El discurso de la resignación y su anti-discurso

 

 

 

 

 

 

Con motivo de las convocatorias del 25-S ante el Congreso de los Diputados, hemos asistido estos días a una espiral de despropósitos que es necesario analizar, porque detrás de ella se esconde una batalla ideológica que los socialistas debemos librar si no queremos que el discurso del desánimo se imponga entre los ciudadanos.

Los convocantes rozaron ligeramente la ilegalidad al elegir el lema “tomemos el Congreso” y al convocar un día en que estaba reunido el pleno. Es verdad que luego se limitaron a rodear el congreso y que sus manifestaciones fueron autorizadas sin problemas por la delegada del Gobierno.

En la siguiente vuelta de espiral, la policía carga de forma indiscriminada y con gran violencia, entrando en comercios, bares, y en los andenes de la estación de Atocha. En El País del domingo 7 se nos informa muy adecuadamente de que las cargas son ordenadas por la autoridad política y que la policía hace en todo momento lo que esta ordena. La responsabilidad del Gobierno es clara entonces. Hay también testimonios gráficos de que algunas vallas fueron derribadas por encapuchados que luego colaboraban con la policía. ¿Se trata de una actuación espontánea de algunos policías descontrolados, o es una estrategia policial acordada por sus mandos? Este es un extremo importante que habría que aclarar en sede judicial.

La siguiente vuelta de tuerca la da el Ministerio del Interior al intentar imputar a los detenidos por un delito de sedición y de asalto a las instituciones, cuya pena podría llegar a varios años de prisión. No hay duda de que el objetivo es dar un escarmiento a los convocantes y reforzar el discurso del miedo que el Gobierno viene manteniendo hacia los que se manifiestan contra sus políticas (los “malos” ciudadanos del Sr. Rajoy).

El juez Pedraz paraliza esta estrategia y desautoriza al Ministerio, al tiempo que critica las desproporcionadas pretensiones de la policía. Comete el error de deslizar un juicio personal en el auto, aludiendo a la “convenida decadencia de la llamada clase política”. Contra ese error arremete el diputado del PP Rafael Hernando, tildando de “pijo”, “ácrata” e “indecente” al juez. Estimo que esta reacción violenta es más por haber puesto freno a la estrategia de amedrentamiento que por el desliz del juez.

Detrás de la espiral descrita aparece crudamente la batalla ideológica en la que estamos inmersos. Como acertadamente analiza Milagros Pérez Oliva en su trabajo “Culpables de ser pobres” (El País, 5/10/12), el discurso del PP sobre la crisis podría resumirse en los siguientes tres puntos:

  • La crisis es una especie de catástrofe natural contra la que sólo son posibles las medidas del Gobierno.

  • Los empobrecidos, los parados, los recortados en definitiva, son culpables de lo que les pasa, bien por no estar suficientemente preparados, o por vivir indebidamente del erario público (las “mamandurrias” de la Sra. Aguirre), o por no esforzarse en buscar trabajo.

  • Los que se resisten no son buenos patriotas, y si se les da duro, lo tienen merecido.

De esta forma, los ciudadanos estamos doblemente penalizados: no solo nos desmontan el Estado protector que habíamos construido en las últimas décadas y que era uno de nuestros orgullos como país, sino que además somos culpables de su desmontaje. Los que nunca han conocido la necesidad, los que cobran dos o tres sueldos, nos repiten machaconamente que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Contra ese discurso de la resignación debemos oponer el nuestro, con más insistencia y éxito que hasta ahora. El mio en particular, que creo compartido con muchos de vosotros, es el siguiente:

  • La crisis es la historia de una gran estafa del capital financiero. Jugaron a la ruleta con hipotecas que ellos sabían insolventes. Se enriquecieron a costa de nuestros ahorros y provocaron una ola de pánico en todo el mundo. Todo ello gracias a una gran desregulación de los mercados, comenzada por Reagan y Bush, y mantenida hasta ahora.

  • Cinco años después, los mercados siguen sin regular y los mismos que provocaron la crisis se siguen enriqueciendo gracias a esta desregulación, ahora a base de apostar contra los eslabones más débiles de Europa, aprovechando nuestro déficit político como europeos: primero fueron Irlanda, Grecia y Portugal, y ahora van a por presas mayores, España, Italia y Francia.

  • Nuestra creciente precariedad, el gran descenso del nivel de vida de las clases medias y trabajadoras, es proporcional a la creciente riqueza de esos tiburones financieros. La crisis está aumentando la desigualdad entre los países y también dentro de ellos.

Los trabajadores no somos culpables de la crisis, ni los parados de no tener trabajo, ni los investigadores de tener que emigrar, ni los estudiantes de no poder pagar sus matrículas, ni los que recurren a Cáritas de no tener para comer. Estamos simplemente pagando la factura de los excesos de otros, y sobre todo de la ausencia de un control político sobre la especulación financiera global. Los mismos que defienden el neoliberalismo que nos ha traído esta crisis son los que nos culpabilizan de sus consecuencias.

Por último, no es verdad que la crisis admita una sola política. Frente a ella, otras políticas son posibles. El déficit público no es culpa del excesivo gasto público. No hay tal exceso. Con los recortes de estos nueve meses, el gasto público español ha descendido al nivel del de las repúblicas Bálticas. Lo que se necesita son ingresos, ingresos sacados de los muchos que defraudan a Hacienda; de los que se enriquecen especulando; de los Bancos y empresas boyantes, que los hay; de los grandes patrimonios. Lo que se necesita son políticas de crecimiento y de inversión. Hay que obligar a que fluya el crédito, o darlo desde los bancos saneados con nuestros impuestos. ¿Por qué no insistimos con más fuerza en este discurso? Se puede dar la batalla aquí y en Europa. Y sobre todo, proclamar en todos los foros que dejen ya de contarnos cuentos.

Ricardo Peña Marí, Secretario General de ASU-PSM

 

 

 

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