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“La Casa”

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El escocés Adam Smith, en su magna obra El origen de la riqueza de las naciones (1776), fue el primero que demostró que la riqueza de las sociedades proviene del trabajo humano y no de la tierra, o de cualesquiera otros recursos naturales, como se creía hasta entonces. La división del trabajo en las sociedades modernas y el intercambio, permite a los individuos apropiarse de las horas de trabajo ajenas a cambio de las propias. El dinero, pues, no es otra cosa que un medio de intercambio de horas de trabajo, un medio que permite separar el acto de la venta de las horas propias (por ejemplo, con la percepción de un salario), del acto de la compra de horas ajenas (por ejemplo, intercambiando dinero por un kilo de carne).

Por tanto, cuando los (presuntos) golfos de este país, llámense Urdangarín, Rato, Matas, Cotino, Bárcenas, Blesa, Granados, o González, se apropian de dinero ajeno, se están apropiando de horas de trabajo de otras personas. Como casi siempre se ha tratado de dinero público, se han apropiado precisamente de las nuestras. Considerando un salario medio anual de 25.000 euros, cada millón que nos han robado (presuntamente, se entiende) ha de computarse como un pequeño ejército de 40 personas trabajando gratis para ellos durante un año. Con ese dinero, ellos han adquirido horas de trabajo en forma de coches de alta gama, vacaciones de esquí en Las Rocosas, cocineros, asistentas, chóferes, y hasta una escobilla de váter de 400 euros.

Aunque el aspecto psicológico no es el más relevante, llama la atención la ambición sin límites de estos personajes, su obsesión por acumular y por aumentar sin descanso sus “ingresos”, o sea su (siempre presunto) latrocinio. Leyendo las conversaciones grabadas a Ignacio González, uno tiene la impresión de que el cien por cien de su actividad consistía en el saqueo de las arcas públicas del Canal. Operaciones en Brasil, en Colombia, y hasta en Angola, negocios a medias con Eduardo Zaplana para adquirir empresas con las que blanquear lo obtenido, espionaje a su rival Cifuentes para buscarle puntos débiles con los que desacreditarla, etc. Es casi un milagro que tuviera tiempo para sus obligaciones institucionales como Presidente de la Comunidad de Madrid. Esta avidez por el dinero tiene todo el aspecto de una adicción, de una enfermedad, que como toda adicción, siempre demanda más y más de la sustancia adictiva. Nada es nunca suficiente para quien padece tal dependencia. Aunque no haya años en una vida humana para gastar tanto dinero.

Pero lo más relevante de lo que ha salido a la luz, son las evidencias de que la corrupción que anida en el Partido Popular ha llegado a instituciones sensibles, como es el aparato judicial. Las tramas corruptas, que hasta ahora involucraban a organismos gobernados por cargos electos, como los ayuntamientos y las comunidades autónomas, o a empresas contratistas con la administración, o al propio partido popular, que se ha financiado ilegalmente durante décadas, ahora ya cuenta con complicidades dentro de la justicia. Pone los pelos de punta leer cómo Ignacio González habla de una magistrada “de la casa” que le mantiene informado del progreso de las investigaciones contra él. O de cómo él ha “tapado” corruptelas de los que les precedieron, porque eran “de la casa”, y se lamenta de que la nueva Presidenta de la Comunidad no haga lo mismo con las suyas. Y desde luego enciende todas las alarmas ver los palos en las ruedas a la investigación que está poniendo el fiscal anticorrupción Manuel Moix, con la complacencia del Fiscal General José Manuel Maza, y del Presidente del Gobierno Mariano Rajoy, responsable de su nombramiento y único capacitado para su cese. Y además, empecinado en mantenerlos a pesar de su reprobación por la mayoría absoluta del Congreso.

Como observa agudamente Alex Grijelmo (EL PAIS 7.05.17), hasta un dirigente popular como Javier Maroto admite que Cristina Cifuentes ha sido “valiente” al denunciar a González, lo que significa admitir (aunque seguramente no era esa su intención) que existen riesgos por denunciar a alguien “de la casa”, y que hay muchos dirigentes populares no tan valientes que prefieren mirar para otro lado antes que enemistarse con su partido. Que existen riesgos es evidente tras haber aparecido “casualmente” investigaciones policiales y de la Guardia Civil que involucran a Cifuentes y al diputado autonómico Jesus Gómez (que denunció la cuenta en Suiza de Ignacio González) en presuntos delitos.

Si esa es la situación en el Partido Popular, es decir, si lo normal es mirar para otro lado y encubrir las corruptelas de los de dentro, y lo excepcional es ser “valiente”; si lo normal es que los valientes sean perseguidos por sus compañeros; si lo normal es poner magistrados y fiscales afines en los puestos clave para que sirvan de dique de contención a las investigaciones y para que filtren a los corruptos los avances de las mismas, entonces estamos ante un problema muy grave. Ante un problema sistémico y de país. No se puede permitir por más tiempo que esta situación permanezca, o incluso que avance, o corremos el riesgo de convertirnos en poco tiempo en una auténtica república bananera, en la que todo se podrá comprar con dinero.

“La Casa” se ha convertido en algo muy parecido a “la familia”, y el jefe de La Casa, en algo muy similar a “el Patriarca”, o mejor a “el Padrino”. El “Luis, sé fuerte” y los “finiquitos en diferido” no fueron sino los primeros indicios de algo mucho más profundo: que la corrupción está consentida y protegida desde las más altas instancias del Partido Popular.

