Archivo mensual: febrero 2016

Cuando la izquierda hace el juego a la derecha

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Esta semana que entra va a ser políticamente muy intensa, y dependiendo del curso de los acontecimientos, muchas máscaras pueden caer y nada será igual después del día 5.

Me preocupa especialmente la deriva de IU y de Compromís, a los que desde esta tribuna he calificado como “fuerzas razonables”, pero que parecen dispuestas a fecha de hoy a hacer el juego al populismo de los dirigentes de Podemos. Me vienen a la memoria mis lecturas de juventud sobre Lenin y Mao Zedong, que los dirigentes de esas fuerzas deben de conocer perfectamente. Una de las enseñanzas que se desprenden de dichas lecturas es que en toda coyuntura política, si la izquierda quiere que ésta se resuelva en un sentido progresista, ha de tener muy claro quién es el “enemigo principal” (en democracia diríamos el “adversario principal”) y quiénes los secundarios. Así, cuando en 1931 en plena revolución, China fue invadida por Japón, Mao no dudó en aliarse con su enemigo Chiang Kai-shek para expulsar a los japoneses. Una vez acabada esa guerra, volvieron a enfrentarse con él y pudieron culminar la revolución. Si hubieran elegido otro camino, nunca hubieran triunfado. Otro ejemplo mas cercano es la renuncia del PCE de Santiago Carrillo a la bandera republicana y su aceptación pública de la Monarquía, en los inciertos primeros momentos de la Transición. El PCE comprendió perfectamente que el adversario principal no era el Rey, sino el franquismo. Querer a la vez la república y la democracia hubiera supuesto muy probablemente no alcanzar ninguna de las dos.

Los dirigentes de IU y Compromís parecen haber hecho una lectura incorrecta del 20-D. El resultado electoral arrojó un 44% de votos y 163 diputados para la derecha y un 46% y 161 diputados para la izquierda. Deducir de ello que debe gobernar la izquierda, buscando el apoyo activo o pasivo de fuerzas tan “revolucionarias” como Democracia y Libertad (es decir la burguesía catalana apuntada a la independencia en el último cuarto de hora por puro oportunismo), y Esquerra Republicana (el populismo e independentismo en estado puros), es un grave error de estrategia. Como consecuencia de este análisis, todo su esfuerzo parece centrado en “sacar al PSOE de su error” y pedirle que abandone el acuerdo con Ciudadanos para hacer con ellos y Podemos un “verdadero gobierno progresista”. Tampoco parecen contar con la dinámica propia de DL y ERC, que votarían no a tal gobierno, salvo que se les garantizara un referendum en Cataluña. Aunque fuera posible in extremis una investidura, los votos no serían suficientes para gobernar. Un gobierno tal es una quimera, un sueño izquierdista que no responde al voto expresado el 20-D. Desde luego el PSOE no vamos a entrar en ese callejón sin salida.

Y cuando la izquierda comete errores izquierdistas, quien se beneficia es la derecha. No entender que el adversario principal en estos momentos es el PP y que el objetivo de la izquierda debería ser desalojarle del poder y revertir sus nefastas políticas austericidas, es contribuir a que siga en el mismo. Porque nadie tiene asegurado qué puede pasar si el día 5 esa izquierda vota contra la investidura de Pedro Sánchez. Puede ocurrir que Ciudadanos se desentienda del PSOE y solo corteje al PP; puede ocurrir que el Rey no vuelva a ofrecer la investidura a Sánchez; y puede ocurrir que haya nuevas elecciones y que en ellas suba la derecha, a la vista del miedo que el comportamiento errático de Podemos ha despertado en muchos votantes. En definitiva, una lectura incorrecta y un exceso de izquierdismo, favorecería la continuidad del PP. Por quererlo todo, podríamos a la postre no tener nada. Ese error ya lo ha cometido IU varias veces, como cuando Anguita decidió que el adversario principal era el PSOE y apoyó a Aznar, o como cuando en Extremadura IU apoyó a Monago frente al candidato del PSOE. IU debería saber ya que una pinza con el PP votando al unísono contra el PSOE, nunca trae buenas consecuencias para los ciudadanos. Porque no olvidemos que el objetivo de fondo no es favorecer las estrategias de uno u otro partido, sino atender de una vez a los problemas de los ciudadanos, en especial a los de aquellos que esta crisis ha dejado en la cuneta.

