadas, y esa es en mi opinión la primera reflexión que debemos hacer: hemos de pensar qué debemos corregir para rellenar ese enorme agujero. Si lo hacemos, achicaremos el espacio de Podemos. Si no, puede ser que Podemos se agote y se descomponga solo (o no), pero el vacío seguirá existiendo, y vendrá otro Podemos, o un Queremos, o un Sabemos, dará igual. El defecto seguirá estando en nosotros y no en ellos.

Ejemplos de estas actitudes equivocadas son aquello de que “bajar los impuestos es de izquierdas”, o aprobar el indulto de un banquero corrupto, o defender políticas social-liberales a favor de la privatización parcial de los servicios públicos, o recortar sin dar todas las explicaciones políticas necesarias. Actitudes como esas son las que han abonado que cale el mensaje de Podemos. Pero hay más. Ahora estamos decidiendo los cabezas de lista (y por tanto, condicionando gran parte de las listas) para los procesos electorales de 2015. Un buen número de ciudadanos son sensibles al mensaje de “la casta”. Y lo son porque ven que muchas veces los candidatos de los partidos son los mismos de siempre, que llevan años saltando de un cargo público a otro, o que no tienen la preparación adecuada, o que su único mérito ha sido el de moverse bien dentro de los aparatos partidistas.

En mi opinión hemos de estar muy atentos a esta selección. El objetivo de un partido de derechas es favorecer a los de su clase, y lo hacen con gran eficacia a través de las privatizaciones y de la adjudicación de contratos públicos. Por eso el amiguismo, el enchufismo, y las puertas giratorias son tan frecuentes en esos partidos: se pagan mutuamente los favores recibidos. El objetivo de un partido de izquierdas como el nuestro es también el de ser útiles a “nuestra clase”, pero no podemos hacerlo del mismo modo. Para empezar, “nuestra clase” es la inmensa mayoría de la sociedad: la de todos aquellos que no disponen de un gran capital para pagarse privadamente su sanidad, su educación y su jubilación. Ser útiles a nuestra clase consiste en promover la igualdad de oportunidades, la fiscalidad suficiente y progresiva y la justicia social. Por eso, el amiguismo y el enchufismo deberían estar proscritos entre nosotros. El criterio debería ser seleccionar a los mejores, a los que puedan hacer la mejor labor posible en cada área de competencia. Un partido político no debería ser una agencia de colocación, ni un dispensador de prebendas o de premios. Nuestros candidatos, o al menos la mayoría de ellos, deberían ser personas que se hayan ganado la vida, y en el futuro se la puedan seguir ganado, al margen de la política. Deberíamos promover la concepción del cargo público como un servicio con fecha de caducidad, salvo quizás excepciones muy justificadas. Como una tarea que se realiza durante un periodo de la vida, pero que no es una profesión permanente. También, como una posibilidad abierta a personas independientes muy cualificadas, o con una gran carisma, que puedan realizarla en nombre de nuestro partido.

Este debate deberíamos tenerlo en profundidad, porque es evidente que los métodos de selección que hemos seguido hasta ahora nos han restado credibilidad. Las elecciones primarias abiertas son un mecanismo en la buena dirección: no solo sirven para movilizar a nuestros potenciales votantes, sino que obliga a los candidatos a competir entre sí, y a tener que ganarse el favor de los militantes y simpatizantes afinando sus propuestas y su capacidad de liderazgo.

Volviendo a Podemos, nuestra actitud hacia ellos también debe incluir el respeto. El debate político ha de serlo sobre ideas y propuestas, nunca sobre personas. Estamos habituados a que, para combatir nuestras propuestas, el Partido Popular ataque personalmente a nuestros dirigentes. Pero que sea habitual no quiere decir que sea democrático, porque a quienes faltan al respeto es a los millones de ciudadanos que nos han votado. Igualmente, a Podemos les han votado un millón doscientas mil personas, y les debemos un respeto. Nuestra obligación es desmontar el programa de Podemos para tratar de convencer a esas personas de que la opción que han elegido no les va a resolver sus problemas. Pero siempre partiendo del principio de que tienen todo el derecho a haber elegido esa opción y a que se les respete por ello. Eso es mucho mejor que repetir constantemente lo populistas que son los dirigentes de Podemos.