Así las cosas, y dada la minoría parlamentaria del PP, parecería obvia la necesidad de armar un pacto del resto de las fuerzas para desalojar al PP del poder, ya que solo sería posible regenerar a dicho partido enviándole a la oposición, y sobre todo enviándole lo más lejos posible del BOE.

Y aquí tropezamos con nuestros peculiares partidos celtibéricos. Los de Ciudadanos no quieren desalojar al PP de la Comunidad de Madrid, ni quieren saber nada de un pacto con Podemos. Oscilan entre las promesas de regeneración y los hechos, que cada día desmienten tales promesas. Los de Podemos, dedicados a sus habituales números de circo, sin tener la más mínima intención de ser útiles a los cinco millones de ciudadanos que les votaron, despreciando al Parlamento y buscando los puntos débiles del PSOE, que en realidad es su verdadera obsesión. El PNV, aprovechando la debilidad del PP para obtener unos cuantos cientos de millones más para la ya generosamente sobrefinanciada comunidad vasca. Los partidos independentistas catalanes, dispuestos a pactar con cualquiera, y para lo que sea, siempre que les garanticen un referendum. Y el PSOE, dedicado a sus problemas internos y aplicando sus energías a protagonizar un choque de trenes de impredecibles consecuencias.

Como me decía un amigo, “aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo”, … “que voy a lo mío”. Eso es justo lo que deben de pensar en el Partido Popular.

Ricardo Peña Marí

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No a los debates tramposos

Esta es una agrupación a la que se supone cierta altura intelectual y creo que podemos contribuir a elevar algo el pobre debate que está teniendo lugar en estas elecciones primarias a Secretario/a General. Mi posición es conocida y no voy a insistir en las razones de la misma, pero si me gustaría tratar de desmontar lo que yo considero debates tramposos, debates que en mi opinión no deberían estar produciéndose.

El que mas irritación me produce es el protagonizado por Pedro Sánchez, porque a mi parecer insulta a la inteligencia y a la autoestima de muchos militantes. Su posición política podría resumirse en tres afirmaciones:

  1. Se postula como el único candidato que garantiza el no a Rajoy. Califica la postura de los que estuvimos a favor de la abstención como de doblegamiento y de falta de autonomía ante el PP.

  2. Se postula como la voz de la militancia en contraposición a su candidata rival, a la que considera “el aparato”.

  3. Se postula como el candidato que representa a la izquierda, en contraposición –se supone– a los que no le apoyamos, que seríamos, por exclusión, la derecha.

En primer lugar, pienso que perjudica notablemente al partido plantear una campaña como un enfrentamiento de una parte del mismo contra la otra. De ser ciertas sus tesis, y una vez ganada la Secretaría General, habría que hacer una inmensa purga en el PSOE para eliminar a los numerosos entreguistas, derechistas y aparatistas que al parecer anidan entre sus filas. Me parece maniqueo y tramposo colgarse todas las etiquetas buenas y arrojar las malas a los demás. Por desgracia, esta estrategia recuerda mucho a la populista del “pueblo” y la “casta”. Puede servir para enardecer a los militantes descontentos con lo vivido el 1 de octubre, pero creo que nos merecemos algo mejor. Si una situación es compleja, señalar a los demás como culpables y colgarse uno todas las medallas tiene solo un nombre: oportunismo.

Pero, en segundo lugar, es que sus afirmaciones son falsas. Para empezar, el no a Rajoy no constituye ningún programa político. Se trató de una decisión coyuntural en un momento concreto, donde ambas opciones (dejar gobernar a Rajoy, o ir a terceras elecciones en un año) eran muy malas. Es tramposo afirmar que decir no era de izquierdas y abstenerse de derechas, entreguista, o prueba de doblegamiento. En mi opinión, la falta de previsión en la Constitución de un mecanismo de desbloqueo automático de la situación que se produjo por dos veces en el Parlamento, solo tenía dos salidas: o votar repetidamente hasta que la suma PP-Cs consiguiera la mayoría absoluta, o posibilitar un gobierno en minoría del PP. Por razones de respeto a los ciudadanos y por no empeorar aún mas la representación del PSOE, el Comité Federal decidió la segunda opción. Se puede discrepar, pero es irrespetuoso llamar derecha al 60% del Comité Federal. Por mi parte, yo discrepo de los que apoyaron el no y me parece que hicieron un análisis incorrecto de la situación. Es más, de haber triunfado su posición estaríamos hoy en peores condiciones. ¿Realmente hubiera sido eso más de izquierdas? Pienso además que la decisión de abstenerse hubiera debido ser tomada en julio y exigiendo contrapartidas, la más importante de las cuales debiera haber sido la cabeza de Rajoy. El PP hubiera tenido dos opciones muy malas para ellos: o negarse, e ir a terceras elecciones, pero en ese caso cargando con la culpa de tener que convocar las mismas, o seguir gobernando, pero sin Rajoy.

Esta opción fue imposible tomarla precisamente por otras dos malas decisiones que tomó Pedro Sánchez, y que fueron aún mas graves que la anterior. La primera, su pésima gestión de la discrepancia interna. A partir del 26-J, crecieron las voces internas que no aprobaban la política del no a toda costa. Ningún Secretario General tiene, ni debe tener, un poder absoluto sobre la organización. Su opinión es muy valiosa, pero ha de estar sujeta a otros contrapoderes, en particular al del Comité Federal. El peor servicio que se puede hacer a un líder es acatar sus decisiones sin discusión. Una vez que fue obvia la discrepancia, debió reunir al Comité Federal en los meses de julio a setiembre y no lo hizo. En lugar de ello, se enrocó en su postura y (segunda decisión errónea) pretendió convocar un Congreso y unas primarias exprés en 20 días para revalidar su liderazgo. Es lo que se llama en política una huida hacia adelante. En mi opinión, quiso torcerle el brazo al Comité Federal. Un líder que adopta estas actitudes a la defensiva, en lugar de debatir y tratar de persuadir a su órgano legislativo y de control, no es adecuado para dirigir un partido tan grande y complejo como el PSOE.