Que el programa acordado por Ciudadanos y PSOE no es un programa netamente de izquierdas, nadie lo niega. ¿Que no es el programa que acordarían el PSOE, IU, Compromís y Podemos? por supuesto que no lo es. Pero es que las elecciones no las ha ganado la izquierda. El voto ciudadano ha dejado las cosas de tal manera que solo es posible un gobierno apoyado en al menos tres de las cuatro fuerzas principales. Y el programa refleja justamente esa correlación de fuerzas. No propone todas las reformas que apoyaría la izquierda, cierto, pero es difícil estar en contra de una sola de las 200 medidas que se proponen. ¿Que nos gustaría más gasto social, o subir mas el salario mínimo, o hacer una reforma laboral más profunda que la que plantea el documento? por supuesto que si. Pero es que es el resultado de un pacto con un partido liberal. La cuestión que deben plantearse las fuerzas de izquierda es si hay o no en él suficientes reformas progresistas como para que merezca la pena echar a andar ese gobierno. Y en sentido contrario, si tumbar esa posibilidad nos acerca a una salida más progresista, o nos acerca a todo lo contrario.

¿Y como encaja en este análisis Podemos? Por desgracia, aquí el problema es distinto. Podemos no es un partido de izquierdas, si bien la inmensa mayoría de sus votantes desearían que el PP no siguiera gobernando. Podemos es un partido que supo aprovechar la indignación del 15-M, producto de la crisis, y eligió un discurso, el de “el pueblo contra la casta”, que cayó en el lugar apropiado en el momento apropiado. Podemos es un partido populista, y como tal se nutre de simplificar los mensajes y de dicotomizar el espacio político; de plantear la confrontación política como “ellos contra nosotros”, mensaje en el que se da por supuesto que “nosotros” somos moralmente superiores a “ellos”. Su única aspiración es ocupar el poder lo antes posible, manipulando para ello el discurso todo lo que estimen oportuno. Por eso, la actuación de sus dirigentes ha de entenderse como un puro teatro: cada mañana deciden el discurso que mas conviene a sus intereses. Y no les importa decir un día una cosa y otro la contraria. Los partidos populistas saben que la memoria del pueblo no es mucha y que un mensaje bien elegido tapa perfectamente el anterior. Solo si se ponen en perspectiva todos ellos se aprecia la contradicción. Así, un día dijeron que el referendum catalán era una línea roja; un poco más tarde que no lo era; inmediatamente después, que querían ser vicepresidentes de un gobierno socialista; más adelante, que solo negociarían si dejábamos de hablar con Ciudadanos; una semana más tarde aceptaban sentarse a negociar a pesar de las conversaciones con aquellos; para 48 horas mas tarde levantarse “indignados” porque el programa pactado era de derechas. Ahora el discurso es que después del día 5 estarían dispuestos a negociar, previa renuncia a ese programa. En definitiva, su cálculo siempre ha sido tratar de hundir al PSOE para sobrepasarlo en unas nuevas elecciones. Y lo que hacen es el teatro imprescindible para sacudirse de encima el coste de una nueva convocatoria. Lo que parece increíble es que IU y Compromís se presten a este juego.

La estrategia para doblegar a los dirigentes de Podemos ha de ser otra. Es inútil apelar a sus principios, porque no los tienen. Ni a sus compromisos con los votantes, porque para ellos estos son un mero instrumento. Lo único que les puede mover es enfrentarlos al abismo de su desaparición. Hay que desmontar pieza a pieza su teatro y hacerles aparecer, como acertadamente está haciendo nuestro partido, como cómplices de la derecha. Se trataría de aislarles para que se les perciba nítidamente como los únicos culpables de unas posibles nuevas elecciones. Pero para ello, se necesita la colaboración de toda la izquierda. IU y Compromís no pueden ser la coartada que de alas a la estrategia populista. ¡Ojo!, también a ellos puede pasarles factura.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

 

 

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¿Qué pacto?

