Un proyecto para España

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Este diciembre de 2015 y de elecciones generales, todos los indicios apuntan, y así lo recogen muchos análisis, incluidos los de nuestro partido, a que nos encontramos en una de esas encrucijadas de la historia en las que España ha de reinventarse como país.

La Constitución del 78 ha permitido una dilatada etapa de progreso económico y de paz social como España no había conocido en los últimos dos siglos. Pero el motor se está parando. A la tremenda crisis económica sufrida desde 2008, se han unido una crisis política e institucional y otra territorial. Las costuras están saltando a ojos vista, y como muestras basten la inflamación soberanista que está teniendo lugar en Cataluña, y la aparición en muy pocos meses de dos partidos salidos de la nada, que se han colocado en las encuestas a la par que los dos que han sido hegemónicos en los últimos treinta años.

Nuestro programa electoral habla de un proyecto de país para los próximos veinte o treinta años. Pareciera que en cada elección nos jugáramos el país, pero en esta ocasión esa afirmación parece más cierta que nunca. Al lado de propuestas que podríamos llamar de coyuntura, se encuentran otras de muy largo alcance. Entre las primeras se hallan las que pretenden combatir la desigualdad y la pobreza extremas que esta crisis ha dejado tras de sí. También las que tienen que ver con la regeneración de las instituciones, la lucha contra la corrupción y la reforma fiscal. Todas ellas muy importantes y necesarias, pero que no se extienden más allá de una legislatura.

Para hablar de las segundas, me voy a basar en el reciente número 253 de la revista TEMAS, que precisamente lleva por título ¿Qué proyecto para España? Junto a artículos de firmas muy relevantes, hay en dicho número una encuesta final a personajes de diferentes partidos y sectores sociales, que plantea cinco cuestiones, en dos de las cuales se les pide a los entrevistados enumerar respectivamente las debilidades y las fortalezas de España como país. Superando nuestro inveterado espíritu autodestructivo, son muchas las fortalezas que se mencionan y que merece la pena repetir aquí:

  • Somos un país del primer mundo, integrado en la Unión Europea y con una renta per cápita entre las treinta más altas del planeta (si los países fueran revistas de investigación estaríamos en el cuartil Q1, o con más precisión, en el percentil 15 de 100).

  • A la vez, tenemos una posición histórica y geoestratégica que nos permite ser puente con latinoamérica y también con el mundo árabe. Nuestro idioma, sin contar el chino, es el segundo más hablado en el mundo.

  • Tenemos una buena imagen internacional, como un país avanzado y a la vez seguro, con un clima y una gastronomía envidiables, bondades que nos hacen ser un destino turístico de primer orden (alrededor de 50 millones de visitantes cada año).

  • Tenemos muy buenas infraestructuras y una sanidad pública de una gran calidad, a pesar de los recortes sufridos estos últimos años.

  • Tenemos buenos profesionales en la sanidad y en muchas áreas de la ingeniería y la construcción (y buenos investigadores, añado yo, a pesar de la permanente cicatería que ha habido en la inversión en ciencia).

  • Nuestra población es exigente políticamente y quiere ser gobernada con decencia y con eficacia (si bien mucha parte de nuestra clase política no está a la altura de esa exigencia).

  • Algunas de nuestras grandes empresas son competitivas internacionalmente y, o bien exportan, o bien se han hecho transnacionales.

Junto a esos aspectos positivos, que nos animan a ser optimistas y a confiar en que sabremos afrontar los cambios necesarios, se enumeran una serie de debilidades y amenazas potenciales. Curiosamente, aquella en la que la mayoría coincide es en la incapacidad de nuestra clase política para llegar a acuerdos. En otras palabras, que nuestra mayor amenaza somos nosotros mismos. Y esos acuerdos serían imprescindibles en ámbitos como la educación, el tema energético, la I+D+i, y la estructura territorial. Otra debilidad importante es nuestro sistema productivo, incapaz históricamente de generar suficiente empleo y dispuesto en cambio a destruirlo masiva y rápidamente en épocas de crisis. También la educación, en especial la secundaria y la FP, alejadas de los parámetros europeos, y finalmente nuestra demografía de bajísima natalidad, que es una amenaza a medio plazo para nuestro sistema de pensiones.

Como prima lo positivo sobre lo negativo, mas que de mesarse los cabellos ante este cúmulo de dificultades, parece llegado el momento de afrontar los desafíos que tenemos delante como lo que son, como una gran oportunidad para eliminar las ineficiencias, para desprendernos de lo que nos frena, y para poner el país sobre nuevos raíles que nos proporcionen otros cuarenta años de prosperidad y de convivencia colaborativa y provechosa para todos.

Nuestro programa apuesta, por primera vez con mucha convicción, por basar nuestro modelo productivo en el conocimiento, en la ciencia y en la educación. Por invertir de forma sostenida en I+D. Por potenciar nuestra industria mas innovadora, por favorecer la competencia y por eliminar las trabas de los mercados. Por combatir el capitalismo de amiguetes y los oligopolios como el de la energía, que suponen un pesado lastre a la competitividad y a la innovación. Y por realizar una transición energética hacia una economía descarbonizada, donde el transporte tienda a electrificarse y la electricidad se pueda generar mediante fuentes renovables. Además de ser coherentes con la lucha contra el cambio climático, esta orientación nos hará menos vulnerables al exterior y mejorará nuestra balanza comercial (actualmente gastamos 45.000 millones en importar petroleo). También nos proporcionará más crecimiento y mejores empleos.

Pero para que este profundo cambio pueda producirse, los socialistas tenemos que ganar el día 20. No basta con quedar los segundos, y menos aún los terceros. El cambio que España necesita no lo va a traer Ciudadanos, ni mucho menos el Partido Popular con el apoyo de los primeros. Porque esto es lo que va a suceder si queda primero el PP, que Ciudadanos le apoyará, quizás a cambio de algún gesto simbólico como pedir a Rajoy que se vaya. Pero las derechas nunca se plantean proyectos de país, sino que tan solo aspiran gestionar lo que hay y a mantenerse en el poder el mayor tiempo posible. Para que no haya duda de quien debe formar gobierno, el PSOE debemos ser los primeros el día 20. Solo así podremos promover y gestionar el cambio que aquí he descrito.

Y eso exige sacudirse las inercias y convencer a mucha gente en las dos semanas que faltan.

Ricardo Peña

Secretario General de ASU-PSOE-M

 

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1 comentario

Archivado bajo universidad

Una respuesta a “Un proyecto para España

  1. José Jesús de Bustos Tovar

    Estoy de acuerdo en términos generales con el contenido del “blog”, aunque yo formularía algunas observaciones. En primer lugar, una cuestión formal: ¡ya está bien de la frase “proyecto de país”; es una pedantería que falsea la realidad: los países se hacen a través de la historia y en sucesivas generaciones. ¿Por qué no emplear la frase “proyecto o programa político para nuestro país o para la España actual”? Es algo más modesto, pero más realista. Otra cuestión: no basta con decir que somos los mejores y los únicos capaces de “salvar” a España. ¿no sería más realista proclamar que proponemos unas fórmulas razonables de base socialdemócrata para disminuir las enormes desigualdades generadas por la derecha? Por último, si alguien cree que con las listas de candidatos/as en “cremallera” se van a ganar votos, estamos listos… Nuestros adversarios no sólo los restantes partidos sino la mediocridad de la que están dando pruebas algunos de nuestros principales candidatos en la campaña electoral. Sin una autocrítica sincera, los ataques dialécticos a los demás, por muy fundados que estén, continuarán “gozando” de falta de credibilidad social.
    J. Jesús de Bustos

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