Apuntes para el debate territorial

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Nuestro partido ha propuesto una reforma de la Constitución que, entre otros temas, pone el énfasis en completar nuestro Estado Autonómico con algunas reformas de corte federal. El objetivo no es otro que buscar un encaje en el que todos los pueblos de España se sientan cómodos, tratados con justicia, y a la vez unidos en un proyecto común.

A veces es útil repasar la historia para poner en perspectiva los problemas del presente. Con frecuencia se descubre que los mismos problemas aparecen una y otra vez de forma recurrente y casi siempre provocados por las mismas causas. Estas notas repasan la formación de nuestro Estado, y tratan de arrojar alguna luz sobre el problema territorial actual, cuya agudización creciente es una amenaza para nuestra convivencia.

A partir del siglo XI, los núcleos feudales hispano-cristianos empiezan a tomar forma de reinos. Así, se forman el de Castilla y el de Leon, más tarde unidos en unidos en uno solo, el de Navarra y el de Aragón, que absorbe a los condados catalanes, entre ellos el de Barcelona. A veces cooperan en la empresa común de arrebatarles tierras a los musulmanes, y a veces luchan entre ellos. Por ejemplo, Navarra es conquistada durante un siglo por Aragón y Castilla. Así transcurren cinco siglos en los que los reinos evolucionan por separado, con instituciones y leyes diferentes, con sus propias monedas y en algunos casos con una lengua romance distinta. La ensalzada unión nacional conseguida con Isabel y Fernando tiene mucho de mito: ambos co-reinaron en Castilla y Aragón, pero un castellano seguía siendo un extranjero en Aragón y viceversa. Su matrimonio fue una más de las uniones dinásticas de la época: Juan II de Aragón favoreció la unión de su hijo Fernando con la heredera de Castilla para hacer frente a la pujanza de Francia. A la muerte de Isabel, esta dejó la corona de Castilla, su corona, a su hija Juana. El azar quiso que esta enloqueciera, que sus otros dos hermanos murieran, y también falleciera su marido Felipe el Hermoso, y que la corona retornara a Fernando hasta la mayoria de edad del infante Carlos. Fernando tuvo un hijo de un nuevo matrimonio, que también murió. Ello hizo que Carlos heredara los dos reinos. A pesar de que con Felipe II, incluso Portugal se añadió al resto de las coronas, todos los reinos siguieron manteniendo su personalidad, sus fueros, monedas y fronteras hasta el siglo XVIII. Es con el primer Borbón, con Felipe V, cuando España empieza a construir un Estado en el sentido moderno, y para ello tuvo que eliminar muchas resistencias de los antiguos reinos medievales. La guerra que hubo de librar con Aragón y Cataluña no se explica por reivindicaciones nacionalistas, sino porque estas regiones apostaron por el rey equivocado, un Habsburgo. Si hubiera perdido Felipe, quizás Calatuña hubiera pasado a formar parte del imperio Austro-Hungaro.

Durante todo el XVIII y gran parte del XIX, España se construye como nación, también luchando contra el invasor francés. Las reivindicaciones nacionalistas solo aparecen con fuerza a partir de 1890. El contexto es el de la Restauración impuesta por las armas tras el sexenio democrático 1868-73, con un Estado centralizado que deja pocas libertades, y que ahoga el auge económico de las regiones más industriales. A la vez, España como proyecto está en decadencia con la pérdida de las colonias y de su peso en Europa. El problema nacionalista ya no se apagará durante el primer tercio del XX, y es con la Segunda República que encuentra por fin una válvula de escape en los estatutos de autonomía de Cataluña y del País Vasco. Tras el largo paréntesis de la guerra civil y la dictadura de Franco, nuestra Constitución actual trata de realizar de nuevo el encaje de estos territorios con la invención del Estado de las Autonomías.

Las demandas nacionalistas se atemperan cuando España vuelve a tener un proyecto (la democracia, la integración en Europa), y crece económicamente tras las dificultades de la Transición. Y se acrecientan de nuevo cuando perdemos ese proyecto con la crisis y el austericidio impuesto por el Gobierno actual en manos conservadoras. Las razones del deseo de independencia son siempre las mismas: la primera, y según expone acertadamente Juan Ignacio Crespo en EL PAÍS del 17.11.14, que en épocas de crisis las regiones ricas no quieren cargar con el lastre de las mas pobres y prefieren salvarse solas; la segunda, que no quieren que las leyes que emanan del Estado central recorten su libertad de autogobernarse.

Mucho se ha teorizado sobre las naciones que no tienen estado y no es mi propósito entrar en estos debates esencialistas. Las dos guerras mundiales dan buena cuenta de adonde pueden llevar los nacionalismos exacerbados. Coincido con los que piensan que la nación de uno es la que te da derechos de ciudadanía y protección en la enfermedad y en la vejez, y no tan solo una bandera y una lengua. Y para mi está claro que esos derechos están más garantizados estando juntos que separados. Ambas partes, Cataluña y el resto de España, perderían mucho si se separasen. Por tanto, el problema consiste en cómo encontrar un encaje que satisfaga a todos.

Organizar un país como España, con la larga historia de sus reinos pasados, y con 45 millones de personas, no es lo mismo que organizar Dinamarca o Finlandia, mucho más pequeñas y homogéneas. El modelo tiene que combinar descentralización y autogobierno para muchas competencias no estatales, reconocimiento de hechos diferenciales, y a la vez igualdad de derechos para todos los ciudadanos, vivan donde vivan. El reparto de los impuestos ha de ser pues cuidadoso. No tiene lógica el sistema actual en el que regiones con elevada renta per cápita reciben significativamente menos financiación per cápita que otras regiones más pobres. Habría que pensar en fórmulas que, una vez atendidos por igual los derechos básicos, permitan que una parte de la riqueza se quede en la región donde se genera. Ello establecería un principio de competencia entre regiones que podría ser saludable. En otras palabras, me parece razonable y no injusto respetar el llamado principio de ordinalidad.

Queremos estar juntos, pero queremos estar bien, y ser tratados equitativamente. Por ejemplo, Andalucía no se sentiría cómoda si no se garantizara que su sanidad y educación públicas recibirán la misma financiación per cápita que Cataluña. Como Cataluña no se siente cómoda ahora cuando sus servicios reciben menos fondos que los de Extremadura. Como algunos no nos sentimos cómodos con la ridícula contribución del País Vasco a los gastos comunes del Estado. Se trata pues de sentarse y de hablar. No tenemos otra salida y es inútil que el Gobierno se resista, o siga retrasando el problema. Ya se han alimentando las tensiones durante demasiado tiempo y podríamos traspasar la línea de no retorno. Y entonces, a ver quien lo arregla.

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

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