Archivo mensual: agosto 2014

Un mito para España

vikingos

Las vacaciones de verano me han proporcionado la oportunidad de completar la lectura de Las historias de España (José Álvarez Junco, Crítica-Marcial Pons, 2013), lectura que desde aquí recomiendo sin reservas. No es un libro de historia al uso, pero recorre toda la Historia de España a la luz de las publicaciones que sobre nuestra historia han aparecido a lo largo de los siglos.

Me ha resultado muy esclarecedor comprobar que la visión que los españoles han tenido sobre sí mismos ha sido muy diferente de unos momentos a otros de su historia. Por ejemplo, la época de Felipe II ha sido glosada tanto como la más gloriosa de nuestro país, como la más nefasta. O nuestro catolicismo excluyente de otros credos ha sido ensalzado por unos como nuestra verdadera esencia, y denostado por otros como una de las causas de nuestro atraso. No me ha sorprendido en cambio el uso instrumental que de la historia han hecho los políticos de todos los tiempos para apoyar su particular visión ideológica.

Pero lo que más ha llamado mi atención han sido los mitos que han unido o desunido a los españoles en distintos momentos. Por ejemplo, el mito de la Reconquista (con mayúsculas) ideado por Modesto Lafuente en el siglo XIX para explicar los ocho siglos de lucha contra los musulmanes, y que ha llegado hasta nuestros días como si se hubiera tratado de una empresa planificada de antemano. O los mitos nacionalistas aparecidos en Cataluña y País Vasco a mediados del XIX en un momento de gran desarrollo económico de esas regiones, a la vez que en el gobierno de España estaba instaurado un absolutismo anticuado. Mitos que expresaban la contradicción entre el deseo de progreso de unos, por un lado, y el freno que suponía el poder central, por otro. Algo no muy diferente de lo que está pasando ahora.

La tragedia del XIX y de gran parte del XX es que los españoles nos dividimos en torno a dos mitos irreconciliables, cada uno de ellos con pretensión de ser impuesto a los que no lo compartían. Por un lado el mito nacional-católico, que estimaba que España había alcanzado su máximo esplendor cuando tuvo una monarquía absoluta, una religión única, y la vocación de extenderla a sangre y fuego en Europa y en América. En consecuencia, y según este mito, para volver a ser grandes y respetados, habíamos de volver a ese pasado. Por otro, el mito liberal-progresista, que estimaba justamente lo contrario, que esa concepción nos había empobrecido y alejado del progreso europeo, y que la solución para España estaba justamente en adoptar formas más democráticas de gobierno y en apostar más por la educación, la ciencia y el desarrollo material.

De un modo u otro, las guerras carlistas, la primera república, la Restauración, la Semana Trágica, la subsiguiente dictadura de Primo de Rivera, la segunda república, el levantamiento franquista, y la guerra y dictadura fascista que siguieron al mismo, no serían sino expresiones de la lucha entre esas dos concepciones de España, de la lucha entre esos dos mitos, saldadas las más de las veces con el triunfo del primero de ellos.

La Transición supuestamente reconcilió las dos visiones, aunque treinta años más tarde no es difícil reconocer importantes vestigios del mito nacional-católico en los planteamientos del PP, y del liberal-progresista en los del PSOE. Muchas de nuestras batallas siguen siendo las mismas que las de los dos últimos siglos, aunque afortunadamente por medios bien distintos. Me he preguntado si, a estas alturas de la historia –integrados de lleno en la Unión Europea, en un mundo global que nos afecta sin remedio para bien y para mal (recordemos los famosos mercados que nos financian, sin los que no podríamos dar un paso), no habría un mito que pudiera unir a los españoles en un propósito común e ilusionante. Un mito que nos sacara de nuestras pequeñas batallas y nos pusiera a todos caminando en la misma dirección, en lugar de emplear nuestras energías en tirarnos los trastos a la cabeza cada día.

Y me han venido a la cabeza dos palabras: modernidad y civilidad. Modernidad expresa para mi el deseo de parecernos a las naciones más avanzadas; de apostar de una vez por todas, y no de boquilla, por el conocimiento, la innovación y la creatividad en el mundo material; de darle la vuelta al nefasto “que inventen ellos” de Unamuno; de demostrar que los españoles, cuando nos ponen en el entorno apropiado, también somos capaces de crear conocimiento y de aplicarlo productivamente. Ese ha sido el éxito de nuestros vecinos. La alternativa, por otra parte, sería quedarnos como un país exclusivamente de turismo y de buena gastronomía, para disfrute de los visitantes, que serían más ricos que nosotros.

El mito de la civilidad es más difícil de explicar. Tiene que ver con la ética, la honradez, el gusto por el trabajo bien hecho, y el respeto a las leyes. En estos momentos en los que todos nos indignamos por la corrupción política, nos resulta difícil ver que su origen está en nuestra tolerancia como pueblo y en nuestra convivencia a lo largo de siglos con la picaresca. La corrupción no es más que la picaresca en gran escala, pero la esencia de ambas es la misma: la debilidad de nuestros principios éticos y el deseo de medrar a costa de nuestros semejantes. Por ejemplo, a muchos les parecería adecuado saltarse una lista de espera, si un amigo médico les “colase”; o colocar a un amigo en la empresa, o en el hospital, si tuviéramos capacidad para ello; o eludir declarar a Hacienda un ingreso si creemos poder quedar impunes. Todavía hay quien defiende el derecho a circular por carretera a la velocidad que a cada uno le parezca oportuna. Y sin embargo, estos comportamientos violan el derecho de otros, nos alejan de la civilidad, y nos impiden progresar como pueblo. Porque la picaresca extendida a todos los niveles hace que los principios de competencia y de mérito desaparezcan, ya que reporta mayores beneficios tener buenos amigos, o saltarse las leyes, que hacer nuestro trabajo de forma competente.

Nadie que busque honradamente el progreso de su país puede estar en desacuerdo con estos dos mitos. Una derecha moderna, y no el capitalismo de amiguetes tan extendido aquí, estaría de acuerdo en que es mejor para los empresarios, y para la economía, competir que sobornar a los políticos. Sobornar beneficia a unos pocos a costa del resto. También, en que es mejor tener un nivel educativo alto que comprar patentes fuera. Finalmente, respetar las leyes es sin duda un principio asumible por la derecha.

Por tanto, modernidad y civilidad podrían quizás unirnos en un propósito común. Podríamos idear un término sonoro para asociar ambos mitos: por ejemplo, el mito nórdico. Los países nórdicos son los que mejor combinan las dos virtudes mencionadas. Propongo entonces que los españoles nos unamos en torno al mito nórdico, que aspiremos a ser un país moderno y civilizado que se sitúe entre los mejores de Europa. Seríamos “los vikingos del Sur”, de igual modo que los daneses se hacen llamar “los latinos del Norte”. Pero, eso sí, un mito nórdico con nuestro clima, nuestras tapas, nuestro buen humor, y nuestra capacidad para divertirnos, que una cosa es ser educados y productivos y otra aburridos.

 

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

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