“Que le den a la troika”

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Ese es el nombre del movimiento civil que ha movilizado recientemente a millones de portugueses contra la visita de los inspectores de “la troika” (el FMI, el BCE y la Comisión de la UE), que venían a comprobar si se estaban cumpliendo las condiciones del “rescate”. Lo más preocupante es que los manifestantes protestaban contra los draconianos ajustes exigidos, entonando el Grândola Vila Morena, un himno sagrado para los portugueses, que simboliza su lucha contra la dictadura salazarista y la “revolución de los claveles” que acabó con ella. Es decir, es la izquierda sociológica -que no la encarnada por los partidos- la que se rebela contra la política europea.

 

 

Portugal ha congelado su gasto público, la pobreza ha alcanzado a un 25% de la población, tiene un 18% de paro, el salario medio está en torno a 850 Euros, y su PIB descendió un 3,8% en 2012. Aun así, un portugués ha de pagar 20 Euros para acudir a una consulta de urgencias. A otros países “rescatados” (Grecia, Chipre, Irlanda) no les va mejor, y países como España e Italia, en la frontera del rescate, continuamos en recesión y sin perspectivas de mejora. El conjunto de la eurozona decrecerá un 0,3% en 2013, frente a un crecimiento cercano al 2% de estados Unidos, el país origen de la crisis. ¿Qué más necesitan los dirigentes europeos para reconocer lo equivocado de su política?

 

 

Las recientes declaraciones de dicha troika sobre España son paradigmáticas: Según Olli Rehn, Comisario Económico y Vicepesidente de la Comisión, “España presenta graves desequilibrios”. Se refiere a nuestra alta tasa de paro, a los elevados intereses que pagamos por nuestra deuda y al alto nivel de ésta. Es como si los mismos que te están ahorcando te reconvinieran diciendo que cuides tu salud porque se te está poniendo mala cara. Dicho lo cual, añade sin complejos que debemos dar una vuelta más de tuerca, subiendo impuestos (más), recortando las pensiones (más) y abaratando (más aún) el despido improcedente. Él, que es un hombre educado, le llama “reformas estructurales”.

 

 

A Europa la crisis le ha cogido a mitad de camino: ni cada país es autónomo para realizar las políticas clásicas de devaluación de su moneda e inyección de liquidez por parte del Estado, ni las instituciones europeas están lo suficientemente unificadas para hacer esas políticas a nivel regional. En cambio, países como Estados Unidos, Reino Unido y Japón, pueden hacerlas y las hacen, porque son soberanos sobre su moneda. En esas condiciones, sin nadie que nos defienda, los mercados financieros nos imponen a los países periféricos, los eslabones más débiles, las condiciones que quieren.

 

 

Europa, no solo no crece, sino que se fractura. Dentro de ella se ha abierto una brecha cada vez más difícil de cerrar entre países deudores y acreedores. En ausencia de una estructura política fuerte y unificada, han resurgido con fuerza los nacionalismos: los países del norte miran con recelo a los del sur, y estos echamos la culpa de nuestras desgracias a los del norte. Como se decía en un reciente encuentro organizado por la Fundación Sistema, la eurofobia, que siempre ha sido patrimonmio de la derecha, se abre paso también en la izquierda. Y para muestra, basta ver el ejemplo de Portugal.

 

 

¿Que posición debemos tomar ante este estado de cosas? ¿Tiene sentido defender a Europa cuando esta Europa nos ahoga? ¿Debemos ser europeistas cuando las capas de la población a las que representamos lo son cada vez menos? Las elecciones Europeas están al vuelta de la esquina (2014), y si la situación no mejora podría ocurrir muy bien que hubiera una abstención del 60 o el 70%. En mi opinión, el partido debe decir bien claro que no queremos esta Europa. Una Europa en la que quienes toman las decisiones no están sujetos a un control democrático; una Europa en la que el Parlamento elegido por todos tiene menos poder que un funcionario nombrado a dedo como Mario Draghi; en la que el Gobierno (si se puede llamar así a la suma de los primeros ministros) no responde ante el Parlamento. Una Europa en la que unos socios imponen a otros condiciones peores que las que se imponen a los países vencidos en una guerra. Hemos llegado a un punto en el que, o Europa da un golpe de timón hacia una integración política efectiva y un sistema democrático federal con rendición de cuentas, elección del Presidente, control al gobierno, etc. o deberemos dejar claro que una Europa como la actual, dominada por los intereses financieros de los países acreedores, no nos interesa. Incluso sugiero que como estrategia negociadora deberíamos tener alguna política de recambio, algo así como construir la Europa del Sur, si es que esto tiene algún sentido. Otra Europa sí merece la pena, pero si eso no es posible, me sumo al grito de los portugueses: que le den a la troika.

 

Ricardo Peña Marí, Secretario General de ASU-PSM

 

 

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