Archivo mensual: febrero 2017

Narcisismo

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En el mito de Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, condena a Narciso a vivir enamorado de su propia belleza, hasta el punto de que este se arroja al agua y se ahoga por perseguir su imagen reflejada en un estanque. El siglo XXI ha traído innumerables narcisos a la política, y eso está poniendo las cosas bastante difíciles a todos los partidos.

Los individuos de la especie humana tenemos necesidad de un cierto grado de aceptación por parte del grupo. Seguramente existe alguna predisposición genética para ello, dado que el éxito de nuestra especie se debe sobre todo a la cooperación. Ningún individuo puede soportar con facilidad ser completamente rechazado por la sociedad. Esa necesidad nos impulsa a veces a cierta exhibición para captar la atención de los demás y procurar agradarles. No otra cosa son ciertas convenciones sociales tales como el modo de vestir, la amabilidad, la elocuencia y el humor en la conversación. Pero la exhibición llevada al extremo de hacernos adictos a nuestra propia imagen se convierte en una patología, que es conocida como narcisismo desde que Sigmund Freud la bautizó así.

Parece que la época actual está sufriendo un aumento del narcisismo, debido sobre todo al consumismo, a la forma en que educamos a nuestros hijos, y a la aparición de las redes sociales. Desde la publicidad se nos anima constantemente a darnos caprichos y a adquirir bienes, particularmente automóviles, que aumenten nuestro prestigio ante los demás. Unos conocidos almacenes emiten en estos días un anuncio paradigmático en este sentido. Dice así: “Quiérete, es hora de pensar en ti”. La educación familiar de las generaciones nacidas en la abundancia ha producido personas bastante egocéntricas, merecedoras en su opinión de todas las atenciones y derechos, pero muy poco preparadas para asumir deberes y responsabilidades. Y sobre todo, muy vulnerables ante cualquier adversidad. Por su parte, la aparición de las redes sociales ha acrecentado la capacidad de exhibirse ante el resto del mundo. Proliferan los selfies, los vídeos donde cada uno cuenta sus proezas, y la publicación de fotografías y de datos personales que antes pertenecían al ámbito privado. Incluso algunas personas cambian la foto de su perfil de Facebook, o de WhatsApp, prácticamente cada día. Todo ello evidencia un mayor grado de narcisismo.

El Narciso se caracteriza por desear estar siempre en el candelero (en el candelabro, que diría alguna), a la vista de todos. Desea que se hable de él en todo momento. Eso si, que se hable bien. No puede soportar la crítica, ni que le contradigan, porque entonces se vuelve agresivo. ¿No reconocen este comportamiento, por ejemplo en Donald Trump, el actual Presidente de Estados Unidos?¿No lo reconocen en Pablo Iglesias, el líder de Podemos? ¿No les parece apreciar cierto narcisismo en algunos de los candidatos, actuales o en potencia, a las primarias del PSOE?

No cabe duda de que el narcisismo y el culto al propio yo pueden hacer mucho daño en política. Los narcisos ponen a su persona por delante de la institución, o de la organización a la que pertenecen. Solo ven la institución como algo al servicio de su ambición, o del culto a su persona, en lugar de verse ellos al servicio de la institución, que es lo que sería razonable esperar.

Reflexionen un momento sobre el Ayuntamiento de Madrid: ¿ha resuelto el problema de la basura acumulada en sus calles? ¿el de la contaminación?, ¿el de los grandes atascos? ¿el de la falta de viviendas para jóvenes? No, después de dos años de gobierno, ni se perciben signos de que vaya camino de resolverlos. Y sin embargo, cada día nos despertamos con alguna ocurrencia de este ayuntamiento: hoy puede ser la de prohibir los animales en el circo, o mañana la de emplear sus recursos y su tiempo en que los ciudadanos voten vaciedades. ¿No es esto servirse de las instituciones para exhibir la propia ideología, mientras los problemas importantes siguen pendientes? Se trata en mi opinión de otra forma de narcisismo.

