Signos civilizatorios

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Como continuación de la anterior entrada de este blog (Un mito para España), quiero precisar más algunos de los signos que distinguen a un país civilizado, o que aspira a serlo, de otro al cual le queda aún camino por andar.

Empiezo por la biología, como justificación última de lo que hoy llamamos civilización. El éxito de los humanos como especie se ha debido, además de a su inteligencia superior, a su capacidad para cooperar. Desde los tiempos prehistóricos, los humanos han vivido en colectividades más o menos amplias y han sido capaces de dividir el trabajo entre los individuos del colectivo, con el fin de ser más eficientes. Incluso en esa etapa inicial, han manifestado solidaridad de grupo con los individuos más débiles (enfermos, ancianos, etc.), que de otro modo no hubieran podido sobrevivir. Dando un salto hasta nuestros tiempos, es claro que los humanos trabajamos los unos para los otros, tanto dentro de un país como entre distintos países, y que un individuo aislado no podría llevar a cabo por sí mismo todas las tareas que requiere el nivel de vida del que disfruta en colectividad.

Ser civilizados empieza por reconocer este hecho básico de nuestra mutua dependencia como individuos. Los comportamientos corruptos, abusivos, molestos, o simplemente pícaros, desestabilizan este pacto implícito. Si uno roba, o se aprovecha del resto en algún sentido, genera violencia en la colectividad, porque los demás no estarán dispuestos a trabajar para los vagos y los ladrones, ni a que les quiten sus derechos o su tranquilidad en beneficio de otros.

Las leyes, y las normas y convenciones sociales de todo tipo que nos damos, tratan de proteger los comportamientos que son beneficiosos para la colectividad y de castigar los perjudiciales. Eso es lo que llamamos civilización. Hay numerosos ejemplos de signos civilizatorios, desde el más humilde de saludarse por las mañanas, o de ceder el paso al atravesar una puerta, hasta el de ser íntegros en la gestión de los bienes públicos, o en los del patrono privado, o respetar a los demás conductores en el tráfico rodado, o cumplir cabalmente con nuestro trabajo, sea este para una empresa o para la administración. Para mi, el mayor signo de civilización es el de pagar rigurosamente los impuestos que a cada uno le corresponden, porque ese pago expresa como ningún otro signo nuestro reconocimiento de que vivimos en colectividad, y de que debemos contribuir al sostenimiento de los servicios comunes.

Pero quiero centrarme en tres signos de civilización en los cuales nuestro país es bastante deficitario. Ninguno de los tres cuesta dinero, sino que su práctica depende básicamente de nuestra voluntad. Además tienen una estrecha relación con la vida municipal y por tanto con las elecciones que se avecinan. En mi opinión, nuestro partido debería prestar más atención a ellos en sus programas municipales.

El primero de ellos es el de contribuir a la limpieza de los lugares públicos. En el caso de Madrid, está muy claro que el gobierno municipal ha hecho dejación de sus funciones y que la suciedad de las calles ha llegado a extremos insoportables. Pero no es menos cierto que si observamos la composición de esa suciedad, la gran mayoría está provocada por los comportamientos incívicos de una buena cantidad de individuos (no les llamo ciudadanos, porque no se comportan como tales). No hay servicio de limpieza que pueda mantener limpias las calles si muchas personas se empeñan en arrojar todo tipo de desechos al suelo, o en dejar sus bolsas de basura en lugares y a horas inapropiados. Y eso tiene que ver, por supuesto con la educación, pero también con la insensibilidad y la tolerancia al fenómeno por parte del resto de los ciudadanos. Es muy probable que si uno arrojara una lata al suelo en Estocolmo, más de un transeúnte se indignaría y afearía ese comportamiento. En Madrid en cambio, vivimos en medio de la inmundicia y todo el mundo aparenta estar cómodo. Vivir entre basura nos aleja de la civilidad y nos acerca a la barbarie, y en mi opinión deberíamos hacer todos los esfuerzos para recuperar nuestra dignidad en este asunto. Eso pasa por la acción municipal en todos los frentes: por supuesto, en el de dedicar recursos, pero también en realizar campañas de concienciación y en aumentar la vigilancia y las sanciones a los que incumplan las normas.

