Archivo mensual: enero 2013

Urgen propuestas de regeneración

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El 22 de enero tuvo lugar en la ASU un debate sobre Ciudadanía, nuevas formas de participación política, y batalla contra la corrupción, en la renovación programática del Partido Socialista. Las siguientes líneas, si bien expresan una opinión personal, tratan también de integrar muchas de las opiniones que allí se manifestaron.

1. El ciudadano ya no soporta mas

El goteo de casos de corrupción en el último año, culminado por el momento con los 22 millones en Suiza de Bárcenas y la sospecha de dinero negro en la cúpula del PP, ha terminado de exasperar a los ciudadanos. Perciben que, mientras ellos lo están pasando cada vez peor, con el paro instalado en su familia o en su entorno cercano, con sueldos menguantes en el mejor de los casos, soportando todo tipo de impuestos, precios y tasas públicas cada vez mas altos, con sus hijos universitarios teniendo que emigrar y con la angustia de no saber si el deterioro va a parar ahí o va a seguir mucho tiempo mas, en el mundo de la política, la banca y la gran empresa las cosas parecen suceder de un modo distinto.

Cuando no es un caso de presunto enriquecimiento ilegal a secas, como los numerosos de la trama Gürtel, o el del mismísimo yerno del Rey, es que un político es contratado por una empresa que él contribuyó a privatizar o a crear, como son los casos de Rato en Telefónica, y de Güemes en Unilabs. O es indultado un delicuente vial con la sospecha de ser favorecido por el entorno del Ministro de Justicia. O se descubre que un banquero falseaba sus dietas multiplicándolas por treinta. O un personaje como Carromero encuentra rápidamente un puesto a dedo en la Administración de 50.000 Euros al año, por el simple hecho de ser del PP. O los hijos de un famoso expresidente de comunidad autónoma parecen estar implicados en una evasión fiscal. O un partido político como UDC admite haber desviado cuantiosos fondos en su beneficio. Por no hablar del vergonzoso asunto de Carlos Divar y sus fines de semana caribeños en Marbella y de otros muchos parecidos vividos a lo largo de este último año.

El contraste abismal entre lo dificil que es todo para el ciudadano de a pie y lo fácil que parece resultar lo mismo para esta élite, ha terminado por desanimar completamente a aquel y por hacerle desconfiar del sistema mismo, de un sistema que le parece diseñado para favorecer a una casta de privilegiados. Aunque los comportamientos inmorales no son exclusivos de los políticos, ni involucran a la inmensa mayoría de ellos, es sobre los políticos sobre los que se descarga la mayor parte de la ira. Tal vez porque se espera de ellos un comportamiento ejemplarizante y porque a la postre viven de los impuestos de todos. Se ha acuñado el término “clase política” para referirse a una élite separada de los demás ciudadanos, que tan solo vela por sus propios intereses. Y este desprestigio, esta desafección, alcanza a todos los partidos, y muy especialmente a los dos que han sido Gobierno. Alcanza a todas las instituciones, a la democracia misma.

2. Y ya no valen paños calientes

Jose Ignacio Torreblanca afirma en El País del 20 de enero que el pacto entre representantes y representados se ha roto, que es inservible en estos momentos. Unos pocos políticos son culpables de inmoralidad flagrante y el resto de no haberla atajado con la suficiente firmeza. Ha desaparecido la confianza, se ha agotado el crédito. Y esto es muy peligroso porque abre la puerta a todo tipo de populismos y de “salvadores”. Corremos el riesgo de sufrir involuciones democráticas o estallidos sociales como ya está pasando en Grecia. Es urgente dar señales de que al menos uno de los dos grandes partidos desea revertir la situación. La tibia reacción del PP ante los mas que fundados indicios de financiación ilegal, fraude fiscal, y quizás tráfico de influencias en una parte de su estructura, permite albergar pocas esperanzas. Y el problema es que el desánimo que estos paños calientes producen en el ciudadano nos alcanza a todos. Se reclama desde algunos columnistas una catarsis etica (Fernando Vallespín, El País 18.01.13), una reforma de la Ley de Partidos y la necesidad de controles externos a los mismos. Si queremos que la sociedad vuelva a confiar en las instituciones, se necesitan actitudes firmes y no mas paños calientes. Cualquier actitud tibia en estos momentos será interpretada como un deseo de seguir manteniendo la situación, un deseo de que todo siga igual. Muchos ciudadanos, incluidos bastantes militantes de nuestro partido, desconfían de que esta regeneración provenga de los propios partidos. Los consideran juez y parte. Estiman que tendrían que renunciar a algunos de sus privilegios actuales, y que no van a tomar decisiones que les perjudiquen. Y sin embargo los socialistas sabemos que la regeneración tiene que venir necesariamente de la política.