¿Qué sería lo contrario del narcisismo en política? A mi parecer, lo contrario sería la vocación de servicio a una causa mucho más importante que uno mismo: la de beneficiar a los ciudadanos, al país, o al partido al que se pertenece. Los primeros años del siglo XX produjeron en España muchas personas con esa vocación de servicio. Por ejemplo, las Misiones Pedagógicas de la Segunda República movilizaron a miles de hombres y mujeres, que se repartieron por los pueblos de España con un único fin: alfabetizar un país que salía de una dictadura teniendo más de un 50% de analfabetismo. La Institución Libre de Enseñanza, liderada por Ginés de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y muchos otros, emprendió la noble misión de desligar la enseñanza secundaria del poder de la Iglesia y tratar de extenderla a todas las capas sociales. La Junta de Ampliación de Estudios, impulsada por Ramón y Cajal, su primer presidente, persiguió el objetivo de hacer que España se incorporara al caudal europeo de la investigación científica y de la ciencia.

¿Dónde están hoy esos líderes? ¿Quién plantea hoy esos grandes retos? Podría argumentarse que ya no existen retos tan evidentes, porque esos objetivos ya se han conseguido. Y sin embargo, no es cierto que hoy no existan grandes retos. Precisamente el siglo XXI es abundante en retos no resueltos:

  • Refiriéndonos a España, sigue pendiente el reto de conseguir una sociedad basada en el conocimiento y en la ciencia. Nadie hasta ahora ha apostado con suficiente fuerza por ello.

  • Sin salir de España todavía, tenemos el reto de descarbonizar nuestra producción de energía y de acabar con el expolio eléctrico al que llevamos años sometidos.

  • Tenemos además el siempre mal resuelto reto de nuestra organización territorial.

  • Mas allá de nuestras fronteras, tenemos el reto de construir una Europa integrada y solidaria en lo político y de contribuir desde Europa a una gestión más justa de la globalización.

Sin embargo, demasiados líderes del siglo XXI, en todos los países, se dedican a mirarse su propio ombligo, a cultivar su propio ego, mientras surfean sobre los problemas importantes, con el único fin de mantenerse en el poder (los que ya están en él), o de alcanzarlo (los que aún no lo están). Para una vez alcanzado, invertirse las tornas: surfear sobre los problemas importantes los que ya han llegado a él, y alcanzarlo de nuevo los que han sido desalojados de el.

Necesitamos urgentemente líderes con un poco más de vocación de servicio y un poco menos de culto a su personalidad.

Ricardo Peña Marí

 

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Construir hombres de paja

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La expresión inglesa to build a straw man (construir un hombre de paja, o también un espantapájaros) se emplea cuando alguien deforma la posición de un oponente hasta la caricatura para poder luego derribar su argumento fácilmente. A la vez, por contradicción con la caricatura, la propia posición queda mejorada.

Tenemos abundantes ejemplos de este argumento falaz en el discurso de los partidos populistas. Es el caso de Podemos cuando califica de “casta” a todos los demás y ellos se colocan en la posición de “gente”, claramente más favorable. O cuando los británicos partidarios del Brexit acusan a la libre circulación de personas exigida por los tratados de la Unión Europea de todos los males que aquejan a los trabajadores del Reino Unido.

Es más fácil derribar un espantapájaros inventado que rebatir al oponente con argumentos. La democracia es similar a un curso universitario con muchas asignaturas, y votar es tan solo una de ellas. Otra, que por cierto los partidos independentistas catalanes se empeñan en suspender, es que no cualquier cosa se puede votar, sino tan solo aquello que entra en tu ámbito de competencia y no viola disposiciones de mayor rango, entre ellas la Carta Universal de los Derechos Humanos. Así como un municipio no puede votar por ejemplo romper las relaciones con Marruecos, los catalanes no pueden votar que Cataluña se independice de España. No es de su competencia. El derecho a decidir esta cuestión es competencia de todos los españoles. Una tercera asignatura de la democracia es debatir con honestidad y con argumentos, no con falsos fantasmas. Lamentablemente los debates en España, tanto en los medios como en el propio Parlamento, son de muy baja calidad y casi siempre las cuestiones de fondo quedan escondidas bajo densas cortinas de humo y abundantes espantapájaros.

