Archivo mensual: abril 2013

“Que le den a la troika”

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Ese es el nombre del movimiento civil que ha movilizado recientemente a millones de portugueses contra la visita de los inspectores de “la troika” (el FMI, el BCE y la Comisión de la UE), que venían a comprobar si se estaban cumpliendo las condiciones del “rescate”. Lo más preocupante es que los manifestantes protestaban contra los draconianos ajustes exigidos, entonando el Grândola Vila Morena, un himno sagrado para los portugueses, que simboliza su lucha contra la dictadura salazarista y la “revolución de los claveles” que acabó con ella. Es decir, es la izquierda sociológica -que no la encarnada por los partidos- la que se rebela contra la política europea.

 

 

Portugal ha congelado su gasto público, la pobreza ha alcanzado a un 25% de la población, tiene un 18% de paro, el salario medio está en torno a 850 Euros, y su PIB descendió un 3,8% en 2012. Aun así, un portugués ha de pagar 20 Euros para acudir a una consulta de urgencias. A otros países “rescatados” (Grecia, Chipre, Irlanda) no les va mejor, y países como España e Italia, en la frontera del rescate, continuamos en recesión y sin perspectivas de mejora. El conjunto de la eurozona decrecerá un 0,3% en 2013, frente a un crecimiento cercano al 2% de estados Unidos, el país origen de la crisis. ¿Qué más necesitan los dirigentes europeos para reconocer lo equivocado de su política?

 

 

Las recientes declaraciones de dicha troika sobre España son paradigmáticas: Según Olli Rehn, Comisario Económico y Vicepesidente de la Comisión, “España presenta graves desequilibrios”. Se refiere a nuestra alta tasa de paro, a los elevados intereses que pagamos por nuestra deuda y al alto nivel de ésta. Es como si los mismos que te están ahorcando te reconvinieran diciendo que cuides tu salud porque se te está poniendo mala cara. Dicho lo cual, añade sin complejos que debemos dar una vuelta más de tuerca, subiendo impuestos (más), recortando las pensiones (más) y abaratando (más aún) el despido improcedente. Él, que es un hombre educado, le llama “reformas estructurales”.

 

 

A Europa la crisis le ha cogido a mitad de camino: ni cada país es autónomo para realizar las políticas clásicas de devaluación de su moneda e inyección de liquidez por parte del Estado, ni las instituciones europeas están lo suficientemente unificadas para hacer esas políticas a nivel regional. En cambio, países como Estados Unidos, Reino Unido y Japón, pueden hacerlas y las hacen, porque son soberanos sobre su moneda. En esas condiciones, sin nadie que nos defienda, los mercados financieros nos imponen a los países periféricos, los eslabones más débiles, las condiciones que quieren.

 

 

Europa, no solo no crece, sino que se fractura. Dentro de ella se ha abierto una brecha cada vez más difícil de cerrar entre países deudores y acreedores. En ausencia de una estructura política fuerte y unificada, han resurgido con fuerza los nacionalismos: los países del norte miran con recelo a los del sur, y estos echamos la culpa de nuestras desgracias a los del norte. Como se decía en un reciente encuentro organizado por la Fundación Sistema, la eurofobia, que siempre ha sido patrimonmio de la derecha, se abre paso también en la izquierda. Y para muestra, basta ver el ejemplo de Portugal.

 

 

¿Que posición debemos tomar ante este estado de cosas? ¿Tiene sentido defender a Europa cuando esta Europa nos ahoga? ¿Debemos ser europeistas cuando las capas de la población a las que representamos lo son cada vez menos? Las elecciones Europeas están al vuelta de la esquina (2014), y si la situación no mejora podría ocurrir muy bien que hubiera una abstención del 60 o el 70%. En mi opinión, el partido debe decir bien claro que no queremos esta Europa. Una Europa en la que quienes toman las decisiones no están sujetos a un control democrático; una Europa en la que el Parlamento elegido por todos tiene menos poder que un funcionario nombrado a dedo como Mario Draghi; en la que el Gobierno (si se puede llamar así a la suma de los primeros ministros) no responde ante el Parlamento. Una Europa en la que unos socios imponen a otros condiciones peores que las que se imponen a los países vencidos en una guerra. Hemos llegado a un punto en el que, o Europa da un golpe de timón hacia una integración política efectiva y un sistema democrático federal con rendición de cuentas, elección del Presidente, control al gobierno, etc. o deberemos dejar claro que una Europa como la actual, dominada por los intereses financieros de los países acreedores, no nos interesa. Incluso sugiero que como estrategia negociadora deberíamos tener alguna política de recambio, algo así como construir la Europa del Sur, si es que esto tiene algún sentido. Otra Europa sí merece la pena, pero si eso no es posible, me sumo al grito de los portugueses: que le den a la troika.