El segundo signo se refiere al ruido. Somos una sociedad excesivamente ruidosa. Aceptamos como normal que en un restaurante o en un bar todo el mundo hable a lo máximo que da su garganta, cuando es evidente que si nadie levantase la voz en exceso, todos se entenderían mejor y con menos esfuerzo. Las madrugadas están plagadas de personas que salen de sus cenas o fiestas hablando a gritos y despertando a sus vecinos. En los autobuses, trenes y restaurantes, se entrecruzan las conversaciones de los que hablan con su móvil como si estuvieran solos, y así hasta infinitos comportamientos donde molestar a los demás con nuestros ruidos parece ser lo natural. Y sin embargo basta viajar un poco para darse cuenta de que la tolerancia al ruido excesivo y gratuito es menor cuanto más civilizado es un país. Por ejemplo, la iniciativa del AVE de tener vagones donde se prohíbe hablar por el móvil, hace años que está implantada en Dinamarca en todos sus trenes. No molestar con nuestros ruidos es otro signo civilizatorio, de respeto a los demás, de admitir que vivimos en sociedad y que dependemos unos de otros.

El tercer signo civilizatorio que quiero destacar es la sensibilidad al sufrimiento de los animales. No me refiero a renunciar a ser carnívoros y a matar animales para nuestra alimentación, que a mi al menos me parece una ley inevitable de la naturaleza (pero hay amplios colectivos que opinan lo contrario). Me refiero al daño gratuito que se inflige a los animales, supuestamente para nuestra diversión. Ahí están las tradiciones del Toro de la Vega en Tordesillas, en el que un toro es muerto a lanzazos por los mozos del pueblo tras una larga persecución, o el Toro Embolado de Cataluña en el que se prende fuego a los cuernos del animal y se le suelta enloquecido por las calles, y muchas otras tradiciones similares, en las que incluyo las corridas de toros. Disfrutar con el sufrimiento y muerte de un animal sensible al dolor y a la angustia es como mínimo para hacérselo mirar. En mi opinión no está muy lejano al disfrute que experimentaban nuestros ancestros con las luchas a muerte entre gladiadores en los circos romanos. Nadie diría hoy que ese comportamiento era civilizado.

Me refiero también a los 300.000 perros que los españoles abandonamos cada año a su suerte. Su “suerte” será primero la soledad y luego la muerte, ya que se trata de seres dependientes de los humanos, diseñados por nosotros para hacernos compañía. Cualquiera que haya convivido con un perro sabe que experimentan alegría y dolor, y que son muy sensibles al cariño de sus dueños. Abandonarlos, además de una cobardía, es un acto de profunda insensibilidad y barbarie. No digo ya matarlos a pedradas, o colgarlos de los árboles, como hacen algunos cazadores cuando ya no les sirven. En países como Alemania e Inglaterra, se reconoce esta simbiosis entre los humanos y sus mascotas, y los perros son admitidos en los transportes públicos y en muchos restaurantes. También hay que decir que a ningún dueño se le ocurre dejar los excrementos de su perro en la calle. Otro signo civilizatorio, del que por aquí andamos escasos.

Mi intención no es decir que estos problemas sean los más importantes que nos acucian. Por supuesto, son más importantes el paro y la pobreza que se extienden en nuestra sociedad, la violencia de género, y muchos otros. Pero en mi opinión, la sensibilidad ante las actitudes bárbaras no es troceable. Si no nos conmovemos ante el sufrimiento de un animal, o no somos sensibles ante la suciedad y el ruido gratuito, es cuando menos dudoso que lo seamos ante el sufrimiento de un ser humano.

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

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