Lo de ser “la voz de la militancia” se cae por su propio peso cuando se constata que la mayoría de los avales han ido a otros candidatos, y no a él ¿No son acaso de militantes esos avales? Compañero Pedro, una vez más, más respeto y menos populismo.

En cuanto a Susana Díaz, en este caso me irrita su ausencia de propuestas políticas. Ni siquiera se ha molestado en elaborar un documento programático. ¿Debemos votarla porque sí? A estas alturas de la democracia, no se puede pretender ganar, ni en el partido, ni en el país, sin posicionarse sobre la docena de problemas que padecemos como españoles y como europeos: la gestión de la globalización, de la inmigración, del cambio climático, el problema territorial español, la pobreza, la corrupción, la educación, la investigación, etc. Tampoco sabemos el modelo de partido que propone, ni cómo pretende conjugar la legitimidad que otorgan las primarias con la de los órganos representativos, ni si extendería la elección directa a las ejecutivas y al resto de miembros de las listas electorales, etc. Sus mensajes son excesivamente simples y superficiales, y nunca descienden a estos “detalles”. Como en el caso anterior, pienso que los militantes nos merecemos más consideración.

Nadie dijo que practicar la democracia fuera fácil. Incluso en la Grecia clásica, las asambleas directas del pueblo tenían sus trampas. Por ejemplo, los que podían pagarlo contrataban a sofistas, expertos en el arte de la dialéctica, para que defendieran sus posturas y contrarrestaran las de sus adversarios. Creo que todos deberíamos aprender a debatir mejor y más democráticamente, desde el respeto y la consideración a los adversarios, sin insultos, sin etiquetas ni descalificaciones, pero sobre todo sin trampas. ¡Ojala el debate del día 15 entre los candidatos transcurra por estos derroteros!

Ricardo Peña Marí

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Y después del choque de trenes, ¿qué?

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Escribo esta entrada en el blog de ASU como un militante más, y animo al resto de compañeros a que escriban también, tanto si coinciden conmigo como si discrepan. A ver si fuera posible en estas primarias tener algún debate profundo y descargado de estereotipos y de eslóganes de fácil consumo.

Mi idea de unas primarias es que deberían ser una oportunidad para que los candidatos presentaran y defendieran sus propuestas, tanto para el partido como para el país, y nos iluminaran sobre cómo recuperar a los votantes perdidos, cómo ilusionarlos de nuevo y cómo desalojar democráticamente a esta derecha dañina y corrupta que nos gobierna desde hace cinco años.

En lugar de eso, estamos asistiendo a un combate de boxeo plagado de descalificaciones, mentiras e insultos, que no hace sino enardecer a las respectivas bases y llenar las redes sociales de auténtica basura. ¿Es este el modelo de debate democrático que queremos? ¿Es así como vamos a ilusionar a los votantes perdidos? El escenario presente se parece mas a una lucha por el poder entre dos potentes egos, que a un debate respetuoso entre compañeros socialistas que desean lo mejor para su partido.

Los casos del diputado Miguel Angel Heredia, por el lado de Susana Díaz, y del alcalde de Calasparra José Vélez, por parte de Pedro Sánchez, serían los mas extremos de este ambiente bélico. Pero no son los únicos, y lo más grave es que no han sido desautorizados tajantemente por sus respectivos candidatos. Cada parte se queja del estilo de la otra, sin reconocer que la suya hace exactamente lo mismo.

En cuanto a las “ideas-fuerza” transmitidas en los mítines, estas son de lo mas decepcionantes. Susana Díaz repite sin descanso que “le gusta ganar” y se pone como contrapunto del candidato Sánchez, al que califica de “perdedor”. ¿No podríamos hilar un poquito más fino, compañera Susana? En el PSOE llevamos perdiendo elecciones desde 2011, y lo hemos hecho con Zapatero, con Rubalcaba y con Sánchez, debido sobre todo a nuestras políticas de 2010 ante la crisis. ¿Por qué simplificar tanto el mensaje cargándole a Sánchez esa ignominiosa etiqueta? Pedro Sánchez, por su parte, acusa a la Gestora y a Susana Díaz de doblegarse ante el PP por facilitar su Gobierno, y se pone él como contrapunto de un PSOE autónomo. Compañero Sánchez, un poco de respeto a los que no piensan como tu. La decisión de abstenerse la tomó el Comité Federal con una mayoría del 60% y seguro que tuvieron importantes razones para hacerlo (las ha explicado con exquisita pluma Javier Fernández), tan importantes y tan respetables como las tuyas.

Si no entendemos esto, es decir que todos somos socialistas y que todos queremos lo mejor para el partido, aunque discrepemos en una estrategia concreta ante una coyuntura concreta, entonces es que no nos importa dividir el partido por la mitad. Ningún socialista es un “vendido”, ni ninguno es un “perdedor”. Si el mensaje que promovemos es que nosotros somos “los buenos” y la otra mitad “los malos”, da igual que se mire desde el lado de Pedro Sánchez o desde el de Susana Díaz, entonces es que ponemos nuestros deseos personales por delante del bien del partido.

