Archivo mensual: noviembre 2015

Capitalismo y socialdemocracia

capitalismo

La preparación intelectual de la Ilustración durante el siglo XVIII, y la constatación de que el Antiguo Régimen representaba un lastre insoportable para el desarrollo de la economía y de los derechos humanos, dieron al traste, muchas veces de modo sangriento, con los regímenes feudales, y en Europa y en América se abrieron paso las corrientes liberales. Ello supuso un avance sin precedentes de las fuerzas productivas, a la vez que propició el desarrollo de la democracia. Era el momento de la burguesía revolucionaria.

La evolución posterior del capitalismo en el siglo XIX fue hacia una concentración creciente del poder económico en cada vez menos manos, apareciendo los monopolios, que en cierto modo suponían la negación de la propia lógica capitalista: en efecto, la mayor eficiencia del capitalismo en la producción de bienes frente a una economía dirigida se basaba en la libre competencia de los agentes productores y en la libertad de los consumidores para cambiar de producto, y ambos extremos quedaban anulados por los monopolios.

En el siglo XX el capitalismo se hace internacional y a la vez financiero. El capitalismo industrial pierde poder de decisión en beneficio de los grandes poseedores de capital. Con la aparición de Internet, las transacciones financieras se hacen a la velocidad de la luz, y desde un despacho de Nueva York, o de Singapur, es posible mover grandes cantidades de capital en unos pocos segundos, movimientos mediante los cuales las empresas cambian de mano, o se altera el precio del trigo o del cobre en los mercados internacionales. A su vez, y mediante movimientos contables entre sus filiales, las grandes multinacionales esquivan los sistemas fiscales nacionales para hacer aflorar sus beneficios allí donde menos impuestos pagan. Y todo ello sin salirse de las leyes internacionales vigentes. A estas alturas del siglo XXI, está claro que este tipo de capitalismo no es un factor de progreso, sino más bien es un potente generador de desigualdad en el reparto de la riqueza y generador también de pobreza extrema y de hambre en muchas partes del mundo. Baste un dato recientemente publicado para atestiguarlo: el 1% de la población mundial posee tanta riqueza como el 99% restante.

La relación de la socialdemocracia con el capitalismo ha ido cambiando con el tiempo. El primer partido socialista nació en Francia tras las “jornadas de junio” de 1848 como una alianza de fuerzas obreras y de la pequeña burguesía, en las que aquellas limaban sus aristas revolucionarias y estas aportaban la defensa de la democracia. La Segunda Internacional, fundada en 1889 en base a la teoría marxista, entendía que el capitalismo caería víctima de sus propias contradicciones al concentrar cada vez más riqueza en manos del capital y extender la miseria entre los trabajadores. Se debatía entre revolución y reforma para acabar con él. Sin embargo, a partir del revisionismo de Eduard Bernstein en 1899, cobró fuerza la corriente reformista, que aspiraba a utilizar el poder democrático para detraer rentas del capital en favor de la clase obrera, y a la larga para terminar con el capitalismo mediante reformas sucesivas del mismo.

Esta es la versión que ha llegado hasta nuestros días, y la que consiguió poner en pie el llamado Estado del Bienestar en toda Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Pero la socialdemocracia actual ya no aspira a terminar con el capitalismo, sino tan solo a limar sus aristas más duras. Nos hemos convertido en una “unidad de cuidados paliativos” del dolor que provoca el capital en forma de paro, precariedad y desigualdad. Sin embargo, incluso esa tarea está siendo cada vez más difícil porque el capital ya no está dispuesto a dejarse detraer rentas para que el Estado pueda dar subsidios de paro, educación, sanidad y pensiones a quienes no pueden pagárselos de forma privada. No otra cosa es lo que está sucediendo durante esta crisis con los recortes de gasto y la prohibición de endeudarse a los estados, a la vez que se rescata a la banca privada con dinero público y se retrasan sine die la unificación fiscal, el combate de los paraísos fiscales y del fraude fiscal, y la imposición a las transacciones financieras especulativas.

Este es el terreno en el que jugamos, y a pesar de las dificultades nuestra aspiración debe seguir siendo combatir las causas de la desigualdad utilizando el poder político que nos da la democracia. Solo que al hacerse el capital internacional, la socialdemocracia no podemos seguir actuando solo en el terreno nacional.

En dicho terreno, y como en muchos otros aspectos de la vida social, España es diferente (Spain is different, decía la propaganda franquista cuando trataba de atraer al turismo en los años sesenta). Aquí el capitalismo se desarrolló tardíamente y en gran parte bajo los cuarenta años de dictadura franquista. Ese desarrollo no fue sano, no estuvo basado en la libre competencia ni en la innovación tecnológica, sino en gran parte en el proteccionismo, en el clientelismo y en la corrupción. Al llegar la democracia y entrar posteriormente en la Unión Europea, nos obligaron a “liberalizar” las empresas públicas. Esta transición se hizo tan mal que lo que ahora tenemos son oligopolios privados en sectores estratégicos como son los de la energía, los carburantes y las telecomunicaciones. La burbuja inmobiliaria también nos ha dejado oligopolios semejantes en el sector de la construcción, a la vez que ha concentrado el poder financiero en muy pocos bancos. Los gobiernos del PP han acentuado este estado de cosas. Recordemos que Aznar tuvo un gran protagonismo en ambos temas: la creación de la burbuja inmobiliaria, y la liberalización fallida de las empresas públicas. Bajo la gestión de Rajoy, han desaparecido las cajas de ahorro y el poder de la banca esta más concentrado que nunca. Nuestro capitalismo deja, pues, mucho que desear.

Por eso estas elecciones, tan cruciales en muchas otras áreas, lo son también en el terreno de nuestra relación con el capitalismo español. Muy acertadamente, nuestro programa electoral comienza por los capítulos relacionados con la promoción del conocimiento, de la ciencia y de la cultura. También dedica un amplio espacio, y muy certeras reflexiones, a lo que llama la democratización de la economía. Este enfoque refleja, en mi opinión correctamente, que la socialdemocracia española no podemos contentarnos tan solo con ser la defensora del Estado del Bienestar. Debemos además enarbolar la bandera de la modernidad en la economía, porque ni la derecha política ni el capital monopolista van a hacerlo. Si queremos una economía competitiva, eficiente y que genere buenos empleos, la tarea es ingente. Debemos acabar con los monopolios, bien en base a regulaciones, bien en base incluso a trocearlos para generar competencia, porque eso abaratará los costes de los consumidores y de los empresarios. Debemos apoyar la I+D+i y a los emprendedores, porque son la semilla de las empresas del futuro. Debemos apoyar las energías limpias y favorecer el auto-consumo, porque eso bajará los costes y preservara mejor el planeta. Debemos combatir el clientelismo del 3% y la corrupción, no solo por razones éticas y de defensa de los recursos públicos, sino también para preservar la competencia empresarial y adjudicar los concursos a los mejores, en lugar de a los amigos. Y debemos ser implacables en combatir la cultura del pelotazo, no solo porque estemos asqueados de ella, sino también porque ahoga la economía competitiva.

Paradójicamente, a estas alturas de la historia tendrá que ser la izquierda la que defienda los valores liberales de la libertad de mercado, de la libre competencia y de la democracia, porque la burguesía hace más de dos siglos que dejó de ser revolucionaria.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

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