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Estamos ya en el momento de la verdad, cuya llegada pronosticaba yo como inminente en una entrada anterior. Rajoy ha constatado que está solo y que nadie va a tender un cable a su partido. Nada más razonable después de la forma despótica en que han gobernado en los años de su mandato, del sufrimiento que han causado a la mayoría de los ciudadanos con sus medidas austericidas, y de la interminable corrupción que afecta a sus cúpulas dirigentes. El Rey ha encargado a nuestro Secretario General Pedro Sánchez formar gobierno y éste ha comenzado ya las negociaciones con los diferentes grupos. ¿Qué va a pasar?

Por lo pronto, se van clarificando algunas posturas: Ciudadanos ha tomado una vía pragmática y con visión de Estado y está dispuesto a explorar las posibilidades de un programa común de legislatura con el PSOE. Insiste en incorporar de algún modo al PP, buscando como mínimo su abstención, lo cual es lógico desde su punto de vista como partido de centro derecha, pero en modo alguno desde el nuestro, donde hay unanimidad en que el PP debe pasar a la oposición. Primeramente, porque todos los partidos, incluido Ciudadanos, pedimos a gritos reformas en casi todos los ámbitos, conscientes de que estamos en un final de ciclo y de que no reformar sería equivalente a permitir graves fracturas territoriales y sociales, y a que entrásemos en una espiral convulsiva que no sabemos dónde podría llevarnos. Frente a esto, el PP solo ofrece inmovilismo y continuidad en sus políticas. Pero también porque este PP debe renovar sus cúpulas por completo. Debe limpiarse de tanta corrupción y tomar una actitud decidida de no permitirla en el futuro. Sus militantes y votantes no pueden vivir permanentemente avergonzados, ni el resto de los ciudadanos permanentemente indignados. Y esa limpieza solo pueden hacerla en la oposición.

La cúpula de Podemos ya va enseñando la patita de lobo por debajo de la piel de cordero. Han tratado de obstaculizar las negociaciones, votando junto al PP en la mesa del Congreso, para que sólo se le concedieran dos semanas a Pedro Sánchez (por cierto, aguda visión la del partido al insistir en tener un presidente del Congreso del PSOE; en otro caso, hubiéramos perdido esta batalla). Pero después han roto las negociaciones con él, al fracasar su intento de imponer un pacto exclusivo entre PSOE, Podemos e IU. Su estrategia es clara: pedir lo imposible, de forma que si se les diese tendrían asegurada la destrucción de su rival (¿alguien se quiere imaginar lo que podría hacer Iglesias Turrión en un Gobierno?), y si no se les diese, siempre podrían vender a su electorado que la culpa ha sido del otro. Porque veamos, ¿es factible aritméticamente tal pacto?

Ese frente de izquierdas sumaría 161 diputados y tendría enfrente con seguridad a PP y Ciudadanos, que suman 163. No sería razonable esperar que PNV(6) y CC(1) se unieran a esa aventura y a lo sumo se abstendrían. Por tanto, entre los restantes 19 diputados habría que buscar al menos 3 a favor y la abstención del resto. Pero esos 19 votos corresponden a formaciones abiertamente independentistas: ERC(9), DL(8) y EH-Bildu(2). Lo que propone en definitiva Iglesias Turrión es que la investidura y el futuro gobierno los pongamos en manos de los que tienen como programa separarse de España. Además de violentar nuestras mas profundas convicciones, lo que nos está pidiendo es directamente el suicidio. ¿Es tonto el Sr. Iglesias? En modo alguno, está simplemente haciendo su futura campaña electoral.