3. El proceso hacia la conferencia política

Este año tenemos una inmejorable oportunidad para abanderar las propuestas de regeneración: nuestra Conferencia Politica del mes de octubre, y todo el proceso previo de su preparación. No podemos desperdiciar esta ocasión porque nos jugamos la credibilidad para muchos años. Si no damos respuesta al profundo hartazgo de la ciudadanía y nos dedicamos también a poner paños calientes, seremos considerados parte del problema y en consecuencia mereceremos la misma poca confianza que el PP. Muchos ex-votantes nos piden a gritos que demos signos de querer esa regeneración para poder volver a confiar en nosotros. Si los ciudadanos no pueden confiar en ninguna de las dos opciones que han sido gobierno hasta ahora, la inestabilidad, el populismo, u otras opciones aún peores, estarán servidos por mucho tiempo.

Aunque es verdad que necesitamos como país un profundo cambio ético en muchas de nuestras actitudes, llamémosles “latinas” (como el enchufismo, el amiguismo, el pequeño fraude, el no tan pequeño, el “con IVA o sin IVA”, etc), la regeneración no puede venir tan solo de la buena voluntad o de los grandes discursos éticos. Se necesitan leyes, controles, y consecuencias para los transgresores. Se necesita acabar con la opacidad, porque cuanta mas información conozca el ciudadano, mas dificiles serán los fraudes y los amiguismos. La Ley de Transparencia, actualmente a debate, es una de esas leyes, y es insuficiente en su actual redacción. Pero también necesitamos leyes que obliguen a todos los partidos a elegir democráticamente a sus dirigentes. Esto no puede ser algo voluntario, porque la sociedad otorga a los partidos mucho poder. Debería también ser posible fiscalizar el cumplimiento de los programas electorales. El incumplimiento flagrante o el emprender reformas importantes no anunciadas en el programa deberían ser perseguibles por Ley. Debemos proponer cambios en la ley electoral que desbloquéen las listas cerradas, que asocien a los candidatos al territorio y les fuercen a responder mas ante sus electores que ante las cúpulas de sus partidos. Necesitamos también terminar con las listas bloqueadas en nuestras eleccciones internas, de forma que los candidatos se ganen el prestigio ante sus bases, y no ante las ejecutivas. Necesitamos disminuir el número de candidatos a cargos públicos que sean “políticos profesionales”, es decir que no conozcan mas profesión que la del partido. La participación en cargos públicos debería ser en la mayoría de los casos un camino de “ida y vuelta” desde la sociedad. A pesar de los posibles riesgos, debemos inclinarnos por las primarias abiertas para elegir a todos nuestros cabezas de lista. Debemos limitar radicalmente el clientelismo de los partidos, su posibilidad por Ley de designar libremente puestos sostenidos con fondos públicos. Los ciudadanos no entienden por qué a ellos se les exige todo tipo de titulaciones y el superar reñidas oposiciones para poder alcanzar unas retribuciones que militantes sin especial cualificación de los partidos políticos consiguen con suma facilidad. Si los cargos públicos necesitan asesores y asistentes, ¿por que no nombrarlos entre los funcionarios y profesionales que ya existen en la Administración?

Estas son solo algunas posibles propuestas, por supuesto sujetas a debate junto con otras muchas. Pero no tengo duda de que en estos momentos hace falta un golpe de timón. De que después de nuestra conferencia política deberíamos aparecer ante la sociedad comprometidos con unas propuestas de regeneración claras, profundas y creíbles. El momento es crítico, pero también se abre ante nosotros una gran oportunidad. No deberíamos desaprovecharla.

Ricardo Peña Marí

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Acto próximo día 22 de Enero 18,45h

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“Ciudadanía, nuevas formas de participación política y batalla contra la corrupción, en la renovación programática del Partido Socialista” Con Rafael Simancas

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enero 17, 2013 · 7:57 pm

A vueltas con la fiscalidad

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La reciente entrada “Depardieu y la conciencia fiscal” en el blog de Rafael Simancas (http://rafaelsimancas.wordpress.com) da en mi opinión con un tema clave para la izquierda española, que debería ser objeto de la máxima atención en la alternativa programática que el partido pretende poner en pie durante este año 2013: la fiscalidad.

La imposición fiscal siempre ha tenido mala prensa en España y hasta hace poco se consideraba gracioso y una muestra de ingenio explicar cómo se habían ocultado ingresos al fisco en la declaración de la renta personal o empresarial. Igual de gracioso que relatar cómo se había hecho un viaje en coche Madrid-Valencia en tan solo dos horas, circulando muy por encima de la velocidad permitida. Afortunadamente esto último ha pasado progresivamente a ser visto como una muestra de irresponsabilidad y los “graciosos” se cuidan mas de alardear de estas proezas. En cambio, la defraudación fiscal se sigue viendo con alguna simpatía, o al menos con tolerancia.

