Archivo mensual: octubre 2015

¿Existe un sentimiento nacional español?

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El día anterior a las elecciones catalanas del 27-S compartí una barbacoa en el campo con un grupo numeroso de amigos y conocidos. A los postres les hice una pregunta, para mí natural, pues les suponía, como yo, inquietos por el resultado: “¿vais a seguir el recuento de votos mañana?” Las respuestas fueron variopintas, pero todas ellas tenían un punto en común: el total desinterés por dichas elecciones. Ahorrándome exabruptos y palabras malsonantes, unas pocas respuestas podrían resumirse en la frase “que se vayan de una vez y nos dejen en paz”. Otras, eran del estilo: “para elecciones estoy yo, que me han despedido hace un mes”. Unas terceras afirmaban que eso era cosa de los políticos y que a ellos les preocupaba su familia, su trabajo y, como mucho, la liga de fútbol profesional. Incluso una cuarta afirmaba que los seres humanos eran todos unos hijos de su madre desde que nacen y que los únicos seres benévolos y que merecían la pena eran los perros (¿?).

Una vez repuesto de la perplejidad, recordé que a lo largo de los muchos meses que el asunto catalán ocupó los periódicos, a la mayor parte de mis conocidos realmente les preocupó bastante poco el tema, bien porque confiaban que al final todo se arreglaría, bien porque en el peor de los casos, el que Cataluña se independizara no les parecía tan grave. Tengo la impresión de que este estado de ánimo es bastante general y de que tan solo las minorías que militan en los partidos políticos y los periodistas han vivido con interés y preocupación la deriva soberanista catalana.

Ello me lleva a la siguiente conjetura, que trataré de justificar en los párrafos siguientes: el sentimiento nacional español es muy débil. No se si eso es bueno o es malo, pero desde luego hay un agudo contraste entre este sentimiento español y la ilusión que ha despertado en millones de catalanes la posibilidad de que Cataluña se independice de España. Durante meses han salido a las calles y han acudido a los mítines, han organizado un sucedáneo de consulta con una inmensa participación a pesar de las prohibiciones, y finalmente han votado masivamente a las candidaturas pro-independencia. Ese arraigado sentimiento nacional también lo hemos visto en el País Vasco cuando el plan Ibarretxe, y aunque más débilmente, también es visible en amplios sectores de la sociedad gallega. En los tres casos, exhiben con orgullo su bandera como el símbolo que les une en ese sentimiento nacional. En las últimas décadas, también en Andalucía se ha desarrollado un sentimiento de orgullo, que antes de la democracia no existía, por el simple hecho de pertenecer a esa comunidad.

Si lo comparamos con el nacionalismo español, efectivamente nos une una lengua común, pero solo en lo tocante a la bandera ya tenemos graves dificultades. La apropiación indebida y el abuso que hizo de este símbolo el franquismo, y el no menor abuso que ha hecho la derecha después, han tenido como consecuencia el que todavía no sea el símbolo de todos los españoles. Salir con la bandera española en una manifestación, incluso en lugares como Madrid, conlleva el riesgo de ser tachado de facha. En el PSOE hemos hecho algunos esfuerzos para normalizar su uso como símbolo de todos, pero de momento no son suficientes. Basta con ver la polémica que genera, tanto que usemos la bandera en nuestros mítines, como que no la usemos.

En cambio, en países como Estados Unidos, Reino Unido, o Francia, salir a la calle con la enseña nacional es motivo de orgullo y se interpreta como amor a la patria común. Se venden con profusión camisetas y vestidos, e incluso ropa interior, con los colores de la bandera del país, y a nadie le parece extraño. Hemos presenciado en numerosas ocasiones, por ejemplo en las celebraciones del 4 de julio norteamericano que conmemora su declaración de independencia de 1776, manifestaciones públicas y masivas del orgullo de ser americano, como hemos presenciado manifestaciones similares del orgullo de ser inglés o de ser francés. Pero, ¿existe el orgullo de ser español?