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

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Signos civilizatorios

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Como continuación de la anterior entrada de este blog (Un mito para España), quiero precisar más algunos de los signos que distinguen a un país civilizado, o que aspira a serlo, de otro al cual le queda aún camino por andar.

Empiezo por la biología, como justificación última de lo que hoy llamamos civilización. El éxito de los humanos como especie se ha debido, además de a su inteligencia superior, a su capacidad para cooperar. Desde los tiempos prehistóricos, los humanos han vivido en colectividades más o menos amplias y han sido capaces de dividir el trabajo entre los individuos del colectivo, con el fin de ser más eficientes. Incluso en esa etapa inicial, han manifestado solidaridad de grupo con los individuos más débiles (enfermos, ancianos, etc.), que de otro modo no hubieran podido sobrevivir. Dando un salto hasta nuestros tiempos, es claro que los humanos trabajamos los unos para los otros, tanto dentro de un país como entre distintos países, y que un individuo aislado no podría llevar a cabo por sí mismo todas las tareas que requiere el nivel de vida del que disfruta en colectividad.

Ser civilizados empieza por reconocer este hecho básico de nuestra mutua dependencia como individuos. Los comportamientos corruptos, abusivos, molestos, o simplemente pícaros, desestabilizan este pacto implícito. Si uno roba, o se aprovecha del resto en algún sentido, genera violencia en la colectividad, porque los demás no estarán dispuestos a trabajar para los vagos y los ladrones, ni a que les quiten sus derechos o su tranquilidad en beneficio de otros.

Las leyes, y las normas y convenciones sociales de todo tipo que nos damos, tratan de proteger los comportamientos que son beneficiosos para la colectividad y de castigar los perjudiciales. Eso es lo que llamamos civilización. Hay numerosos ejemplos de signos civilizatorios, desde el más humilde de saludarse por las mañanas, o de ceder el paso al atravesar una puerta, hasta el de ser íntegros en la gestión de los bienes públicos, o en los del patrono privado, o respetar a los demás conductores en el tráfico rodado, o cumplir cabalmente con nuestro trabajo, sea este para una empresa o para la administración. Para mi, el mayor signo de civilización es el de pagar rigurosamente los impuestos que a cada uno le corresponden, porque ese pago expresa como ningún otro signo nuestro reconocimiento de que vivimos en colectividad, y de que debemos contribuir al sostenimiento de los servicios comunes.

Pero quiero centrarme en tres signos de civilización en los cuales nuestro país es bastante deficitario. Ninguno de los tres cuesta dinero, sino que su práctica depende básicamente de nuestra voluntad. Además tienen una estrecha relación con la vida municipal y por tanto con las elecciones que se avecinan. En mi opinión, nuestro partido debería prestar más atención a ellos en sus programas municipales.

El primero de ellos es el de contribuir a la limpieza de los lugares públicos. En el caso de Madrid, está muy claro que el gobierno municipal ha hecho dejación de sus funciones y que la suciedad de las calles ha llegado a extremos insoportables. Pero no es menos cierto que si observamos la composición de esa suciedad, la gran mayoría está provocada por los comportamientos incívicos de una buena cantidad de individuos (no les llamo ciudadanos, porque no se comportan como tales). No hay servicio de limpieza que pueda mantener limpias las calles si muchas personas se empeñan en arrojar todo tipo de desechos al suelo, o en dejar sus bolsas de basura en lugares y a horas inapropiados. Y eso tiene que ver, por supuesto con la educación, pero también con la insensibilidad y la tolerancia al fenómeno por parte del resto de los ciudadanos. Es muy probable que si uno arrojara una lata al suelo en Estocolmo, más de un transeúnte se indignaría y afearía ese comportamiento. En Madrid en cambio, vivimos en medio de la inmundicia y todo el mundo aparenta estar cómodo. Vivir entre basura nos aleja de la civilidad y nos acerca a la barbarie, y en mi opinión deberíamos hacer todos los esfuerzos para recuperar nuestra dignidad en este asunto. Eso pasa por la acción municipal en todos los frentes: por supuesto, en el de dedicar recursos, pero también en realizar campañas de concienciación y en aumentar la vigilancia y las sanciones a los que incumplan las normas.