 

Ricardo Peña Marí, Secretario General de ASU-PSM

 

 

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Yo considero justo defender a la ciudadanía, ¿vosotros no?

Todos los medios de comunicación se están haciendo eco estos días de la polémica que se está produciendo debido a los “escraches” que se están realizando en las casas de los diputados del Partido Popular, para que aprueben la ILP sobre los desahucios de manera íntegra y sin realizar las enmiendas que la dejarían irreconocible, y por tanto insuficiente para resolver el problema de la ciudadanía.

Muchos están tachando de violencia e incluso de terrorismo unas manifestaciones ciudadanas que lo único que hacen es reivindicar que se les tenga en cuenta. Personas que sí que sufren la violencia de tener que abandonar sus casas y su vida porque se ven incapaces de hacer frente a la situación que estamos viviendo. Violencia para unos, reivindicación pacífica y desobediencia a la ley para otros.

Tenemos así, que la legitimidad del Estado para ejercer el monopolio del uso legítimo de la violencia y la obligación de todos los ciudadanos de cumplir la ley se basa en el contrato social. Este consiste en que la ciudadanía renuncia a una parte de su capacidad de obrar y reconocen que no se obre sobre uno contra de su voluntad, evitando así un estado de naturaleza donde el progreso sea imposible. Esto se cristalizaría en la Declaración de Derechos del hombre y el ciudadano de 1979, y es el núcleo de lo que hoy consideramos Estado de Derecho. Así, este contrato lleva aparejado un compromiso de garantizar cierto nivel de bienestar a todos los miembros de la sociedad. Pero esto vemos que se ha resquebrajado a la luz de los acontecimientos que la crisis económica ha generado, y en este contexto algunos colectivos entienden que la vulneración de estos derechos legitiman para tensar o violentar las normas legales y para visibilizar la lucha. Cuando no queda con que luchar, la voz y la desobediencia es lo que queda por utilizar.

Así la desobediencia a la ley, como resistencia a la autoridad, ha adoptado muchas formas a lo largo de la historia. Una primera referencia de la desobediencia civil es el caso de Henry David Thoreau que se negó a pagar sus impuestos a EEUU en oposición a la guerra contra México en 1846 y que publicó en 1949 un escrito con el título “Resistencia al gobierno civil”. Sentó así las bases de lo que hoy consideramos desobediencia civil: “La justificación del rechazo público, consciente, colectivo y pacifico a acatar leyes o políticas gubernamentales consideradas injustas o inmorales”.  Pero ¿qué es exactamente la desobediencia civil?  es una acción de protesta colectiva, moralmente fundamentada, pública, ilegal, consciente y pacífica que, violando normas jurídicas concretas, busca producir un cambio parcial en las leyes, en las políticas o en las directrices de un gobierno. Se basa en valores morales y en su característica colectiva.

El derecho de rebelión contra el despotismo ha sido reconocido desde la antigüedad: Santo Tomás en la Summa theologica rechazaba la doctrina del tiranicidio, y Salisbury señalaba que la disposición violenta está justificada ante el tirano. Rousseau en el Contrato Social defendía que “Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo lo sacude, hace mejor, recuperando su libertad por el mismo derecho que se la han quitado”  Y destaca que es una convicción contradictoria estipular una autoridad absoluta por un lado y una obediencia sin límites por otro.

Tenemos por tanto que la desobediencia civil es aceptable en un Estado en el que no se respetan los derechos individuales, los procedimientos democráticos y la ley objeto de la desobediencia atenta contra el interés común o el interés legítimo de una mayoría. Así ¿realmente podemos establecer que la situación que se está dando en nuestro país no es encuadrable en estas premisas?

