¿Qué se hizo de la lucha de clases?

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Este término procede de la teoría marxista, y si preguntamos a nuestros conocidos y compañeros de trabajo, especialmente si se declaran “apolíticos”, muchos afirmarán que es un término obsoleto y que hoy en día no es aplicable. Ahora, asegurarán, lo que prima es la capacidad técnica, la mayor o menor eficacia en la gestión de lo público. Los más osados dirán también que los calificativos “izquierdas” y “derechas” ya no se llevan, que ya no hay obreros, que el término partido obrero está anticuado y que las diferencias entre unos partidos y otros son de matiz.

 

 

La larga crisis que padecemos está desmontando rápidamente este discurso, y cualquier observador no cegado por la ideología puede apreciar cuáles han sido las prioridades de unos y otros partidos ante la crisis. Pero mi interés en estas líneas es preguntarme si realmente sigue habiendo lucha de clases en la acepción marxista del concepto.

 

 

Según Marx y Engels, la primera lucha de clases fue la rebelión de los esclavos contra la República de Roma. La mayor parte de los bienes y servicios eran producidos por ellos, y sólo la dominación mediante la extrema violencia lograba que esta clase social fuera explotada en beneficio de los llamados ciudadanos libres. La democracia griega y romana tan solo alcanzaban a estos últimos. Algo parecido sucedió en la Edad Media, donde el poder político, militar y judicial estaba en manos de los reyes y los nobles. De nuevo, los que producían la riqueza, los siervos de la gleba, recibían una mínima parte de ella. La mayor parte de su trabajo iba a alimentar las lujosas formas de vida de una clase improductiva, la nobleza. Sus derechos eran mínimos, hasta el punto de que eran comprados y vendidos con la tierra. La revolución francesa sería la expresión de la lucha de esas clases oprimidas, que en ese momento no solo eran los que cultivaban la tierra, sino tambień la cada vez más poderosa burguesía que había ido creciendo en riqueza desde el Renacimiento y a la que el modo de organización feudal le suponía un insoportable corsé. El marxismo deducía de esta secuencia histórica que, de igual modo, los asalariados se rebelarían un día contra el capital y acabarían con su explotación, instaurando una sociedad sin clases, tras un periodo regido por una dictadura del proletariado, al que llamó “socialismo”.

 

 

Lo que no previó Marx fue que la revolución burguesa también trajo la democracia y que esta había llegado para quedarse. A pesar de que la dominación del capital se ejerció frecuentemente durante los siglos XIX y XX mediante dictaduras, algunas tan crueles como los regímenes fascistas de la Europa de los años treinta, a la larga la democracia siempre volvió. Una vez probada esta forma de gobierno, los pueblos civilizados no se resignaban a vivir de otro modo. Las dictaduras comunistas, supuestamente ejercidas en nombre del pueblo, también siguieron el mismo camino y la democracia regresó a esos países. A pesar de retrocesos ocasionales, podemos afirmar que la democracia ha avanzado en el mundo durante el siglo XX. No solo por el número de países incorporados a ella sino también por la evolución de las formas democráticas dentro de cada país. Inicialmente fueron censitarias, en las que tan solo votaba una parte de la población a partir de un nivel de renta. También al principio solo fueron masculinas. Hoy casi todas las democracias se basan en el voto universal e igual para todos, sin ninguna otra distinción.

 

 

Pero, ¿democracia es sinónimo de ausencia de explotación? Si se prefiere, podemos obviar esa palabra por sus reminiscencias marxistas. Pero si la sustituimos por “apropiación abusiva de rentas”, podemos decir que no solo no ha desaparecido sino que se ha agravado en las sociedades modernas. Lo que ocurre es que hoy esa apropiación se ejerce de un modo más sutil, respetando en muchos casos las reglas democráticas. Tampoco hay una sola clase explotada, es decir víctima de la apropiación abusiva, ya que a los obreros asalariados hay que sumar los funcionarios, los pequeños empresarios, los comerciantes, los profesionales libres, etc., que son los que generan la práctica totalidad de la riqueza.

 

 

La clase que hoy ejerce la apropiación abusiva se concentra en el sistema financiero. Este sistema surgió inicialmente para canalizar el ahorro hacia las inversiones productivas, en la época en que el capitalismo era fundamentalmente industrial. Pero esta clase ha evolucionado hasta hacerse con el control total del sistema capitalista y hoy sirve sobre todo a sus propios intereses. La crisis que hoy padecemos tiene su origen en los abusos de esa clase financiera. Con un par de clics del ratón del ordenador, individuos de esa clase mueven miles de millones de dólares instantáneamente, alteran el precio de las materias primas y de los alimentos básicos, y hacen subir y bajar el precio de las deudas soberanas a su conveniencia. Los estados han de pagar cuantiosos intereses por sus abultadas deudas a costa de recortar el nivel de vida de sus ciudadanos. Podríamos decir que hoy la apropiación abusiva se ejerce a nivel planetario.

 

 

Pero hay más formas de apropiación abusiva, en parte derivadas de la anterior: no otra cosa son los sueldos desorbitados y las jubilaciones blindadas de los ejecutivos bancarios, cuya cuantía depende de cómo de bien se presten al juego de casino en que se ha convertido una parte del negocio financiero. Y bajando progresivamente en la escala, tenemos a los que especularon con el suelo y la burbuja inmobiliaria, a los políticos que se corrompieron en ese juego, a las empresas que corrompieron a los políticos, y así sucesivamente. Y a escala más local, tenemos las privatizaciones de hospitales y de otros servicios, y las puertas giratorias, diseñadas ambas para que se enriquezcan algunas empresas y algunos políticos a costa de los impuestos de todos y de la degradación de esos mismos servicios. Y muchas prácticas legales, y todas las prácticas corruptas, que esquilman el erario público, bien detrayendo recursos del mismo, bien no ingresando los tributos debidos. La realidad es que nos están robando a todos los que ejercemos nuestro trabajo de forma honrada y pagamos los impuestos que nos corresponden. Todo ello configura una amplia clase ociosa, que no produce nada, y que tan solo se aprovecha de las instituciones y de los resquicios que deja la democracia para apropiarse de las rentas que otros generan con gran sacrificio.

 

 

No ha cambiado pues la esencia de la lucha de clases, tan solo han cambiado las formas. Parece por tanto que en toda época histórica ha habido grupos sociales que se han aprovechado del trabajo de la mayoría de la sociedad. Inicialmente ejerciendo la violencia, después otorgando un salario miserable a cambio del trabajo de otros, y finalmente atesorando un capital con el que manejar los ahorros muchos miles de ciudadanos a través de la especulación y la información privilegiada, o bien explotando las lagunas del sistema democrático.

 

 

La ventaja frente a otras épocas es que ahora la mayoría tenemos la palanca con la que corregir estos abusos sin necesidad de violencia. Y la palanca se llama democracia, se llama política. Los abusos se producen allí donde no llega la política, allí donde no llega la transparencia, donde no llega el control democrático. Lo que necesitamos es más democracia, más política, más control ciudadano. Y no solo a nivel local, sino también a nivel global, pues la regulación financiera escapa a las posibilidades de un solo país. Tan solo tenemos que darnos cuenta de cuáles son los partidos que juegan a favor del oscurantismo, de la falta de control, en definitiva de que se sigan enriqueciendo los abusadores, y de cuáles son los partidos que pretenden lo contrario. Una vez comprendido, es fácil.

 

Ricardo Peña, Secretario General de ASU-PSM

 

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