Por tanto, ¿que posibilidades tiene un pacto de investidura que permita arrancar el periodo de reformas que el país necesita? Porque, aquí no nos jugamos el liderazgo de Pedro Sánchez, ni que el PSOE gobierne. Esos factores están presentes, pero no son los fundamentales. Lo mas relevante es que si no se formara, se perdería una gran oportunidad, que no sabemos si volvería a ser posible tras unas nuevas elecciones: la oportunidad de regenerar las instituciones de este país, desgastadas después de treinta años y muy dañadas como consecuencia de la crisis y la corrupción; la oportunidad de regenerar el tejido productivo y de sentar las bases de una economía competitiva, basada en el conocimiento y capaz de crear los buenos empleos que necesitamos; la oportunidad de hacer una reforma fiscal donde paguen todos los que hoy no lo hacen, y los que no lo hacen en la cuantía que deberían; la oportunidad de combatir la pobreza y la desigualdad que ha creado la crisis, y de atender a los muchos que han quedado en la cuneta; la oportunidad, en fin, de reformar nuestra Constitución y de mejorar el encaje de las nacionalidades y regiones que conforman nuestro país.

Las posibilidades de ese pacto existen, pero van a exigir mucho trabajo y un milagro final. Con un buen trabajo de los negociadores, yo creo que se podría llegar a conseguir el apoyo de las que denominaré las fuerzas razonables, es decir de aquellas fuerzas interesadas en que arranque la legislatura y en que se pueda empezar el programa de reformas. Incluyo en ellas a Ciudadanos(40), IU(2), PNV(6), CC(1), Compromís(4), e incluso a algunos diputados integrados en En Marea y en En Comú Podem y que no son de Podemos. Con ello se podrían conseguir entre 143 y 150 votos a favor. Enfrente tendríamos a las fuerzas no razonables, es decir a las interesadas en que no se forme gobierno: PP, ERC, DL y EH-Bildu, que suman 142 noes.

La llave del milagro la tendrían los diputados de Podemos (entre 58 y 65 diputados, si se excluye de los 69 iniciales a los que he llamado razonables). Si decidieran votar en contra, sumarían mayoría absoluta con los no razonables e iríamos a nuevas elecciones. Si decidieran abstenerse, podría arrancar la legislatura.

En todo lo que llevo escrito, me he referido a la cúpula de Podemos y al Sr. Iglesias Turrión, y no a Podemos como fuerza política. Porque el meollo del milagro es justamente ese, que la cúpula no está actuando a favor de los intereses de sus votantes y militantes, sino mas bien a favor de los suyos propios, y que se puede poner a dicha cúpula entre la espada y la pared. El único lenguaje al que parecen ser sensibles es al del número de votos que podrían ganar o perder en unas futuras elecciones. Los que han depositado su confianza en Podemos lo han hecho porque creyeron en su discurso de regeneración política y de rescate social. Ellos si estarían muy interesados en que hubiera un gobierno reformista y en que Podemos lo apoyara. Es más, desearían que Podemos participara en las negociaciones de dicho programa de reformas para que pudiera influir en él. Por tanto, deberíamos conformar y ofrecer a la sociedad española y a Podemos un programa que muchos de sus votantes pudieran apoyar. Ello no es difícil en materia de regeneración política, de lucha contra la pobreza, y de defensa del estado del bienestar, materias en las que coinciden todas las fuerzas que he llamado razonables. Es algo más difícil en los temas económicos y laborales, en los hay más divergencias. La cúpula de Podemos tendría entonces que elegir entre dar satisfacción a sus votantes y permitir que se pudiera poner en marcha el programa, o no darles satisfacción, y además de ganarse el estigma de votar junto al PP, arriesgarse a quedar como los culpables de embarcar al país en unas nuevas elecciones, con lo que ello conllevaría de prolongar el gobierno en funciones del PP, aumentar las incertidumbres de la economía y retrasar varios meses los cambios que el país necesita. En ese caso, tal vez muchos de sus votantes les darían la espalda, el momento de gloria de Podemos habría pasado para siempre, y nunca más volverían a incidir decisivamente en la política española. Ese temor ese el único que podría obrar el milagro final. Preveo que cuando se acerquen los días de la investidura, las encuestas van a jugar un papel muy importante.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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