Y si embargo, no hay mayor ataque a los derechos de todos que no pagar los impuestos que nos corresponden a cada uno. Los impuestos financian los servicios que presta el Estado, que van desde las carreteras públicas, hasta la atención sanitaria, la educación, las pensiones o la atención a los dependientes. Es también el principal mecanismo de solidaridad ente las personas que viven en una misma sociedad: a través de los impuestos, los que han resultado mas beneficiados socialmente contribuyen en mayor medida al bienestar de todos. De esta forma, los menos beneficiados pueden distfrutar de unos servicios que seguramente no podrían pagarse por sí mismos. Por eso la fiscalidad es quizás el terreno donde con mayor crudeza se evidencian las diferencias ideológicas entre izquierda y derecha: la derecha europea, y mucho mas la norteamericana, siempre intenta rebajar los impuestos, y en particular los de las rentas mas altas y los del capital. En consonancia, la postura de la izquierda debería ser intentar mantenerlos, exigir que paguen todos los que deben hacerlo, y que sean progresivos.

Hay que reconocer que en esta batalla vamos perdiendo. Seguramente, como dice Simancas, por una debilidad ideológica de la izquierda en este tema. Según relatan Economistas Frente a la Crisis en sus publicaciones, en los últimos decenios se han degradado los ingresos fiscales en toda Europa y muy especialmente en España. En 2012, los ingresos por impuestos y cotizaciones sociales apenas alcanzaron el 33% del PIB, mientras la media europea estuvo en el 40%, y países como Suecia en el 46%. En 2007 los ingresos se situaban en el 38% (el 41,5% en la UE-15). Dicha insuficiencia ha empujado a los países al endeudamiento, con las consecuencias de dependencia de los mercados por todos conocidas. En 2012, la partida mas importante del presupuesto español fue el pago de los intereses de dicha deuda, en torno a 40.000 millones, un 4% del PIB. Con ellos hubieramos podido evitar los dolorosos recortes que hemos sufrido en todos los capítulos. Desde un punto de vista racional, es ilógico pagar tan cuantiosos intereses por unos recursos que se pueden conseguir gratis en tu país con una fiscalidad suficiente. Al mismo tiempo, distintos estudios estiman que la cantidad anual no ingresada al fisco en España como consecuencia del fraude y la evasión fiscales se sitúa en torno a los 90.000 millones. Toda una paradoja: si, con la misma presión fiscal actual, consiguiéramos que todos pagaran sus impuestos y cotizaciones, tendríamos ingresos más que suficientes para sostener nuestro Estado del Bienestar, para activar políticas de crecimiento y para disminuir nuestra costosa deuda pública.

No es mi propósito llorar ahora sobre la leche derramada y autoflagelarrnos por no haber hecho lo suficiente en este tema durante nuestros años de Gobierno, aunque es evidente que esa crítica habrá que hacerla. Lo que es importante ahora es no volver a cometer los mismos errores y poner la fiscalidad y la lucha contra el fraude en un primerísimo plano de nuestras políticas futuras. La batalla, como asi ha de ser desde que formamos parte de la UE, hay que darla tanto en el frente europeo como en el nacional:

  • En Europa hemos de combatir el dumping fiscal, para que las empresas no encuentren ventajas en tributar en unos países frente a otros, luchar por la imposición de tasas a la especulación y a la contaminación, y por acabar con los paraisos fiscales en nuestro territorio (Suiza, Luxemburgo, Andorra, etc).

  • En España, además de combatir con firmeza el fraude, hemos de restablecer los impuestos de sucesiones y donaciones, restaurar sobre nuevas bases el eliminado impuesto sobre el patrimonio, obligar a un mínimo en el impuesto de sociedades, hacerlo progresivo en función de la facturación de la empresa, revisar la tributación de las SICAV, etc.

El objetivo sería llegar al menos a unos ingresos fiscales similares a los de la media europea. Hemos de invertir el discurso dominante en torno al ahorro en el gasto y hacer que el debate gire en torno al aumento de ingresos. Esa ha de ser la manera de izquierdas de abordar el déficit. Hemos de exigir que se hagan públicos los nombres de los defraudadores, y los de las empresas que utilizan su posición supranacional para evadir impuestos. Solo cuando nombres tan queridos como Google, Apple y Facebook se asocien a la insolidaridad y al egoismo, reaccionarán estas empresas y empezaran a tributar lo que les corresponde, como ha sucedido ya en el Reino Unido.

Finalmente, la exigiencia en el cumplimiento de los deberes fiscales ha de ir acompañada de una exigencia no menor en la eficiencia en el gasto público. Los despilfarros de las administraciones, las obras faraónicas e injustificadas, las infraestructuras infrautilizadas, la corrupción política y la abundancia de puestos a dedo en la administración, son otras formas de defraudar no menos perniciosas que no tributar, porque detraen recursos de los servicios esenciales para los ciudadanos. En la nueva etapa que se avecina, el partido ha de abanderar tanto el rigor en el cumplimiento fiscal como la lucha implacable contra la corrupción y el despilfarro. Cada Euro público ha de ser sagrado, tanto para exigir tributarlo como para gastarlo.

Ricardo Peña Marí, Secretario General de ASU-PSM

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