Archivo mensual: octubre 2014

Es tiempo de regeneración

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Llegados a este punto de nuestra historia, treinta y siete años después de la Transición, parece que las costuras del país no aguantan más. No es posible concebir un mayor cúmulo de circunstancias negativas. En este aciago periodo, se han acumulado tres o cuatro crisis superpuestas, sin que se vea una salida inmediata a ninguna de ellas:

  • Una crisis económica que nos ha empobrecido hasta un punto en que harían falta muchos años de buenas políticas para reparar el inmenso daño causado, primero al tejido social, pero también a nuestra capacidad como país para “ganarnos la vida”.

  • Un Estado del Bienestar gravemente dañado, cuya sanidad y educación públicas han sido recortadas con saña. El acceso en igualdad a estos bienes ha descendido hasta niveles propios de los años ochenta del siglo pasado.

  • Una crisis territorial profunda, producto en parte de unas políticas oportunistas y descabelladas de las respectivas derechas (la nacional y la catalana), pero más en profundidad, producto de la ausencia de un proyecto de país. En ausencia de tal proyecto, los mensajes separatistas, que prometen paraísos imposibles, son tremendamente atractivos.

  • Una desafección muy profunda de los ciudadanos hacia la clase política y hacia las instituciones. Consecuencia, por un lado, de que estas no han sabido remediar la crisis, ni tampoco mitigar sus peores efectos. Pero por otro, también de la percepción de que esta clase no ha sufrido la crisis en sus carnes, de que se ha guarecido en sus privilegios para escapar de ella.

  • Para completar el cuadro, los numerosos y tremendos casos de corrupción que salen a la luz cada día, demuestran al ciudadano que, mientras él padecía la crisis, una parte de esa élite empresarial y política estaba saqueando las arcas del Estado, o de las instituciones bajo su control como las cajas de ahorro, para enriquecerse de un modo obsceno y repugnante.

Como los males no son eternos, y no todo puede ir mal todo el tiempo, está claro que nos acercamos a un tiempo nuevo, a un tiempo en que las cosas no podrán seguir igual, a un tiempo de regeneración. El síntoma más evidente, síntoma que por otra parte los socialistas ya habíamos anticipado como uno de los riesgos posibles de la crisis, es el surgimiento con fuerza del populismo. Por fortuna, no se trata de un populismo de signo fascista como el de los años treinta del siglo pasado. En el caso español al menos, el populismo tiene marcados tintes de izquierda: arremete contra la corrupción y los privilegios, promete rescatar a las familias antes que a los bancos, y es partidario de proteger el Estado del Bienestar.

Debido en mucha medida al temor que ha despertado esta irrupción, la mayoría de los partidos del arco parlamentario, entre ellos el nuestro, se han aprestado a renovar sus cúpulas y a introducir reformas en sus procesos electorales internos. También, a hacer propuestas para combatir la corrupción y para aumentar la transparencia de las instituciones. Todo ello es muy positivo sin duda, y demuestra que las cosas no podrán hacerse del mismo modo en adelante. Simplemente porque la ciudadanía está harta y ya no permite más desmanes.

El tiempo dirá si los socialistas estamos haciendo lo suficiente para subirnos a esa ola de regeneración, o si simplemente estamos siendo empujados por ella, y reaccionando ante el fenómeno de un modo oportunista para no ser arrollados. El tiempo dirá si nos creemos realmente que hay que regenerar los modos de hacer política, o si simplemente nos estamos maquillando un poco.

Lo sucedido en Madrid no se puede decir que sea un buen comienzo. Se nos hurtaron primero las primarias abiertas por decisión, hasta la fecha no explicada, de nuestro Secretario General, y después las primarias cerradas se convirtieron en no-primarias debido a las presiones sutiles pero efectivas de la Ejecutiva Federal, y a los plazos y umbrales imposibles establecidos para obtener los avales. Podemos decir que en Madrid seguimos en la vieja política, y que la proclamada apertura no ha llegado hasta aquí. Mucho me temo que este error lo pagaremos muy caro en las próximas elecciones. Tampoco ayuda que nuestro partido haya votado junto al PP de Ignacio González a favor de mantener el Consejo Consultivo de la Comunidad, un órgano de muy dudosa utilidad, que consume 4,5 millones de los madrileños para dar un “puesto de trabajo” a políticos retirados como Ruiz Gallardón, pero también a dos socialistas como Joaquín Leguina y Pedro Sabando. En mi opinión, esto sigue siendo vieja política y los ciudadanos nos lo tendrán en cuenta.

Pero sin duda la que necesita más regeneración es nuestra derecha, y no me refiero solo a la política, sino sobre todo a la social. En algún acto he dicho que nuestra derecha es de baja calidad y creo que hay motivos para esta afirmación. Si empezamos por la cúpula de la organización empresarial, su anterior cabeza está en la cárcel y la de Madrid imputada. La trama Gürtel ha revelado una tupida trama empresarial cuyo fin era conseguir contratos públicos en base a donativos al partido del gobierno. Dada su extensión en Madrid, Valencia, Mallorca y otras partes de España, y ello unido a la trama catalana de comisiones en negro y adjudicaciones a cambio de sobornos, uno tiende a pensar que la única forma de conseguir una adjudicación pública en España es mediante la correspondiente comisión al político o partido de turno. Si seguimos por la derecha política, las tres cuartas partes de los ministros de Aznar, y personas de su máxima confianza como Fabra y Blesa, están inmersos en procesos judiciales, en la cárcel, o a punto de entrar en ella. Y terminando por el Gobierno, el propio Presidente ha mentido con respecto a su tesorero Bárcenas, y hay fundadas sospechas de que toda la cúpula del partido recibía sobresueldos en negro con cargo a las mencionadas donaciones de empresas, también en negro.

En cualquier país civilizado, este Presidente y gran parte de sus ministros, habrían dimitido, no una, sino varias veces, si ello fuera posible. Y sin embargo, ahí siguen todos, impasible el ademán, con la credibilidad por los suelos y confiando tan solo en que una leve recuperación económica, adobada con ingentes dosis de propaganda, serán suficientes para permitirles conservar el poder. La dignidad de las instituciones, la rendición de cuentas, la asunción de responsabilidades, y el cumplimiento de la palabra dada en el programa electoral, son asignaturas de la democracia que les son ajenas. De hecho, casi toda la democracia les es ajena, a juzgar por su política de comunicación: casi nunca se someten a las preguntas de los periodistas, sino que solo les utilizan para difundir su propaganda. Y siempre que pueden, colonizan los medios públicos, aunque eso suponga a la larga su hundimiento, como han hecho en Telemadrid, en el Canal 9 valenciano, y están a punto de hacer en TVE. Todo ello expresa un profundo desprecio a los ciudadanos y una concepción de la política como una ocupación del poder para servirse de él.

Todo esto tenemos que cambiarlo. Democráticamente por supuesto, pero es urgente cambiarlo ya. Esta derecha merece hundirse al menos veinte puntos en las próximas elecciones. Y la próxima derecha política que surja de sus cenizas tendrá que cambiar sus hechos y sus modales, si no quiere que los ciudadanos le den la espalda por muchos años. Para cambiarlo, también nosotros hemos de convencer y hemos de ofrecer credibilidad. Estamos a tiempo de hacerlo, pero cada paso en falso que demos nos hará retroceder. No nos empeñemos en ponérselo fácil a Podemos.

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

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