Después del choque de trenes, realmente dará igual que gane Sánchez o que gane Díaz. Tendremos garantizada una encarnizada bronca por mucho tiempo, en la que los perdedores tratarán de “lamerse” las heridas sufridas haciéndole la contra al ganador o ganadora. Y por el camino, el PSOE habrá dado otro paso más hacia la irrelevancia y habremos debilitado el único instrumento que tienen los desfavorecidos de este país para cambiar su penosa situación.

Por eso, os pido que no colaboréis con esta catástrofe y os animo a que votéis al único candidato que no está participando de esta guerra fratricida. Patxi López, aparte de concordia y respeto entre socialistas, ofrece un programa muy interesante, genuinamente de izquierda, con ideas-fuerza para abordar el problema territorial, el modelo de partido, la fiscalidad, la educación, el cambio climático y la corrupción, es decir los problemas que interesan a los españoles. Ya se que no despierta el morbo de las otras dos candidaturas, y que en un ambiente tan polarizado, los militantes se enardecen y desean que ganen los suyos, o más bien desean “arrasar” a los otros. Las voces sensatas quedan apagadas en el estruendo de un ambiente así. Pero, como dice el propio Patxi López, el partido no está para bromas. Muy probablemente, no podrá aguantar una división como la que se avecina con Sánchez o con Díaz como Secretario o Secretaria General. No ganará nadie, y perderemos todos. ¡Ojala me equivoque!

Ricardo Peña Marí

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Narcisismo

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En el mito de Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, condena a Narciso a vivir enamorado de su propia belleza, hasta el punto de que este se arroja al agua y se ahoga por perseguir su imagen reflejada en un estanque. El siglo XXI ha traído innumerables narcisos a la política, y eso está poniendo las cosas bastante difíciles a todos los partidos.

Los individuos de la especie humana tenemos necesidad de un cierto grado de aceptación por parte del grupo. Seguramente existe alguna predisposición genética para ello, dado que el éxito de nuestra especie se debe sobre todo a la cooperación. Ningún individuo puede soportar con facilidad ser completamente rechazado por la sociedad. Esa necesidad nos impulsa a veces a cierta exhibición para captar la atención de los demás y procurar agradarles. No otra cosa son ciertas convenciones sociales tales como el modo de vestir, la amabilidad, la elocuencia y el humor en la conversación. Pero la exhibición llevada al extremo de hacernos adictos a nuestra propia imagen se convierte en una patología, que es conocida como narcisismo desde que Sigmund Freud la bautizó así.

Parece que la época actual está sufriendo un aumento del narcisismo, debido sobre todo al consumismo, a la forma en que educamos a nuestros hijos, y a la aparición de las redes sociales. Desde la publicidad se nos anima constantemente a darnos caprichos y a adquirir bienes, particularmente automóviles, que aumenten nuestro prestigio ante los demás. Unos conocidos almacenes emiten en estos días un anuncio paradigmático en este sentido. Dice así: “Quiérete, es hora de pensar en ti”. La educación familiar de las generaciones nacidas en la abundancia ha producido personas bastante egocéntricas, merecedoras en su opinión de todas las atenciones y derechos, pero muy poco preparadas para asumir deberes y responsabilidades. Y sobre todo, muy vulnerables ante cualquier adversidad. Por su parte, la aparición de las redes sociales ha acrecentado la capacidad de exhibirse ante el resto del mundo. Proliferan los selfies, los vídeos donde cada uno cuenta sus proezas, y la publicación de fotografías y de datos personales que antes pertenecían al ámbito privado. Incluso algunas personas cambian la foto de su perfil de Facebook, o de WhatsApp, prácticamente cada día. Todo ello evidencia un mayor grado de narcisismo.

El Narciso se caracteriza por desear estar siempre en el candelero (en el candelabro, que diría alguna), a la vista de todos. Desea que se hable de él en todo momento. Eso si, que se hable bien. No puede soportar la crítica, ni que le contradigan, porque entonces se vuelve agresivo. ¿No reconocen este comportamiento, por ejemplo en Donald Trump, el actual Presidente de Estados Unidos?¿No lo reconocen en Pablo Iglesias, el líder de Podemos? ¿No les parece apreciar cierto narcisismo en algunos de los candidatos, actuales o en potencia, a las primarias del PSOE?

No cabe duda de que el narcisismo y el culto al propio yo pueden hacer mucho daño en política. Los narcisos ponen a su persona por delante de la institución, o de la organización a la que pertenecen. Solo ven la institución como algo al servicio de su ambición, o del culto a su persona, en lugar de verse ellos al servicio de la institución, que es lo que sería razonable esperar.

Reflexionen un momento sobre el Ayuntamiento de Madrid: ¿ha resuelto el problema de la basura acumulada en sus calles? ¿el de la contaminación?, ¿el de los grandes atascos? ¿el de la falta de viviendas para jóvenes? No, después de dos años de gobierno, ni se perciben signos de que vaya camino de resolverlos. Y sin embargo, cada día nos despertamos con alguna ocurrencia de este ayuntamiento: hoy puede ser la de prohibir los animales en el circo, o mañana la de emplear sus recursos y su tiempo en que los ciudadanos voten vaciedades. ¿No es esto servirse de las instituciones para exhibir la propia ideología, mientras los problemas importantes siguen pendientes? Se trata en mi opinión de otra forma de narcisismo.

