“La Casa”

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El escocés Adam Smith, en su magna obra El origen de la riqueza de las naciones (1776), fue el primero que demostró que la riqueza de las sociedades proviene del trabajo humano y no de la tierra, o de cualesquiera otros recursos naturales, como se creía hasta entonces. La división del trabajo en las sociedades modernas y el intercambio, permite a los individuos apropiarse de las horas de trabajo ajenas a cambio de las propias. El dinero, pues, no es otra cosa que un medio de intercambio de horas de trabajo, un medio que permite separar el acto de la venta de las horas propias (por ejemplo, con la percepción de un salario), del acto de la compra de horas ajenas (por ejemplo, intercambiando dinero por un kilo de carne).

Por tanto, cuando los (presuntos) golfos de este país, llámense Urdangarín, Rato, Matas, Cotino, Bárcenas, Blesa, Granados, o González, se apropian de dinero ajeno, se están apropiando de horas de trabajo de otras personas. Como casi siempre se ha tratado de dinero público, se han apropiado precisamente de las nuestras. Considerando un salario medio anual de 25.000 euros, cada millón que nos han robado (presuntamente, se entiende) ha de computarse como un pequeño ejército de 40 personas trabajando gratis para ellos durante un año. Con ese dinero, ellos han adquirido horas de trabajo en forma de coches de alta gama, vacaciones de esquí en Las Rocosas, cocineros, asistentas, chóferes, y hasta una escobilla de váter de 400 euros.

Aunque el aspecto psicológico no es el más relevante, llama la atención la ambición sin límites de estos personajes, su obsesión por acumular y por aumentar sin descanso sus “ingresos”, o sea su (siempre presunto) latrocinio. Leyendo las conversaciones grabadas a Ignacio González, uno tiene la impresión de que el cien por cien de su actividad consistía en el saqueo de las arcas públicas del Canal. Operaciones en Brasil, en Colombia, y hasta en Angola, negocios a medias con Eduardo Zaplana para adquirir empresas con las que blanquear lo obtenido, espionaje a su rival Cifuentes para buscarle puntos débiles con los que desacreditarla, etc. Es casi un milagro que tuviera tiempo para sus obligaciones institucionales como Presidente de la Comunidad de Madrid. Esta avidez por el dinero tiene todo el aspecto de una adicción, de una enfermedad, que como toda adicción, siempre demanda más y más de la sustancia adictiva. Nada es nunca suficiente para quien padece tal dependencia. Aunque no haya años en una vida humana para gastar tanto dinero.

Pero lo más relevante de lo que ha salido a la luz, son las evidencias de que la corrupción que anida en el Partido Popular ha llegado a instituciones sensibles, como es el aparato judicial. Las tramas corruptas, que hasta ahora involucraban a organismos gobernados por cargos electos, como los ayuntamientos y las comunidades autónomas, o a empresas contratistas con la administración, o al propio partido popular, que se ha financiado ilegalmente durante décadas, ahora ya cuenta con complicidades dentro de la justicia. Pone los pelos de punta leer cómo Ignacio González habla de una magistrada “de la casa” que le mantiene informado del progreso de las investigaciones contra él. O de cómo él ha “tapado” corruptelas de los que les precedieron, porque eran “de la casa”, y se lamenta de que la nueva Presidenta de la Comunidad no haga lo mismo con las suyas. Y desde luego enciende todas las alarmas ver los palos en las ruedas a la investigación que está poniendo el fiscal anticorrupción Manuel Moix, con la complacencia del Fiscal General José Manuel Maza, y del Presidente del Gobierno Mariano Rajoy, responsable de su nombramiento y único capacitado para su cese. Y además, empecinado en mantenerlos a pesar de su reprobación por la mayoría absoluta del Congreso.

Como observa agudamente Alex Grijelmo (EL PAIS 7.05.17), hasta un dirigente popular como Javier Maroto admite que Cristina Cifuentes ha sido “valiente” al denunciar a González, lo que significa admitir (aunque seguramente no era esa su intención) que existen riesgos por denunciar a alguien “de la casa”, y que hay muchos dirigentes populares no tan valientes que prefieren mirar para otro lado antes que enemistarse con su partido. Que existen riesgos es evidente tras haber aparecido “casualmente” investigaciones policiales y de la Guardia Civil que involucran a Cifuentes y al diputado autonómico Jesus Gómez (que denunció la cuenta en Suiza de Ignacio González) en presuntos delitos.

Si esa es la situación en el Partido Popular, es decir, si lo normal es mirar para otro lado y encubrir las corruptelas de los de dentro, y lo excepcional es ser “valiente”; si lo normal es que los valientes sean perseguidos por sus compañeros; si lo normal es poner magistrados y fiscales afines en los puestos clave para que sirvan de dique de contención a las investigaciones y para que filtren a los corruptos los avances de las mismas, entonces estamos ante un problema muy grave. Ante un problema sistémico y de país. No se puede permitir por más tiempo que esta situación permanezca, o incluso que avance, o corremos el riesgo de convertirnos en poco tiempo en una auténtica república bananera, en la que todo se podrá comprar con dinero.

“La Casa” se ha convertido en algo muy parecido a “la familia”, y el jefe de La Casa, en algo muy similar a “el Patriarca”, o mejor a “el Padrino”. El “Luis, sé fuerte” y los “finiquitos en diferido” no fueron sino los primeros indicios de algo mucho más profundo: que la corrupción está consentida y protegida desde las más altas instancias del Partido Popular.

Así las cosas, y dada la minoría parlamentaria del PP, parecería obvia la necesidad de armar un pacto del resto de las fuerzas para desalojar al PP del poder, ya que solo sería posible regenerar a dicho partido enviándole a la oposición, y sobre todo enviándole lo más lejos posible del BOE.

Y aquí tropezamos con nuestros peculiares partidos celtibéricos. Los de Ciudadanos no quieren desalojar al PP de la Comunidad de Madrid, ni quieren saber nada de un pacto con Podemos. Oscilan entre las promesas de regeneración y los hechos, que cada día desmienten tales promesas. Los de Podemos, dedicados a sus habituales números de circo, sin tener la más mínima intención de ser útiles a los cinco millones de ciudadanos que les votaron, despreciando al Parlamento y buscando los puntos débiles del PSOE, que en realidad es su verdadera obsesión. El PNV, aprovechando la debilidad del PP para obtener unos cuantos cientos de millones más para la ya generosamente sobrefinanciada comunidad vasca. Los partidos independentistas catalanes, dispuestos a pactar con cualquiera, y para lo que sea, siempre que les garanticen un referendum. Y el PSOE, dedicado a sus problemas internos y aplicando sus energías a protagonizar un choque de trenes de impredecibles consecuencias.

Como me decía un amigo, “aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo”, … “que voy a lo mío”. Eso es justo lo que deben de pensar en el Partido Popular.

Ricardo Peña Marí

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