El segundo signo se refiere al ruido. Somos una sociedad excesivamente ruidosa. Aceptamos como normal que en un restaurante o en un bar todo el mundo hable a lo máximo que da su garganta, cuando es evidente que si nadie levantase la voz en exceso, todos se entenderían mejor y con menos esfuerzo. Las madrugadas están plagadas de personas que salen de sus cenas o fiestas hablando a gritos y despertando a sus vecinos. En los autobuses, trenes y restaurantes, se entrecruzan las conversaciones de los que hablan con su móvil como si estuvieran solos, y así hasta infinitos comportamientos donde molestar a los demás con nuestros ruidos parece ser lo natural. Y sin embargo basta viajar un poco para darse cuenta de que la tolerancia al ruido excesivo y gratuito es menor cuanto más civilizado es un país. Por ejemplo, la iniciativa del AVE de tener vagones donde se prohíbe hablar por el móvil, hace años que está implantada en Dinamarca en todos sus trenes. No molestar con nuestros ruidos es otro signo civilizatorio, de respeto a los demás, de admitir que vivimos en sociedad y que dependemos unos de otros.

El tercer signo civilizatorio que quiero destacar es la sensibilidad al sufrimiento de los animales. No me refiero a renunciar a ser carnívoros y a matar animales para nuestra alimentación, que a mi al menos me parece una ley inevitable de la naturaleza (pero hay amplios colectivos que opinan lo contrario). Me refiero al daño gratuito que se inflige a los animales, supuestamente para nuestra diversión. Ahí están las tradiciones del Toro de la Vega en Tordesillas, en el que un toro es muerto a lanzazos por los mozos del pueblo tras una larga persecución, o el Toro Embolado de Cataluña en el que se prende fuego a los cuernos del animal y se le suelta enloquecido por las calles, y muchas otras tradiciones similares, en las que incluyo las corridas de toros. Disfrutar con el sufrimiento y muerte de un animal sensible al dolor y a la angustia es como mínimo para hacérselo mirar. En mi opinión no está muy lejano al disfrute que experimentaban nuestros ancestros con las luchas a muerte entre gladiadores en los circos romanos. Nadie diría hoy que ese comportamiento era civilizado.

Me refiero también a los 300.000 perros que los españoles abandonamos cada año a su suerte. Su “suerte” será primero la soledad y luego la muerte, ya que se trata de seres dependientes de los humanos, diseñados por nosotros para hacernos compañía. Cualquiera que haya convivido con un perro sabe que experimentan alegría y dolor, y que son muy sensibles al cariño de sus dueños. Abandonarlos, además de una cobardía, es un acto de profunda insensibilidad y barbarie. No digo ya matarlos a pedradas, o colgarlos de los árboles, como hacen algunos cazadores cuando ya no les sirven. En países como Alemania e Inglaterra, se reconoce esta simbiosis entre los humanos y sus mascotas, y los perros son admitidos en los transportes públicos y en muchos restaurantes. También hay que decir que a ningún dueño se le ocurre dejar los excrementos de su perro en la calle. Otro signo civilizatorio, del que por aquí andamos escasos.

Mi intención no es decir que estos problemas sean los más importantes que nos acucian. Por supuesto, son más importantes el paro y la pobreza que se extienden en nuestra sociedad, la violencia de género, y muchos otros. Pero en mi opinión, la sensibilidad ante las actitudes bárbaras no es troceable. Si no nos conmovemos ante el sufrimiento de un animal, o no somos sensibles ante la suciedad y el ruido gratuito, es cuando menos dudoso que lo seamos ante el sufrimiento de un ser humano.

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

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