¿Qué sería lo contrario del narcisismo en política? A mi parecer, lo contrario sería la vocación de servicio a una causa mucho más importante que uno mismo: la de beneficiar a los ciudadanos, al país, o al partido al que se pertenece. Los primeros años del siglo XX produjeron en España muchas personas con esa vocación de servicio. Por ejemplo, las Misiones Pedagógicas de la Segunda República movilizaron a miles de hombres y mujeres, que se repartieron por los pueblos de España con un único fin: alfabetizar un país que salía de una dictadura teniendo más de un 50% de analfabetismo. La Institución Libre de Enseñanza, liderada por Ginés de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y muchos otros, emprendió la noble misión de desligar la enseñanza secundaria del poder de la Iglesia y tratar de extenderla a todas las capas sociales. La Junta de Ampliación de Estudios, impulsada por Ramón y Cajal, su primer presidente, persiguió el objetivo de hacer que España se incorporara al caudal europeo de la investigación científica y de la ciencia.

¿Dónde están hoy esos líderes? ¿Quién plantea hoy esos grandes retos? Podría argumentarse que ya no existen retos tan evidentes, porque esos objetivos ya se han conseguido. Y sin embargo, no es cierto que hoy no existan grandes retos. Precisamente el siglo XXI es abundante en retos no resueltos:

  • Refiriéndonos a España, sigue pendiente el reto de conseguir una sociedad basada en el conocimiento y en la ciencia. Nadie hasta ahora ha apostado con suficiente fuerza por ello.

  • Sin salir de España todavía, tenemos el reto de descarbonizar nuestra producción de energía y de acabar con el expolio eléctrico al que llevamos años sometidos.

  • Tenemos además el siempre mal resuelto reto de nuestra organización territorial.

  • Mas allá de nuestras fronteras, tenemos el reto de construir una Europa integrada y solidaria en lo político y de contribuir desde Europa a una gestión más justa de la globalización.

Sin embargo, demasiados líderes del siglo XXI, en todos los países, se dedican a mirarse su propio ombligo, a cultivar su propio ego, mientras surfean sobre los problemas importantes, con el único fin de mantenerse en el poder (los que ya están en él), o de alcanzarlo (los que aún no lo están). Para una vez alcanzado, invertirse las tornas: surfear sobre los problemas importantes los que ya han llegado a él, y alcanzarlo de nuevo los que han sido desalojados de el.

Necesitamos urgentemente líderes con un poco más de vocación de servicio y un poco menos de culto a su personalidad.

Ricardo Peña Marí

 

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Construir hombres de paja

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La expresión inglesa to build a straw man (construir un hombre de paja, o también un espantapájaros) se emplea cuando alguien deforma la posición de un oponente hasta la caricatura para poder luego derribar su argumento fácilmente. A la vez, por contradicción con la caricatura, la propia posición queda mejorada.

Tenemos abundantes ejemplos de este argumento falaz en el discurso de los partidos populistas. Es el caso de Podemos cuando califica de “casta” a todos los demás y ellos se colocan en la posición de “gente”, claramente más favorable. O cuando los británicos partidarios del Brexit acusan a la libre circulación de personas exigida por los tratados de la Unión Europea de todos los males que aquejan a los trabajadores del Reino Unido.

Es más fácil derribar un espantapájaros inventado que rebatir al oponente con argumentos. La democracia es similar a un curso universitario con muchas asignaturas, y votar es tan solo una de ellas. Otra, que por cierto los partidos independentistas catalanes se empeñan en suspender, es que no cualquier cosa se puede votar, sino tan solo aquello que entra en tu ámbito de competencia y no viola disposiciones de mayor rango, entre ellas la Carta Universal de los Derechos Humanos. Así como un municipio no puede votar por ejemplo romper las relaciones con Marruecos, los catalanes no pueden votar que Cataluña se independice de España. No es de su competencia. El derecho a decidir esta cuestión es competencia de todos los españoles. Una tercera asignatura de la democracia es debatir con honestidad y con argumentos, no con falsos fantasmas. Lamentablemente los debates en España, tanto en los medios como en el propio Parlamento, son de muy baja calidad y casi siempre las cuestiones de fondo quedan escondidas bajo densas cortinas de humo y abundantes espantapájaros.

Un ejemplo de ello fue el no-debate dentro del PSOE sobre su posible abstención ante la investidura de Rajoy. Los partidarios de la misma se escondían bajo la cortina de “no es posible gobernar con 85 diputados” y los partidarios del bloqueo que hubiera desencadenado unas terceras elecciones se escondían bajo la fórmula “queremos un gobierno de progreso que sea alternativa a la derecha”. Tuvo que ocurrir el cataclismo del Comité Federal del 1 de octubre para que finalmente se abordara el verdadero debate, debate que hasta ese momento todos habían esquivado cuidadosamente.

Al parecer el escarmiento no ha sido suficiente, porque se vuelve a empezar con los falsos debates. El ex-Secretario General Pedro Sánchez ha dado el paso de proponerse como candidato a las primarias –-a lo que tiene perfecto derecho—, y sus primeras palabras han sido para construir un nuevo hombre de paja: según él, los que eran partidarios de la abstención son la “derecha” del PSOE y nada menos que subalternos del PP. A la vez, son la “casta”. Para él se reserva la etiqueta de “izquierda”, la de defender un partido autónomo del PP, y el representar la voz de la militancia.

Es en mi opinión un mal comienzo. Otra asignatura de la democracia, y ya son cuatro, es admitir que la verdad no está toda de una parte, la propia, y admitir que hay al menos algo de verdad en el oponente. También incluye presuponer al oponente la misma buena voluntad y honestidad que uno se atribuye a sí mismo. Yo pienso que Pedro Sánchez se equivocó al enrocarse en el “no es no” y al abocarnos, de haber seguido su criterio, a unas terceras elecciones. Pero no le atribuyo ninguna mala fe. Sería deseable que él y sus partidarios tuvieran el mismo respeto por las posiciones que no comparten. Los que proponían la abstención lo hacían con la misma convicción de que esa era la opción menos mala para el país que los que proponían lo contrario. Estas etiquetas que deforman la verdad, estos hombres de paja en definitiva, excitan las pasiones de algunos militantes y dan lugar a lamentables espectáculos como los que se han producido recientemente en algunas agrupaciones del PSOE. También a respuestas desabridas por parte de algunos de sus dirigentes.