Un ejemplo de ello fue el no-debate dentro del PSOE sobre su posible abstención ante la investidura de Rajoy. Los partidarios de la misma se escondían bajo la cortina de “no es posible gobernar con 85 diputados” y los partidarios del bloqueo que hubiera desencadenado unas terceras elecciones se escondían bajo la fórmula “queremos un gobierno de progreso que sea alternativa a la derecha”. Tuvo que ocurrir el cataclismo del Comité Federal del 1 de octubre para que finalmente se abordara el verdadero debate, debate que hasta ese momento todos habían esquivado cuidadosamente.

Al parecer el escarmiento no ha sido suficiente, porque se vuelve a empezar con los falsos debates. El ex-Secretario General Pedro Sánchez ha dado el paso de proponerse como candidato a las primarias –-a lo que tiene perfecto derecho—, y sus primeras palabras han sido para construir un nuevo hombre de paja: según él, los que eran partidarios de la abstención son la “derecha” del PSOE y nada menos que subalternos del PP. A la vez, son la “casta”. Para él se reserva la etiqueta de “izquierda”, la de defender un partido autónomo del PP, y el representar la voz de la militancia.

Es en mi opinión un mal comienzo. Otra asignatura de la democracia, y ya son cuatro, es admitir que la verdad no está toda de una parte, la propia, y admitir que hay al menos algo de verdad en el oponente. También incluye presuponer al oponente la misma buena voluntad y honestidad que uno se atribuye a sí mismo. Yo pienso que Pedro Sánchez se equivocó al enrocarse en el “no es no” y al abocarnos, de haber seguido su criterio, a unas terceras elecciones. Pero no le atribuyo ninguna mala fe. Sería deseable que él y sus partidarios tuvieran el mismo respeto por las posiciones que no comparten. Los que proponían la abstención lo hacían con la misma convicción de que esa era la opción menos mala para el país que los que proponían lo contrario. Estas etiquetas que deforman la verdad, estos hombres de paja en definitiva, excitan las pasiones de algunos militantes y dan lugar a lamentables espectáculos como los que se han producido recientemente en algunas agrupaciones del PSOE. También a respuestas desabridas por parte de algunos de sus dirigentes.

Lo que necesita el PSOE en estos momentos son verdaderos debates sobre las cuestiones de fondo, que no son la supuesta división entre dirigentes y militantes, ni la no menos supuesta división entre izquierda y derecha. Las verdaderas cuestiones a debatir son la pérdida de peso de la socialdemocracia en Europa (que es como decir en todo el mundo), la falta de alternativa ante los problemas de la globalización, la creciente desigualdad, el resurgimiento de los populismos, la desafección de la juventud con las instituciones, cómo hacer que los beneficios de la robotización alcancen a todos, la gestión racional de las migraciones, y tantos otros que es necesario abordar y también acertar con las alternativas.

Por eso, si Pedro Sánchez, Patxi López, o cualquier otro candidato o candidata que surjan de aquí a mayo, quieren hacer un servicio a su partido y a su país, deberían centrarse en estos problemas y en comunicar cuáles son sus propuestas para abordarlos. A la vez, deberían mantener un exquisito respeto a las opiniones de sus contrincantes, a los que han de suponer la misma buena voluntad que a sí mismos. Lo último que los militantes y los potenciales votantes desean ver en estos meses es una pelea de gallos, de falsas etiquetas atribuidas al otro, y de descalificaciones mutuas. Ahórrennos por favor por esta vez los falsos debates y los hombres de paja.

Ricardo Peña Marí

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