En las sociedades democráticas como la nuestra donde las formas representativas son imperfectas, junto con el descrédito que genera la clase política, los movimientos de protesta son una forma de participación política para construir una democracia mejor. La desobediencia es por tanto un modo fundamental para acelerar los cambios necesarios. Se da cuando las minorías llegan a la conclusión de que los canales institucionales para la representación no son suficientes o están llenos de fango, visto desde un punto metafórico. Así busca un nuevo modo de representación con unos nuevos valores y nuevas normas, buscando que el gobernante revise sus decisiones políticas. Aquí podemos señalar el  caso de la PAH que a través de la desobediencia parando desahucios y con protestas ciudadanas ha conseguido que los gobernantes se hagan eco de esas situaciones de maneras algo más contundentes que como lo estaban realizando llegando a admitir la ILP. Y ahora a través. Los “escraches” están poniendo el foco en aquellos que son los responsables de cambiar esta situación. De los que serán responsables de los suicidios de los ciudadanos ante la desesperación de ser arrojados a la calle. ¿Podemos estar en contra de eso?

Se incide así en la esfera pública, en la parte más mediática de la sociedad con temas que hacen que ese conflicto que se está produciendo pueda traducirse en nuevas leyes o políticas. Como establecía Howard Zinn “Protestar más allá de lo que la ley permite no equivale a desviarse de la democracia; es más bien parte absolutamente esencial de esta

Desde luego el momento que atraviesa nuestro país y las soluciones que se están dando desde las instituciones distan mucho de ser medidas destinadas a proteger a los más desfavorecidas. La ruptura del contrato social es evidente y ante ella la ciudadanía a la luz de los argumentos expuestos tiene el derecho de no obedecer la tiranía. Millones de personas han mostrado su rechazo a las medidas que se han tomado por los poderes en los últimos años y el resultado y la respuesta ha sido nulo. La ciudadanía no puede soportar más, paremos desahucios o manifestemos pacíficamente delante de las puertas de los que con nombre y apellido facultan esta situación. Si es esa la solución ahí tendremos que estar.

Para terminar no usaré una frase mía sino de quien en 1846 tuvo el valor de desobedecer:  “La única obligación que tengo el derecho de asumir es hacer en cualquier momento lo que considero justo” (Henry David Thoreau) y yo considero justo defender a la ciudadanía, ¿vosotros no?

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Lorena Pérez García – Secretaria de Organización ASU-PSM

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La democracia “plasmada”

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“Crónica del rey pasmado” es una divertida novela que el fallecido Premio Cervantes Gonzalo Torrente Ballester escribió en 1989, e Imanol Uribe llevó al cine un poco después. En ella se relata la fascinación de un rey español, supuestamente Felipe IV, ante la belleza del cuerpo desnudo de una cortesana. Así de fascinados estamos los españoles ante las desnudeces de nuestra democracia, y no precisamente por la belleza de las mismas.

Aunque las consecuencias de la crisis económica ocupen la mayoría de nuestras preocupaciones, no podemos resignarnos a la profunda degradación que ha sufrido la democracia desde la llegada del PP al Gobierno. Tanto más por cuanto que no tiene justificación posible, salvo el talante autoritario de dicho partido. Si para los recortes económicos todavía pueden emplear la coartada de la crisis, para los recortes políticos no hay coartada. Veamos lo que hemos tenido que soportar en estos meses:

En este año largo de Gobierno, se han emitido cerca de 40 Decretos-Leyes. Prácticamente todas las decisiones del Gobierno se han expresado por este mecanismo, que la Constitución prevé para situaciones de urgencia y que limita al mínimo el debate parlamentario, porque se convalida a posteriori y no puede ser enmendado. A la vez, el Sr. Rajoy solo comparece en el Parlamento en las sesiones de control, a las que está obligado.

Para no tener que responder a los periodistas, el Presidente ha sustituido las ruedas de prensa por comparecencias “plasmadas”, donde los periodistas toman nota de las palabras que salen de un televisor de plasma con su imagen. Las ruedas de prensa de los portavoces de su partido, la Sra. de Cospedal y el Sr. Floriano también hace semanas que no se producen. En realidad, sería mucho mejor para la salud democrática del país que estos portavoces fueran reemplazados inmediatamente. Después de las reiteradas mentiras que vertieron en las últimas comparecencias sobre el puesto de trabajo del tesorero Bárcenas, culminando con las declaraciones “Grouchianas” de de Cospedal (aquello del “finiquito diferido en forma de simulación, en partes de lo que fuera una retribución …”), no creo que la mayoría de los españoles estén dispuestos a volver a prestar atención a sus palabras. Las tomaduras de pelo tienen un límite y en esta ocasión se ha excedido con creces.

Casi sin dar respiro, se producen las declaraciones de la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, tratando de filoetarras a los portavoces de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, y dando órdenes de dudosa constitucionalidad a la policía para amedrentar a los manifestantes de los llamados escraches. Ya sabemos que las manifestaciones son molestas para el Partido Popular, pero manifestarse es un derecho democrático y hasta ahora dichas manifestaciones no han violado ninguna ley.