Lo que necesita el PSOE en estos momentos son verdaderos debates sobre las cuestiones de fondo, que no son la supuesta división entre dirigentes y militantes, ni la no menos supuesta división entre izquierda y derecha. Las verdaderas cuestiones a debatir son la pérdida de peso de la socialdemocracia en Europa (que es como decir en todo el mundo), la falta de alternativa ante los problemas de la globalización, la creciente desigualdad, el resurgimiento de los populismos, la desafección de la juventud con las instituciones, cómo hacer que los beneficios de la robotización alcancen a todos, la gestión racional de las migraciones, y tantos otros que es necesario abordar y también acertar con las alternativas.

Por eso, si Pedro Sánchez, Patxi López, o cualquier otro candidato o candidata que surjan de aquí a mayo, quieren hacer un servicio a su partido y a su país, deberían centrarse en estos problemas y en comunicar cuáles son sus propuestas para abordarlos. A la vez, deberían mantener un exquisito respeto a las opiniones de sus contrincantes, a los que han de suponer la misma buena voluntad que a sí mismos. Lo último que los militantes y los potenciales votantes desean ver en estos meses es una pelea de gallos, de falsas etiquetas atribuidas al otro, y de descalificaciones mutuas. Ahórrennos por favor por esta vez los falsos debates y los hombres de paja.

Ricardo Peña Marí

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Se pueden conseguir mejoras desde la oposición

Conviene de vez en cuando abandonar los caminos trillados y dejarse cautivar por las buenas noticias, cuando estas aparecen. No podemos estar todo el día lamentándonos de la crisis de la socialdemocracia, de la falta de liderazgo en el PSOE, o del devenir de sus luchas internas, y que eso nos impida ver los aciertos de ese partido, cuando los tiene. En este mes de trabajo parlamentario, los diputados del PSOE nos están dando una lección de cómo es posible mejorar la vida de los ciudadanos desde la oposición.

Primero fue su proposición de Ley para frenar la la LOMCE, en la que buscó y consiguió el apoyo de Ciudadanos y Podemos. El resultado fue el aislamiento del PP en este tema y el que, de hecho, la LOMCE esté paralizada en sus efectos mas perniciosos, a la espera de que se pacte una ley educativa que la sustituya.

Después fue el pacto con el propio PP para mejorar la Ley de 2004 contra la Violencia de Género. En dicho pacto se prevé la mejora de las dotaciones presupuestarias, y el reforzamiento de las medidas de prevención, de coordinación y de asistencia a las víctimas.

En estos días, y como consecuencia de la necesidad del PP de presentar en Bruselas el compromiso del techo de gasto del Estado, el grupo parlamentario del PSOE ha conseguido negociar a cambio de su apoyo, un conjunto de medidas que van en la línea de impedir y de revertir los recortes de los cinco años precedentes. La más beneficiosas para los ciudadanos han sido la subida del 8% del salario mínimo a partir del 1 de enero de 2017, que se pondrá en 707 euros, y el aumento del 0,5% al 0,6% del PIB, del déficit permitido a las CC.AA. Esa décima adicional supondrá 1.000 millones más a disposición de las comunidades para mejorar los servicios de educación y sanidad que prestan a los ciudadanos. Adicionalmente, y con el fin de recaudar 4.600 millones más, se eliminan beneficios fiscales en el impuesto de sociedades de las grandes empresas. Era un escándalo a voces el que dichas empresas hayan tributado menos del 7% durante los años de crisis, cuando el tipo nominal del impuesto es del 30%. Con este acuerdo, se empieza a poner remedio a esta flagrante inequidad en el reparto de la carga contributiva.

Finalmente, con el apoyo de Podemos y los grupos nacionalistas, consiguió aprobar una moción parlamentaria para sustituir la llamada Ley Mordaza de la legislatura pasada. Aunque la moción no era obligatoria para el Gobierno, sirvió para poner de manifiesto su minoría en este asunto. A continuación, ha presentado una propuesta de Ley completa, con la intención de que sustituya completamente a aquella contestada ley. En ella se dejan sin efecto sus artículos mas perniciosos, artículos que por otra parte recurrió en su día al Tribunal Constitucional. Por ejemplo, la posibilidad de multar a manifestantes con entre 30.000 y 600.000 euros, la prohibición de grabar a las fuerzas policiales, o el permitir las devoluciones en caliente de emigrantes en las vallas de Ceuta y Melilla.

Esta intensa actividad de los diputados socialistas, y los provechosos resultados obtenidos en tan corto espacio de tiempo, desmontan algunas de las profecías que los agoreros habían anunciado tras la investidura de Rajoy y merecen algunas reflexiones:

En primer lugar, que no era cierto que dejar gobernar al PP incapacitara para siempre al PSOE para ejercer una labor de oposición, ni que la primogenitura de la misma la tendría Podemos. Tal como se ha visto, es posible favorecer la gobernabilidad, aun dejando que gobierne el adversario, y a la vez marcar distancias con él. Incluso es posible arrancarle medidas que no estaban en sus intenciones. Los votos del PSOE son decisivos, tanto para sumarlos a los del PP, como ha sucedido en la negociación del techo de gasto, como para sumarlos al resto de la oposición para imponer al PP medidas contrarias a su criterio. La situación la resume con acierto el diputado Rafael Simancas cuando dice que “vamos a sacar el máximo rendimiento a nuestra fuerza parlamentaria”.