Los españoles acostumbramos a ser muy críticos con nosotros mismos y manifestamos una patológica tendencia a la autoflagelación. Cuando hacemos algo indebido, es frecuente escuchar la exclamación, “¡españoles teníamos que ser!”, entendiendo que el hecho en cuestión corrobora nuestra predestinación fatal a la chapuza o el engaño. En cambio, cuando un hecho similar sucede en otro país, como por ejemplo el reciente escándalo de la Volkswagen alemana, lo entendemos como algo ocasional, que no refleja las esencias de dicho país. Por contraposición, nuestras virtudes como país apenas son objeto de comentario, ni mucho menos motivo de orgullo. Por ejemplo, cualquiera que haya viajado un poco se habrá percatado de que el carácter hospitalario, y la amabilidad con el visitante que manifestamos los españoles, distan de ser moneda común en otros países. Tampoco lo son nuestra generosidad a la hora de socorrer desgracias ajenas, o a la de donar órganos para trasplantes. O nuestra sólida estructura familiar, que ha permitido que muchas personas no hayan sucumbido en esta crisis. O nuestra actitud saludable y tolerante hacia la moral privada y el sexo, a mucha distancia del puritanismo anglosajón. Evidentemente, los españoles tenemos defectos como sociedad, pero no somos despreciables ni mucho menos.

Mi conjetura es que esa falta de orgullo patrio tiene mucho que ver con nuestra desgraciada historia. Dicho de otro modo, nuestra historia nos pesa demasiado. España accedió a la categoría de gran potencia muy temprano. Pero, desde el siglo XVII hasta aquí, no ha hecho más que declinar. En los siglos XVII y XVIII nos vimos envueltos en innumerables guerras con otras potencias emergentes como Francia e Inglaterra, o contra el propio imperio austriaco, que no aceptó de buen grado nuestro cambio a la dinastía borbónica. Guerras que nos desangraron y empobrecieron. La Ilustración apenas nos rozó. Mientras en Europa se desarrollaban con mucha pujanza las ideas liberales y el estado burgués, aquí su defensa nos supuso tres guerras civiles en el siglo XIX y otra más en el XX. La combinación de los reyes absolutistas borbones y del poder omnímodo de la Iglesia Católica y su Inquisición, vigente hasta 1834, fueron para las ideas liberales una barrera infranqueable. Entre 1812 y 1977, nuestros periodos democráticos sumaron apenas 10 años. El resto fueron reinados absolutos, dictaduras o guerras civiles. Perdimos todos los trenes de la modernidad y del desarrollo económico y emergimos en 1978 al grupo de los países homologables a Europa como una potencia de segundo orden.

Realmente no hay muchos motivos para sentirse orgullosos de las élites que nos han gobernado en los últimos cuatro siglos. La desconfianza de los españoles hacia sus políticos tiene en mi opinión raíces muy profundas en nuestra historia. El sentimiento de orgullo nacional y de las esencias patrias que nos ofrece la derecha, se incardinan en las ideas antiliberales del XIX y el XX: la indisoluble unidad nacional, la exaltación de los Reyes Católicos, la añoranza del Siglo de Oro y el catolicismo por decreto. Obviamente, la gran mayoría de los españoles no nos reconocemos en ese españolismo rancio y casposo.

Nuestro orgullo, si es que alguna vez lo alcanzamos juntos, debería venir del hecho de que España se convirtiera de una vez en un país moderno y competitivo en lo científico y en lo económico, laico institucionalmente, tolerante en lo religioso, donde no anide la corrupción y el amiguismo en la política ni en el ámbito empresarial, y en el que aceptemos la pluralidad y la singularidad de las comunidades nacionales que conviven en nuestro seno. Los sentimientos nacionales de las naciones-no-estado periféricas y de la nación-estado española no tienen por qué ser incompatibles. Albert Rivera habla del patriotismo constitucional para referirse al sentimiento patriótico hacia el Estado que garantiza nuestros derechos y nuestra igualdad como ciudadanos. A lo mejor no anda muy desencaminado.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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