Tampoco la prensa y la televisión libres les gustan. Al poco de llegar al gobierno, acabaron con la independencia de Radio Televisión Española y pusieron a su mando a los mismos que perpetraron el secuestro de Telemadrid, otro medio público. Al endeble sentido democrático del Partido Popular no le gusta que los medios públicos sean profesionales e independientes, los quieren atados y bien atados. A los que se rasgaron las vestiduras porque les parecía adoctrinamiento la eliminada asignatura de Educación para la Ciudadanía, no les parece tal el que Radio Nacional emita todas las mañanas dos horas de pasajes del evangelio, haciéndose eco de una religión, la Católica, que apenas practica un 15% de la población.

Gracias a la prensa y radio libres que todavía no han secuestrado (aunque el Sr. Aznar lo intentó cuando persiguió judicialmente al Sr. Polanco), nos enteramos de las malas compañías del Sr. Núñez Feijoo a finales de los 90, y de la bien engrasada puerta giratoria que existe en la sanidad madrileña, donde los ex-consejeros del ramo (los Sres. Güemes y Lamela), después de privatizar hospitales y servicios cuando estaban en activo, son contratados de asesores por las mismas empresas a las que ellos favorecieron. La reacción del Presidente Ignacio González, pidiendo “poner límites” a los medios, evidencia de nuevo lo mucho que le queda por aprender a ese partido sobre lo que es la democracia.

Nuestro ex-presidente Rodríguez Zapatero merecerá críticas por otras cuestiones, pero a lo largo de sus siete años de gobierno dio innumerables ejemplos de sus profundas convicciones democráticas. Nunca rehuyó a la prensa ni las comparecencias parlamentarias. Fue él quien cambió la Ley para que el Presidente de RTVE se eligiera por mayoría de dos tercios del Parlamento y bajo su mandato hemos disfrutado de una radio y televisión independientes, y sobre todo de una gran calidad. Como es lógico, los buenos profesionales escapan de los comisarios políticos y el resultado no son solo unos medios manipulados, sino profundamente mediocres. Y cuando llegó la crisis y Zapatero tomó decisiones controvertidas, nunca dejó de comparecer, ni de dar explicaciones. Su estilo en el Parlamento siempre fue impecable, nunca cayó en el insulto ni en la descalificación personal, estrategia que parece la preferida de los parlamentarios del PP, incluyendo en lugar destacado al Sr, Rajoy cuando estaba en la oposición.

Viene todo esto a cuento de que, en mi opinión, la democracia es una joya a preservar en medio de esta crisis y no podemos permitir que al empobrecimiento material se una también el amordazamiento de los ciudadanos y de los medios de comunicación. La democracia es un delicado equilibrio de poderes y contrapoderes, y sabemos que donde los segundos desaparecen, los primeros se convierten en poderes absolutos. Gracias a la prensa y radio independientes nos enteramos de muchos casos de corrupción que de otro modo pasarían inadvertidos. O de quiénes son los que guardan sus riquezas en los paraísos fiscales. El poder sin límites es también la corrupción sin límites, como tuvimos ocasión de comprobar los que vivimos bajo el franquismo. Por otra parte, todos estos intentos de controlar la opinión publicada son vanos, pues los ciudadanos también se informan a través de las redes sociales. Cada vez es menos posible para los gobiernos esconder sus miserias y sus mentiras. Al final todo se termina sabiendo. Desde luego, el Partido Popular necesita mucho aprendizaje democrático, pero en general todos los partidos necesitamos adaptar nuestros modos de trabajo a este nuevo tiempo. Debemos ser más transparentes, debatir con mejor argumentación, evitar las descalificaciones y el “y tu más”, y desde luego no mentir. La mentira en nuestras latitudes no parece tener importancia, pero en otras latitudes más al norte, coger a un político en una mentira, aunque sea en una simple multa de tráfico, implica su dimisión o destitución inmediatas. También los ciudadanos españoles deberíamos ser más exigentes con nuestros gobernantes y pedir dimisiones cuando nos tratan de engañar, que últimamente es casi siempre. Las encuestas dicen que las mentiras del PP no se las creen ni sus propios afiliados, así que basta ya de este juego de máscaras que a los únicos que descalifica es a los propios portavoces. Si no saben comportarse dignamente, que se vayan y dejen el paso a otros.

Ricardo Peña, Secretario General de la ASU

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