En segundo lugar, se aprecia la incompetencia de Podemos en lo relativo al trabajo parlamentario. Cuando se han acabado los juegos de artificio y las campañas de discursos virulentos, lo que queda es un grupo parlamentario incapaz de articular propuestas y de conseguir apoyos para las mismas. Los que somos de Madrid, hemos apreciado el mismo fenómeno en la Asamblea Regional: por cada 10 propuestas del PSOE, el grupo de Podemos apenas presenta una. Una vez mas, es preciso insistir en que la utilidad de la izquierda no se mide por lo radical de sus discursos, sino por las medidas que consigue para mejorar la vida de las personas.

Lo que me conduce a la tercera reflexión: se equivocaban los que aconsejaban ir a terceras elecciones. El PSOE estaría en mucha peor situación tras ellas. Pero sobre todo, sus votos no serían decisivos, como lo son hoy, para arrancar mejoras como las que ha conseguido en este último mes. El propio portavoz, Antonio Hernando, ya ha reconocido este error en público. Y se ha equivocado de nuevo el ex-Secretario General cuando ha aconsejado no pactar con el PP el techo de gasto.

El PSOE necesita recuperar apoyo ciudadano y no es con posturas testimoniales como lo va a conseguir. Cuando los votantes vean que los socialistas son útiles para atender sus problemas y para mejorar sus vidas, y que otros que se declaran “gente” y llaman “casta” al resto no lo son tanto, tal vez vuelvan a confiar en él, como lo hicieron en los años 80 del siglo pasado.

Ricardo Peña Marí

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Un proyecto regenerador para España y para Europa

estrellademar

Muy a nuestro pesar, de nuevo vamos a elecciones y es importante acertar con el discurso que deberíamos hacer en estos dos meses. Haríamos mal en emplear la mayor parte de nuestras energías en criticar al PP y a Podemos, por muy culpables que hayan sido de conducirnos a esta situación. Lo último que desean los ciudadanos son dos meses de “y tu mas”. Cada cual ha tenido ojos para ver y ha hecho su propio diagnóstico de lo que ha pasado. Debemos reconocer que colectivamente todos los partidos hemos faltado a nuestra responsabilidad de formar un gobierno. A la frustración y malestar que esto ha producido, no podemos añadir el espectáculo, ya demasiado prolongado tras año y medio de elecciones continuadas, de que los partidos nos tiremos los trastos a la cabeza.

Lo que ahora esperan de nosotros es que ofrezcamos un análisis lúcido de la situación del país y unas propuestas creíbles que den alguna esperanza de que los problemas se pueden resolver. Además, los partidos deberían dejar claro desde el principio cuál va a ser su política de alianzas, es decir con qué fuerzas están dispuestos a pactar y con cuáles no. Con respecto al análisis, lo primero que se necesita es un diagnóstico certero del estado en que se encuentra nuestro país y de que es lo que necesita con mas urgencia. Tras seis años de crisis y de austeridad impuesta desde Europa, acentuada por las políticas ultraconservadoras del PP, la situación no puede ser mas lamentable: 21% de paro, que supera el 50% en los jóvenes, un millón y medio de hogares sin ningún ingreso, una inmensa bolsa de parados de mas de 50 años, grandes recortes en los sistemas educativo y sanitario públicos, un sistema de pensiones públicas en riesgo de quiebra, centenares de miles de familias desahuciadas de sus viviendas, índices de desigualdad disparados, pobreza infantil, pobreza energética, etc. Es decir, un retroceso de mas de 20 años en nuestro bienestar colectivo. Retroceso que no ha afectado a todos por igual: al lado de lo anterior, ha aumentado el número de ricos, los salarios de los altos ejecutivos de empresas y bancos se han disparado. Todos los días observamos cómo evaden sus impuestos los mas pudientes, y contemplamos con estupor los enriquecimientos ilícitos de los interminables casos de corrupción, que han dejado de ser “casos” para convertirse en tramas criminales organizadas para delinquir, a veces desde las propias instituciones.

Lo que se necesita para revertir este estado de cosas es un esfuerzo titánico y una gran determinación política. Citando a José Félix Tezanos (TEMAS 258, mayo 2016), necesitamos algo similar a lo que fue el Plan Marshall en la Europa de posguerra: reactivar las inversiones económicas; diseñar un plan de empleo de emergencia para jóvenes y parados de larga duración; poner fin a los desahucios mediante leyes de rescate y de segunda oportunidad; reinvertir en los sistemas educativo y sanitario públicos; asegurar la supervivencia del sistema público de pensiones mediante la reedición del Pacto de Toledo; regenerar el tejido económico, apostando por la innovación; aumentar drásticamente la inversión en ciencia y en I+D; apostar por una transición energética hacia un sistema basado mayoritariamente en energías renovables; reformar la Constitución para encajar el problema territorial; acabar con las tramas corruptas instaladas en muchas corporaciones locales y autonomías; llevar a cabo una reforma fiscal profunda que grave no solo la renta sino también la riqueza y que establezca un mínimo para el impuesto de sociedades; aumentar drásticamente el número de inspectores fiscales para combatir eficazmente el fraude; y muchas otras medidas de similar calado.

Todo ello requiere buenas leyes y sobre todo mucha tenacidad y voluntad política para aplicarlas. Para este inmenso esfuerzo regenerador hay que convocar a la mayoría de la sociedad y a todas las fuerzas políticas que crean en la urgencia de esa tarea. Eso excluye directamente al PP, responsable no solo de muchas políticas contrarias a las enumeradas, sino consentidor de la gran corrupción y protagonista de la gran mayoría de las tramas descubiertas hasta ahora.

Es incorrecto un análisis que concluya que la izquierda es suficiente para esta tarea. Primero por la magnitud de la misma. Después, porque hay que tocar aspectos como el territorial, el educativo, el tejido empresarial, las pensiones, la Constitución, etc. que requieren grandes consensos. Finalmente, porque la izquierda no ha sumado ni parece que vaya a sumar. El proyecto requiere un esfuerzo transversal, no la división del país en los dos bloques antagónicos de izquierda contra derecha. El PSOE es la única fuerza que puede encabezar un proyecto así y aglutinar en su torno a partidos de ambos lados del espectro.

El PP no puede, en primer lugar porque no cree en ello. El PP no quiere ver la desigualdad porque no la padece. No cree que sea un problema. Tampoco que lo sea la corrupción. Parece aceptar que las cosas son así, que siempre lo fueron y que siempre lo serán. Además, le resulta incómodo tener que enderezar a los que la practican, en la inmensa mayoría pertenecientes a sus filas. No puede regenerar la vida política porque primero tendría que llevar a cabo su propia regeneración.

A Podemos no le interesa demasiado el proyecto. Ellos han nacido y crecido precisamente gracias al actual mal estado de cosas. Y lo han explotado a fondo con el discurso de la casta. Las cosas están mal, dicen, pero la culpa es de los otros. Y cuando ha llegado el momento de poder remediarlo, han optado por sus propios intereses como partido. Han preferido ir a elecciones antes que ver al PSOE, su enemigo principal, en el gobierno. Es cierto que muchos de sus votantes y militantes creen que ellos podrían regenerar la sociedad. Pero sus dirigentes tienen al parecer otros planes. Tampoco ayuda a un proyecto de España su extraña complacencia con los independentistas. Extraña, por tratarse de una fuerza supuestamente de izquierdas, que no tiene nada que ganar con el nacionalismo, que siempre ha sido promovido por las burguesías. Su concepción de que cada territorio decida libremente si quiere pertenecer a España o no es de un gran infantilismo histórico. O una concesión mas al populismo. Nunca la izquierda ha defendido los fraccionamientos en base a identidades localistas. Los derechos los da el Estado, no el terruño. Y en este momento histórico, ni siquiera los garantiza completamente el Estado, sino unidades mas amplias como la Unión Europea.

Ciudadanos ha sostenido con fuerza un discurso regenerador en lo político. Hay que reconocerles que han condicionado a los gobiernos que apoyan a no consentir la corrupción. Han demostrado también sentido de Estado al acordar el pacto de 200 medidas regeneradoras con el PSOE. Pero también es cierto que en temas económicos son bastante mas tibios que el PSOE, lo que es lógico tratándose de un partido de corte liberal. No han llegado muy lejos en el terreno de una reforma fiscal, ni de la legislación laboral, ni en subir salario mínimo. Son compañeros necesarios para el proyecto, pero no los mejores para encabezarlo.

Pero los ciudadanos esperan de nosotros una alternativa creíble, no solo un conjunto de buenos deseos. Debemos esforzarnos por ofrecer un programa económico distinto al de la derecha, pero también viable. Y eso incluye necesariamente referirse a Europa. Debemos ofrecer un programa socialdemócrata también para Europa, donde actualmente la socialdemocracia se ha encogido ante el envite de los poderes financieros. Deberíamos aclarar cuál es nuestra concepción para una salida progresista de la crisis en el conjunto de Europa. Debemos criticar los recortes que partidos socialistas como el francés están ejecutando. Si no lo hacemos, no seremos creíbles.

Los socialistas tenemos la posibilidad de ofrecer un proyecto a la vez viable y mejor que el que pueden ofrecer otros. Por eso, mas que mirar encogidos a izquierda y a derecha y temer al supuesto sorpasso, tenemos que confiar en lo que proponemos. Los proyectos del PP son mas de lo mismo, los de Ciudadanos son mas tibios que los nuestros y los de Podemos son en buena parte inviables y además sus líderes tienen poca intención de llevarlos a la práctica.

Nuestra estrategia de pacto está clara desde el principio: sumar a las fuerzas que estén de acuerdo con un proyecto regenerador para España, al cual nosotros contribuiríamos con nuestras propuestas. El PP queda excluido por su propia incapacidad para apoyar algo así, no por ningún fundamentalismo a priori. Con un PP con otros dirigentes no tan quemados por la corrupción, con menos inmovilismo, y dispuestos a modificar las políticas de estos cuatro años, seguramente se podría hablar. Los aliados naturales actuales son obviamente Ciudadanos y Podemos. Dada la actitud pasada de Podemos, lo deseable es que fueran castigados en las urnas y nosotros premiados. Eso aumentaría las posibilidades de un pacto. Si de nuevo no fuera posible el mismo, las perspectivas que se abren no serían muy halagüeñas para el país: o ir a unas terceras elecciones, o dejar gobernar a la derecha desde la oposición.

Para ganar voluntades para este proyecto, además hay que mantener la unidad y hay que movilizar todas las energías. Demasiados militantes y lamentablemente también demasiados dirigentes no hicieron todo lo que estaba en su mano en la campaña del 20-D. Ahora tenemos la ocasión de remediarlo.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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